El cine de Oliver Stone no deja indiferente a nadie. Ni a sus detractores, siempre dispuestos a crucificarlo por considerarlo simplista y maniqueo, ni a sus defensores que ven en él un nuevo Costas Gravas, cuando no, un protestón Ken Loach a la americana.

“Hay grandes cosas por las que merece la pena vivir y por las que vale la pena morir”. En esta cita del periodista y poeta comunista norteamericano John Reed (Portland, 1887-Moscú, 1920) se encierra su apasionante y revolucionaria existencia. Una vida que el también estadounidense, actor-director Warren Beatty, cuenta con parecido ardor en esta película hecha en 1981 en su honor y en el de la Revolución Rusa. Sin duda para hablar de ello podría haber recurrido a la magnífica “Octubre” (1928) de Sergei M. Eisenstein, la pieza definitoria del cine soviético.

No cabe duda, no estamos ante una obra maestra del séptimo arte. Tampoco pasará a su historia por la brillantez de su estilo cinematográfico. Sin embargo, la película del joven cineasta alemán Florian Gallenberger (Múnich, 1972) tiene el mérito de recuperar, para la memoria colectiva, uno de los horribles sucesos ocurridos en Chile tras el golpe de Estado del General Pinochet: los abusos y torturas sufridos por centenas de presos políticos antifascistas en Colonia Dignidad, un centro de detención en la Comuna del Parral al sur del país andino, fundado y controlado desde 1961 a 1997 por un grupo de alemanes dirigidos por el pedófilo nazi Paul Schäfer. Razón más que suficiente como para desde aquí, independientemente de la calidad del filme, prestarle la atención que merece.

 

Con un jurado presidido por el realizador argentino Tristán Bauer, y del que formaba parte el cineasta español Benito Zambrano (“La voz dormida”, 2011), la película “Desierto”, del joven director mejicano Jonás Cuarón, se ha alzado con el Premio Coral al mejor largometraje del XXXVIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano celebrado en La Habana entre los días 8 y 18 del pasado mes de diciembre. Un thriller trepidante sobre la odisea en el inhóspito desierto que separa Méjico de Estados Unidos de unos trabajadores indocumentados en busca de una vida mejor. En esta ocasión la muestra cinematográfica en competición la componían 18 largometrajes de gran calidad y de nacionalidades tan diversas como las de Méjico, Cuba, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Venezuela, Canadá, República Dominicana, Argentina, Bolivia, Puerto Rico y Chile.

Con una sala a rebosar, y en presencia del embajador de Cuba en España, Eugenio Martínez, el pasado 11 de noviembre tuvo lugar, en el Palacio de Congresos de la Casa Colón, la inauguración de la XLII Edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. En esta ocasión, la muestra estaba dedicada al cine producido en la mayor isla de las Antillas. Un cine que, según palabras del embajador cubano, es especial porque es “comprometido, social y poco comercial” y que, desde el triunfo de la Revolución en 1959, ha dado cineastas tan importantes como Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás o Juan Carlos Tabío; actores de la valía de Jorge Perugorría, Vladimir Cruz o Mirtha Ibarra; y películas del interés de “La última cena”, “Lucia” o “Fresa y chocolate”.

Cuando Stephen Frears (Leicester, Inglaterra, 1941) olvida asuntos de ringorrango estilo (“The Queen” o “Florence Foster Jenkins”), y se emplea a fondo en lo que lleva en las tripas, es decir, el cine profundo, social y humano que le incitaron sus ancestros cinematográficos Karel Reisz (“Morgan, un caso clínico”, 1966) y Lindsay Anderson (“If”, 1968), la mayonesa del Séptimo Arte funciona a la perfección, y tirios y troyanos salimos ganando.

La Iglesia Católica está plagada de casos de pederastia. De abusos sexuales a menores que la institución eclesiástica ha tratado o trata de ocultar por todos los medios. Pese a ello, el cine, en distintas ocasiones y en producciones de diferentes nacionalidades, los ha abordado con mayor o menor acierto e interés.

Aprovechando el descanso de la redacción de Unidad y Lucha durante el pegajoso mes de agosto, y a la espera de una rentrée en septiembre digna de comunistas, permítanme proponerles cuatro magníficas películas - una para cada fin de semana -, que por la innovación de sus estructuras cinematográficas o por sus impactantes contenidos argumentales son revolucionarias.

Cuando vi por televisión a la bella, y para mi entonces desconocida Natalia de Molina, reivindicar con emoción el papel de la mujer en el cine español y el contenido social del filme “Techo y comida” por el que había recibido el premio a la mejor interpretación femenina en la última edición de los Premios Goya, pensé que quizás me hallaba de nuevo ante de una de esas películas - tan de moda en nuestros días - en las que, como casi siempre, el “tema social” se ahoga en una intriga argumental más o menos rocambolesca.

Hace unos días, husmeando en mi videoteca con el fin de hallar un tema que evocara de alguna manera la lucha que en la actualidad libran algunos pueblos contra sus invasores imperialistas, me topé con una pequeña joya del cine soviético: “Alejandro Nevski”, de S.M. (Su Majestad, decíamos sus incondicionales, en vez de Serguei Mijailovich) Eisenstein.