Ahora que en medio de este trágico desaguisado capitalista se propaga la idea de que quizá en poco tiempo no veamos el cine como lo hemos visto hasta hoy (ojalá se equivoquen), es decir en salas oscuras, junto a otros espectadores, comiendo palomitas y en pantalla grande, me dio por pensar, no como responso final sino como vigoroso recuerdo, en lo importante que ha sido el 7º Arte en mi vida, en lo que aportó a mis primigenias pesquisas culturales y políticas, y en el privilegio que ha tenido mi generación, incluso en los años de plomo franquistas, de poder engullirlo desmedida y placenteramente.

Norman Mailer (1923-2007), escritor, periodista, dramaturgo y convencido marxista estadounidense, comenta en “Marilyn”, uno de sus brillantes libros dedicado a la vida y obra cinematográficas de la malograda actriz norteamericana Marilyn Monroe, que “el sueño americano” es una farsa y que en los Estados Unidos todo lo controla la mafia. Martin Scorsese (Nueva York, 1942), que de esas cosas de la Cosa Nostra sabe un rato largo, abunda igualmente en esa idea en su última película, “El irlandés”, un thriller que honra al género, y en el que muestra fehacientemente esa inquietante y turbadora sociedad yanqui corrompida por el mundo del hampa.

En 1844 Carlos Marx afirmaba en la “Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” que “La religión es el suspiro de la criatura oprimida (…) La religión es el opio del pueblo. Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para este una dicha verdadera (…)” Pues bien, esta célebre cita que en su tiempo levantó enormes ampollas en el seno de una sociedad retrógrada y reaccionaria, viene que ni pintada para comentar la última película de los hermanos Dardenne (Jean-Pìerre y Luc Dardenne), cineastas belgas autores de filmes tan sugerentes y atractivos como “La promesa” (1996), “Rosetta” (1999) o “Dos días, una noche” (2014); esta última ya comentada hace algún tiempo en esta misma sección.

 

 

Lejos de los fastos hollywoodienses y de sus lentejuelas que adormecen el pensamiento terminó, el pasado 13 de diciembre en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de La Habana, la 41 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Una cosecha la de este año dedicada al centenario del gran documentalista Santiago Álvarez, “figura paradigmática del cine del Tercer Mundo”, según palabras de Iván Giroud presidente del certamen, y al 60 aniversario del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), fundado en 1959 por el cineasta homenajeado junto a Julio García Espinosa, Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea.

Bajo el eslogan, “OJOS QUE VEN”, se abre de nuevo en La Habana, en esta ocasión desde el 5 al 15 de diciembre, la 41ª edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano; un certamen que por imperativos de nuestra prensa vamos a tratar en dos artículos. Uno, el que tienes entre tus manos en estos momentos, escrito justo antes de la celebración de la prestigiosa manifestación cinematográfica, y otro con el comentario de los Premios Coral, y que verá la luz el próximo mes de enero. Varias secciones acogerán a centenas de películas durante el Festival que, pese al criminal bloqueo del imperialismo norteamericano, conserva todo su esplendor, raigambre y estima entre las industrias cinematográficas latinoamericanas y del resto del mundo. Unos filmes, pues, que situarán también a La Habana, en el año del quinto centenario de su fundación, en el centro del interés cinéfilo de los/as numerosos/as cubanos/as que fielmente asisten a la cita habanera desde hace cuatro décadas.

Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972), director de este su séptimo largometraje, el primero que rueda en España y en castellano desde “Mar adentro” (2004), explica el sentido del enigmático título de la película considerando que “la frase forma parte de un documento firmado por el bando nacional al comienzo de la guerra que fue clave en la toma de poder de Franco. Pero sobre todo - dice el realizador de “Los otros” (2001) - es una reflexión lanzada al público. Somos nosotros los que parecemos seguir sin entendernos, en guerra constante”. Y añade finalmente, “quizá incomode más a quienes están en los extremos, porque yo no soy extremista”.

Mientras el decrépito Francisco Franco no terminaba de expirar en su lecho de muerte, el cineasta vasco Pedro Olea (Bilbao, 1938) conseguía llevar a las pantallas, en 1975, “Pim, Pam, Pum… ¡Fuego!”, una película que desde hacía muchos años portaba en sus entrañas. Tantos años como los que la censura franquista había impedido tan anhelado proyecto. Un filme que necesariamente deberían ver los jóvenes de nuestros días.

 

De las películas que he visto en las calurosas noches de este verano antes de irme a la piltra a sudar la gota gorda (“La cabeza alta” de Emmanuelle Bercot; “La favorita”, del realizador griego Yorgos Lanthimos o “Berlín occidente”, del genial Billy Wilder), todas ellas excelentes, me quedo, y de largo, con la española, “Entre dos aguas”, del cineasta gerundense Isaki Lacuesta (“La noche que no acaba”, “Murieron por encima de sus posibilidades”), y Concha de Oro del Festival de San Sebastián 2018, Y ello, por dos razones básicamente: porque habla sin tapujos de mi tierra, Andalucía, y porque muestra, sin trolas ni cuentos, el drama social endémico que padecen en esta región los/as más desfavorecidos/as, y no solo ellos/as.

En 2015 Thomas McCarthy dirigió una película valiente y comprometida sobre el tema de la pederastia en el seno de la Iglesia católica: “Spotlight”. Y aquella magnífica encuesta llevada a cabo por un reducido equipo de reporteros de investigación del Boston Globe, que constituye el nudo gordiano del filme, levantó en la jerarquía eclesiástica y en otros estamentos del estado de Massachusetts ampollas como melones. Hoy es el director de cine francés François Ozon (París, 1967), autor de películas tan dispares como “8 mujeres”, “En la casa” o “Joven y bonita”, quien toma el relevo de tan escabroso asunto contándonos en “Gracias a Dios” una historia también real que corta el aliento del espectador y zarandea fuertemente los cimientos de la institución católica gala.