Hemos ido al encuentro con trabajadoras/es migrantes que son sobreexplotados por la patronal agrícola de Huelva, hemos querido conocer su realidad en primera persona en aquellos lugares en los que malviven hacinados en la mayoría de las ocasiones.

En Palos de la Frontera malvive Amin. Vino de Almería hace dos meses a echar la temporada y sólo ha trabajado cinco días. Amin nos cuenta que hasta ahora sólo ha venido un hombre ofreciendo trabajar el fin de semana: “Luego nos paga 30 o poco más”. El argumento del patrón agrícola es siempre el mismo, sea cual sea la verdadera situación de los precios del producto en origen, éste siempre usará el “no te puedo dar más, la temporada está muy mala”. Así de esta manera, se les roba lo que falta hasta los 48,54 euros que marca el convenio. Claro, los fines de semana y festivos no hay inspecciones en los campos de la zona fresera. La realidad, contraria a las falacias institucionales, es que no los hay nunca.

Si algo va quedando claro a lo largo de la pandemia, es que, salvo algunas excepciones, la salud de la clase obrera no es lo prioritario.   A pesar de haber demostrado que cuando no acudimos al puesto de trabajo, la producción se para y el miedo entra en las cabezas de los capitalistas como los billetes entraban en sus bolsillos.   Durante algunas semanas, el País se paró, no se producía, salvo lo esencial, y lo esencial para la sociedad era y es los servicios públicos, la limpieza, el transporte y la alimentación.

Pero la economía no puede parar, es como montar en bici, si dejas de pedalear, te caes.  Por eso, a pesar de los brotes, del aumento de casos, de la cantidad de información que hoy día tenemos las y los ciudadanos, a las empresas le interesa que se produzca y consuma ya.  Hay que recuperar el tiempo perdido, ganar al competidor.  Y en esas se está, mientras se legisla la obligatoriedad de la distancia entre personas, la obligatoriedad del uso de mascarillas, la necesidad de mantener la higiene personal y el uso de gel hidroalcoholico, en el CONSEJO SINDICAL OBRERO, vemos como en muchas empresas, la seguridad de sus trabajadores es sólo una fachada, nunca mejor dicho.

Un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), ya tenga efecto suspensivo de la relación laboral o de reducción de jornada, es una medida legal que toma una empresa para proteger sus intereses económicos cuando tiene dificultades productivas o económico-financieras -normalmente, ambas cosas- y que le permiten desligarse de gran parte de sus obligaciones laborales, o adecuarlas a sus necesidades inmediatas.

Podríamos afirmar que ahora mismo los centros educativos son lugares medianamente seguros y que esta seguridad se debe única y exclusivamente al esfuerzo sobrehumano realizado por los trabajadores de los centros educativos. Y es que el Gobierno, que exaltaba la necesidad de un mando único para hacer frente a la pandemia abandonó a cada comunidad a su suerte en este punto.

Los gobiernos Autonómicos tenían la responsabilidad de dotar de los recursos y de realizar los protocolos necesarios para que los centros públicos pudieran abrir con total seguridad en septiembre. Pero llegada esta fecha, seis meses después de la declaración del estado de alarma, veíamos cómo se iban sucediendo los retrasos del inicio de curso; pues a escasos días de su inicio, los centros acababan de recibir las indicaciones para realizar sus planes de contingencia. Estos exigían que se redujera el aforo de las clases a 20 alumnos (cuando la mayoría de las ratios se acercan a la treintena) en unas aulas mínimas en las que no había forma de garantizar la distancia de seguridad.

Por proletariado se entiende: la clase trabajadora asalariada moderna que, sin poseer medios de producción propios, depende de la venta de su fuerza de trabajo para poder vivir.

En esta categoría de productores sin propiedad sobre los medios de producción están jornaleros/as o peones agrícolas, personas que trabajan a cambio de un jornal por horas o día de trabajo desempeñado.

Desde el final del estado de alarma y, sobretodo, desde principios del mes de agosto se están produciendo movilizaciones de las plantillas de las empresas auxiliares del sector del metal en las factorías de Navantia de Puerto Real, San Fernando y Cádiz.

En la factoría de Puerto Real, la inquietud entre los trabajadores es que, una vez terminados los contratos que tiene con empresas como la belga Smulders o la noruega Aibel, no se vislumbran nuevos contratos que permitan una continuidad en sus puestos de trabajo. En la factoría de San Fernando, donde se construyen las fragatas para Arabia Saudí, tampoco es muy halagüeña la situación.

El sector industrial de la automoción en el estado español no ha cesado de retroceder en las últimas tres décadas, a pesar de seguir siendo el metal el sector industrial más importante en la economía española, pero que en general también sigue la misma dinámica. Todo ello por la sumisión de los gobiernos pro capitalistas (incluido el actual de PSOE y Podemos) a los intereses de las grandes multinacionales.

La asamblea se produce fuera de los muros de la empresa (aunque como Sección Sindical tengas el derecho teórico a realizarlas dentro), a media luz, porque sólo puede tener lugar por la noche, fuera de las horas de trabajo la empresa cierra y las apaga, un trabajador (el guardia de seguridad) tarda en irse mucho más de lo necesario, mientras con su moto, encendida con innecesaria anticipación, emite un ruido que dificulta escuchar al ponente y, sin saber que con ello están señalando el poder que tiene una simple reunión de obreros, hablando y decidiendo cosas de obreros/as, el acompañamiento de toda una furgoneta de aquéllos que una vez fueron hombres (o mujeres), y ahora son polis.

Comenzamos recordando el principio conceptual del pensamiento marxista de que la historia está determinada por la lucha de clases. Lucha que en todo el proceso histórico de construcción y permanencia de un modelo de sociedad ha ido cambiando las formas y métodos con los que derrotar al antagonista social. En cada estadio histórico el ser social resultado de los cambios de los modelos de producción y propiedad, el productor toma conciencia para sí y diseña toda una estrategia de lucha con la que derrotar a la vieja y caduca clase social en el poder y su modelo social, económico y político.

Esta guerra entre las clases se prolonga en ocasiones siglos durante los que las diferentes clases existentes irán modelando sus estrategias en base a todas las experiencias vividas y sufridas, pero dicha experiencia es acumulada principalmente a través de las derrotas que una clase inflinge sobre las otras, este proceso de aprendizaje acumulado el cual esta preñado de diferentes formas de violencia es el que da paso a la victoria de la clase oprimida hasta ese momento, dando continuidad a la historia de la humanidad.