La introducción de las máquinas en el proceso de producción ha causado siempre profundas crisis de desocupación, superadas sólo lentamente por la elasticidad del mercado de trabajo. Los obreros fabriles y los campesinos pobres son las dos energías de la revolución proletaria. Especialmente para ellos el comunismo representa una necesidad primordial: su llegada significa la vida y la libertad, la permanencia de la propiedad privada significa el peligro inminente de ser triturados, de perder hasta la vida física.

Todo trabajo revolucionario tiene probabilidades de buena salida solamente cuando se basa en las necesidades de su vida y en las exigencias de su cultura [en las condiciones materiales, sociales y culturales]. Esto debe ser comprendido por los líderes del movimiento proletario y socialista.

La producción industrial debe ser controlada directamente por los obreros organizados en las fábricas, la actividad de control debe ser unificada y coordinada a través de organismos sindicales puramente obreros; los obreros y los socialistas no pueden concebir de utilidad a sus intereses y a sus aspiraciones un control de la industria ejercido por los funcionarios del Estado capitalista.

El centralismo democrático, que es un “centralismo” en movimiento, por así decir, o sea, una continua adecuación de la organización al movimiento real, un contemperar los impulsos de la base con el mando de arriba, una inserción continua de los elementos que provienen de las profundidades de la masa en el molde sólido del aparato de dirección que asegura la continuidad y la acumulación regular de las experiencias; este centralismo es “orgánico” porque tiene en cuenta el movimiento, es decir, el modo orgánico de revelación de la realidad histórica, y no se entumece mecánicamente en la burocracia y, al mismo tiempo, tiene en cuenta todo cuanto es relativamente estable y permanente o que, por lo menos, se mueve en una dirección fácil de prever, etc. el centralismo democrático vive en la medida en que es interpretado y adaptado continuamente a las necesidades.

Se puede decir que los partidos tienen la tarea de formar dirigentes capaces, son la función de masa que selecciona, desarrolla y multiplica los dirigentes necesarios para que un grupo social definido se articule, y deje de ser un caos tumultuoso para convertirse en un ejército político orgánicamente predispuesto. Cuando un partido oscila en la masa de sufragios obtenidos pasando de unos máximos a unos mínimos que parecen extraños y arbitrarios, puede deducirse que sus cuadros son deficientes, cuantitativa y cualitativamente. Un partido que obtiene muchos votos en las elecciones locales y menos en las de mayor importancia política es cualitativamente deficiente en su dirección central.

No puede existir igualdad política completa y perfecta sin la igualdad económica. La confusión entre el Estado-clase y la sociedad regulada es propia de las clases medias y de los pequeños intelectuales. Sólo el grupo social que se plantea como objetivo a conseguir la desaparición del Estado, y de sí mismo, puede crear un Estado ético.

El hombre conoce objetivamente en la medida en que el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario; pero este proceso de unificación histórica se produce con la desaparición de las contradicciones internas que laceran la sociedad humana, contradicciones que constituyen la condición de la formación de los grupos y el nacimiento de las ideologías no universales concretas, pero que el origen práctico de su sustancia hace inmediatamente caducas. Lo que los idealistas llaman “espíritu” no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el conjunto de las superestructuras en devenir hacia la unificación concreta y objetivamente universal y no ya un presupuesto unitario.

Hay acuerdo entre el catolicismo y el aristotelismo en la cuestión de la objetividad de lo real.

El antihistoricismo metódico no es más que metafísica. Que los sistemas filosóficos hayan sido superados no excluye que hayan sido históricamente válidos y hayan cumplido una función necesaria.

La filosofía de la praxis continúa la filosofía de la inmanencia [de Hegel] pero la depura de todo su aparato metafísico y la conduce al terreno concreto de la historia. La filosofía de la praxis es el “historicismo” absoluto, la mundanización y la terrenalidad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto de la historia.

El hombre conoce objetivamente en la medida en que el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario; pero este proceso de unificación histórica se produce con la desaparición de las contradicciones internas que laceran la sociedad humana, contradicciones que constituyen la condición de la formación de los grupos y el nacimiento de las ideologías no universales concretas, pero que el origen práctico de su sustancia hace inmediatamente caducas. Lo que los idealistas llaman “espíritu” no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el conjunto de las superestructuras en devenir hacia la unificación concreta y objetivamente universal y no ya un presupuesto unitario.

Hay acuerdo entre el catolicismo y el aristotelismo en la cuestión de la objetividad de lo real.

El antihistoricismo metódico no es más que metafísica. Que los sistemas filosóficos hayan sido superados no excluye que hayan sido históricamente válidos y hayan cumplido una función necesaria.

La filosofía de la praxis continúa la filosofía de la inmanencia [de Hegel] pero la depura de todo su aparato metafísico y la conduce al terreno concreto de la historia. La filosofía de la praxis es el “historicismo” absoluto, la mundanización y la terrenalidad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto de la historia.

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