Ken Loach, es al 7º Arte lo que, por ejemplo, Jack London es a la literatura: un hacedor de conciencias. Su cine fluye natural como la vida misma, abordando temas sociales con tal brío, capacidad de análisis y pertinencia política que pocos realizadores de la industria cinematográfica actual pueden llegarle a la altura del tobillo en ese terreno. Con estilo sencillo, depurado y sintético, y en la mayoría de los casos con la ayuda inestimable de su guionista preferido Paul Laverty, este cineasta rebelde consigue emocionarnos y encabronarnos contra el sistema capitalista causante primigenio de toda injustica. Fue el caso por ejemplo en “Mi nombre es Joe” (1998), una tragedia social con toques de comedia absolutamente redonda o en “En un mundo libre” (2007), una denuncia inapelable de quienes se forran hasta las cejas explotando y expoliando a la inmigración que ellos llaman ilegal. Ahora, con más de 80 abriles a cuestas, el cineasta británico nos regala una historia que nos atrapa de principio a fin. Un autentico mazazo contra quienes niegan la tranquilidad de las y los que nada tienen. Daniel Blake (magnífico Dave Johns), un obrero de 59 años, viudo y con problemas cardiacos graves está obligado a dejar de trabajar. Ocasión sin igual para descubrir el calvario de las gestiones burocráticas que permitan a este trabajador modélico, que no ha sido vago ni delincuente, conseguir las prestaciones sociales (desempleo y pensión) para poder seguir adelante. En este sentido las diversas entrevistas en la Agencia para el Empleo con un personal totalmente deshumanizado, y que hace abstracción de su enfermedad, son verdaderamente desesperantes y diabólicas. Una terrible odisea que solo hallará cierto sosiego en el encuentro casual con una mujer, madre soltera con dos hijos pequeños, y víctima igualmente de un sistema que la desahucia en todos los órdenes.

 

El cine de Oliver Stone no deja indiferente a nadie. Ni a sus detractores, siempre dispuestos a crucificarlo por considerarlo simplista y maniqueo, ni a sus defensores que ven en él un nuevo Costas Gravas, cuando no, un protestón Ken Loach a la americana.

“Hay grandes cosas por las que merece la pena vivir y por las que vale la pena morir”. En esta cita del periodista y poeta comunista norteamericano John Reed (Portland, 1887-Moscú, 1920) se encierra su apasionante y revolucionaria existencia. Una vida que el también estadounidense, actor-director Warren Beatty, cuenta con parecido ardor en esta película hecha en 1981 en su honor y en el de la Revolución Rusa. Sin duda para hablar de ello podría haber recurrido a la magnífica “Octubre” (1928) de Sergei M. Eisenstein, la pieza definitoria del cine soviético.

No cabe duda, no estamos ante una obra maestra del séptimo arte. Tampoco pasará a su historia por la brillantez de su estilo cinematográfico. Sin embargo, la película del joven cineasta alemán Florian Gallenberger (Múnich, 1972) tiene el mérito de recuperar, para la memoria colectiva, uno de los horribles sucesos ocurridos en Chile tras el golpe de Estado del General Pinochet: los abusos y torturas sufridos por centenas de presos políticos antifascistas en Colonia Dignidad, un centro de detención en la Comuna del Parral al sur del país andino, fundado y controlado desde 1961 a 1997 por un grupo de alemanes dirigidos por el pedófilo nazi Paul Schäfer. Razón más que suficiente como para desde aquí, independientemente de la calidad del filme, prestarle la atención que merece.

 

Con un jurado presidido por el realizador argentino Tristán Bauer, y del que formaba parte el cineasta español Benito Zambrano (“La voz dormida”, 2011), la película “Desierto”, del joven director mejicano Jonás Cuarón, se ha alzado con el Premio Coral al mejor largometraje del XXXVIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano celebrado en La Habana entre los días 8 y 18 del pasado mes de diciembre. Un thriller trepidante sobre la odisea en el inhóspito desierto que separa Méjico de Estados Unidos de unos trabajadores indocumentados en busca de una vida mejor. En esta ocasión la muestra cinematográfica en competición la componían 18 largometrajes de gran calidad y de nacionalidades tan diversas como las de Méjico, Cuba, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Venezuela, Canadá, República Dominicana, Argentina, Bolivia, Puerto Rico y Chile.

Con una sala a rebosar, y en presencia del embajador de Cuba en España, Eugenio Martínez, el pasado 11 de noviembre tuvo lugar, en el Palacio de Congresos de la Casa Colón, la inauguración de la XLII Edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. En esta ocasión, la muestra estaba dedicada al cine producido en la mayor isla de las Antillas. Un cine que, según palabras del embajador cubano, es especial porque es “comprometido, social y poco comercial” y que, desde el triunfo de la Revolución en 1959, ha dado cineastas tan importantes como Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás o Juan Carlos Tabío; actores de la valía de Jorge Perugorría, Vladimir Cruz o Mirtha Ibarra; y películas del interés de “La última cena”, “Lucia” o “Fresa y chocolate”.

Cuando Stephen Frears (Leicester, Inglaterra, 1941) olvida asuntos de ringorrango estilo (“The Queen” o “Florence Foster Jenkins”), y se emplea a fondo en lo que lleva en las tripas, es decir, el cine profundo, social y humano que le incitaron sus ancestros cinematográficos Karel Reisz (“Morgan, un caso clínico”, 1966) y Lindsay Anderson (“If”, 1968), la mayonesa del Séptimo Arte funciona a la perfección, y tirios y troyanos salimos ganando.

La Iglesia Católica está plagada de casos de pederastia. De abusos sexuales a menores que la institución eclesiástica ha tratado o trata de ocultar por todos los medios. Pese a ello, el cine, en distintas ocasiones y en producciones de diferentes nacionalidades, los ha abordado con mayor o menor acierto e interés.

Aprovechando el descanso de la redacción de Unidad y Lucha durante el pegajoso mes de agosto, y a la espera de una rentrée en septiembre digna de comunistas, permítanme proponerles cuatro magníficas películas - una para cada fin de semana -, que por la innovación de sus estructuras cinematográficas o por sus impactantes contenidos argumentales son revolucionarias.

Cuando vi por televisión a la bella, y para mi entonces desconocida Natalia de Molina, reivindicar con emoción el papel de la mujer en el cine español y el contenido social del filme “Techo y comida” por el que había recibido el premio a la mejor interpretación femenina en la última edición de los Premios Goya, pensé que quizás me hallaba de nuevo ante de una de esas películas - tan de moda en nuestros días - en las que, como casi siempre, el “tema social” se ahoga en una intriga argumental más o menos rocambolesca.