Los asesinatos de mujeres por razón de su género son una forma directa de violencia contra la mujer, pero no la única. Las mujeres estamos sometidas constantemente a múltiples formas de violencia que, al ser más sutiles (o por ocupar menos espacio en las noticias), pasan, en muchas ocasiones, desapercibidas, como la desigualdad salarial, la discriminación, la cosificación de nuestros cuerpos (convirtiéndolos en meros objetos) o el sometimiento a los roles impuestos por la familia patriarcal, por poner solo algunos ejemplos. También la invisibilización de la mujer, a lo largo de la Historia, es una más de las manifestaciones de esa violencia que todos los sistemas de explotación han ejercido contra nosotras sirviéndose, para ello, del patriarcado.

La apertura de la Instrucción y la realización de las consecuentes pruebas que se han realizado el pasado mes de septiembre, sobre la violación colectiva ocurrida en Pamplona durante las fiestas de San Fermín, ha puesto de manifiesto no solo la brutalidad con la que se cometieron estos hechos, sino además, ha puesto de manifiesto el fracaso absoluto de esta sociedad con respecto a la igualdad entre hombres y mujeres, así como la existencia del machismo y del patriarcado, como pautas que determinan la relación entre hombres y mujeres en la sociedad capitalista.

Con el estallido de la crisis en el verano de 2007 se puso de manifiesto, entre otras muchas cosas, que las políticas que el capitalismo fue poniendo en marcha, a través de los distintos gobiernos de turno, para contrarrestar la desigualdad entre hombre y mujeres sólo han servido para maquillar una situación de explotación y opresión que alcanza niveles estratosféricos.

Me encerraron los sin ley. Me esposaron los odiadores. Me amordazaron los codiciosos. Y, si hay algo que sé, es que un muro es sólo un muro y nada más que eso. Se puede derribar.

La imagen y los estereotipos que se han presentado sobre estas mujeres desde Merimée o Bizet, por citar a los más conocidos, pasando por E.de Amicis o Pierre Louys además de falsas resultan hirientes y poco tienen que ver con la realidad de unas mujeres que irrumpieron con fuerza en la industria del tabaco y que significaron una importante referencia de la mujer en el mundo del trabajo.

Destrucción, hambre, muerte, desesperación… Esa es la realidad a la que se enfrentan día a día millones de personas que han visto como el imperialismo en su fase más sangrante y despiadada, con guerras declaradas o con guerras silentes, destruye sus hogares y les priva del acceso a recursos básicos arrastrándoles a situaciones tan angustiosas e insoportables que obligan a tomar una de las decisiones más duras y difíciles de su vida, huir. Huir a uno de esos polos imperialistas que protagonizan y lideran los ataques que se desarrollan en sus países.

De las conquistas en la II República a la actualidad

Decíamos ayer que es lugar común circunscribir los derechos obtenidos por las mujeres durante la II República al sufragio femenino. Además, desde una concepción de las mujeres profundamente paternalista, producto de prejuicios muy arraigados, se alimenta la  controversia sobre el triunfo de la CEDA por la participación femenina en aquellas elecciones de 1933 sin tomar en consideración otros factores políticos mucho más determinantes.

Hace unos días, diversos medios de comunicación se han hecho eco de la propuesta de legalización de lo que se ha venido en llamar “aborto masculino”, llevada a cabo por el Partido Liberal del Oeste (LUF Vast) de Suecia.

Así, bajo la falaz careta de potenciar la igualdad entre géneros, el patriarcado muestra uno de sus lados más brutales. Si del resultado de tener relaciones sexuales surge un embarazo, el hombre podrá renunciar legalmente a su paternidad en las primeras dieciocho semanas, tiempo que coincide con el periodo durante el que las mujeres tienen derecho a abortar en ese país.

De la producción a los derechos laborales,  sociales, civiles y políticos.

Hay leyendas urbanas que se trasladan al  análisis socio  histórico  y que dejan unas falacias memorables. Desde que  en España el desarrollo industrial fue  tardío y  entre  otras consecuencias condicionó  la escasa incorporación de la mujer al trabajo  asalariado, hasta que en la II República se consiguieron pocos derechos para las mujeres, básicamente el sufragio, o que es en los últimos años de la dictadura franquista donde se dan los cambios para la incorporación femenina al mundo laboral ante la necesidad de mano de obra masiva y, consecuencia de todo lo anterior se explicaría la baja implicación de las  mujeres  en las  luchas – pasadas y presentes-.

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