Sesenta años (enero 1959 – enero 2019) de intrincado y heroico combate. El del pueblo cubano que con Fidel y los barbudos de la Sierra Maestra, y ya derrocado el dictador Fulgencio Batista, dijo ¡Basta! y echó a andar. ¡Basta! al lupanar que hicieron de Cuba gánsteres, forajidos y bandoleros yanquis durante 61 años; ¡Basta! al saqueo perpetrado por las multinacionales norteamericanas de sus riquezas y bienes naturales: azúcar, café, cacao, tabaco, níquel, cobre, hierro etc. ¡Basta! al crimen organizado e impune de la Cosa Nostra; ¡Basta! a la miseria galopante, enfermedades endémicas, paro, analfabetismo y ausencia de derechos sociales y políticos; ¡Basta! a “democracias” corruptas, gobiernos títeres y sangrientas dictaduras al servicio del Imperio.

“Queridos burgueses, perdonen las molestias, por favor, ¿podríamos vivir todos/as dignamente?”. Con estas palabras escritas en una pancarta, mezcla de ironía, protesta, ingenuidad y súplica, denunciaba un manifestante su pobreza en medio de los boatos Campos Elíseos durante la imponente manifestación de los “chalecos amarillos” el pasado 1 de diciembre. Un día en el que el descontento del pueblo francés se radicalizó frente a la brutalidad de las fuerzas policiales del gobierno ultraliberal del presidente Emmanuel Macron. Como cada sábado, y así desde el 17 de noviembre, comenzaba un nuevo acto de protestas y, desde bien temprano, París respiraba ya aires de revuelta social. Miles de “chalecos amarillos” (un movimiento transversal que se ha puesto el chaleco fosforescente de los conductores para hacerse ver) provenientes del mundo rural y urbano, y pertenecientes a diversas categorías sociales: obreros, artesanos, campesinos, profesiones liberales, etc., ocuparon la famosa avenida parisina decididos a pedir alto y fuerte la anulación del incremento de las tasas sobre los combustibles, la electricidad, el gas y otros impuestos previstos para el 1 de enero de 2019. Igualmente exigían el aumento de los salarios y del mínimo interprofesional.

A veces, cuando observo y escucho con detenimiento a la gente común que me rodea, me da por pensar cómo entendería yo la sociedad en la que vivo, es decir la sociedad capitalista, si no me hubiese topado un día con el camarada Carlos Marx, siempre vilipendiado por la insidiosa burguesía y también, por qué no decirlo, por algunos/as infames renegados/as del marxismo. Seguro que no estaría escribiendo lo que en este instante sale de mi pluma insumisa. ¿Comprendería yo esa sociedad capitalista a la que me refiero como la comprendieron en general los ciudadanos europeos de mediados del siglo XIX? Es decir, como un mundo en el que “las ideas son más importantes que el resto de las cosas”, según defendía el filósofo idealista alemán Friedrich Hegel (1770-1831). ¿Creería yo, como afirmaba en 1992, el veleidoso politólogo norteamericano Francis Fukuyama en su libro, “El fin de la historia y el último hombre”, que “Estados Unidos es la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases”? ¿O más bien sería como el españolito que viene al mundo sólo a ver, oír y callar? No lo sabré nunca. Sería necesaria otra vida para comprobarlo, y aún así estaría por ver.

¿Se puede ser de “izquierdas” y “pacifista”, y defender la venta de armas para masacrar a pueblos indefensos? ¡Sí se puede! Lea y compruebe.

“La construcción de barcos en la Bahía de Cádiz no va a solucionar el problema de la guerra. Nosotros si no hacemos los barcos, ¿se va a acabar la guerra de Yemen? Esto no es pragmatismo, es agarrar el toro por los cuernos, es hablar de verdad, porque gobernar es esto”. Con este cinismo se manifestaba hace poco tiempo el alcalde de Cádiz, José María González “Kichi”, militante de Podemos, en el programa de televisión “Salvados” de Jordi Évole a propósito de la venta de 5 corbetas por más de 1800 millones de euros a Arabia Saudí. Declaraciones a las que se unieron las de los dos Pablos de la “formación morada”, Iglesias y Echenique, considerando con igual desfachatez, el primero, que “entiende que “Kichi” ponga por delante los contratos de sus trabajadores”, y estimando el segundo, que “el dilema (entre fabricar armas o comer) es imposible”. Unas afirmaciones que han sacudido la marmita política en la que nos encontramos, hasta el punto de casi hacerla estallar con la desautorización de Pedro Sánchez a la Ministra de Defensa, Margarita Robles, por ocurrírsele el pasado mes de septiembre paralizar una venta de 400 “bombas de precisión laser” al genocida régimen saudí en su guerra en Yemen, y para masacrar a su población civil.

“No puedo aceptar que se me trate como si fuera el afectado de un terremoto, no se trata de un fenómeno natural. Aquí hay culpables”. Quien así se manifestaba días después del derrumbe del puente Morandi de Génova, ocurrido el pasado 14 de agosto, y que ha ocasionado la muerte de 43 personas y 16 heridos de diversa consideración, es Ennio Guerci, uno de los 664 afectados por los desahucios tras el desastre. Aquel día, sobre las 12.00 horas del mediodía y en plena estación estival, miles de personas viajaban en sus coches por la autopista de peaje A10. Unas para ir a sus trabajos respectivos, otras simplemente para disfrutar de sus vacaciones al lado del mar. Eso era sin contar con que súbitamente un tramo de 200 metros del viaducto, a su paso por Génova, se venía abajo arrastrando a decenas de vehículos con sus ocupantes en una caída al vacío de más de cuarenta metros de altura El espectáculo era horrible, dantesco. Las dos vías del puente en ambos sentidos se habían hundido, y los coches y camiones que habían caído sobre las casas y edificios construidos debajo del puente se agolpaban unos encima de otros en un amasijo espantoso de chatarra, escombros y desechos humanos. Algunos cuerpos yacían destrozados en el interior de los automóviles mientras que otros, entre ellos el de algún niño, habían sido arrojados al exterior impactando violentamente en el suelo a muchos metros de distancia. ¿Cómo podía ocurrir aquella hecatombe en la Italia de 2018? No era Bangladesh ni la India, donde miles de obreros/as del textil, vilmente explotados/as, mueren aplastados/as por el hundimiento de “los talleres de la miseria”. Aquí estamos hablando de un país que, según el FMI, es la tercera economía europea y la séptima mundial. Entonces, ¿Por qué tamaña catástrofe?

Después de Bulgaria, Hungría y Polonia son Austria e Italia los países que, en estos últimos meses, han visto subir al poder fuerzas de extrema derecha. Austria creando de alguna forma una continuidad territorial entre esos estados del centro-este europeo muy hostiles a la inmigración y una Italia que inaugura una alianza insólita entre un movimiento “post-ideológico” y la extrema derecha. Examinemos estas preocupantes dinámicas políticas dirigiendo también la mirada hacia Alemania, Francia y Grecia donde la extrema derecha en los dos primeros países, y los neonazis de “Amanecer Dorado” en el tercero, van viento en popa. Un amenazador horizonte para la clase obrera ya que el fascismo es garante del capitalismo más voraz.

Pese al silencio de los medios de comunicación españoles, un fantasma recorre Francia: el fantasma de mayo del 68. Ferroviarios de la SNCF (en español: “Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses”), carteros de la Poste (Correos), jubilados, estudiantes universitarios, trabajadores de Air France, abogados y empleados de la magistratura, barrenderos, ecologistas, personal de hospitales públicos, etc. se han puesto en pie de guerra a través de huelgas y manifestaciones para intentar impedir las reformas que el gobierno de Emmanuel Macron quiere imponer para aniquilar progresivamente los servicios públicos y los derechos sociales que han distinguido y distinguen Francia del resto de países europeos. Un fantasma que toma cuerpo a medida que pasa el tiempo y que hace temblar a este fatuo defensor del capitalismo galo. Como antaño, es decir, hace ahora 50 años, le sucedió a su homólogo, el general De Gaulle, quien, ni corto ni perezoso, y en plena crisis política, se fugó a la chita callando a Baden-Baden, en la República Federal Alemana, para organizar, en caso de necesidad, y en un gesto de demócrata ejemplar, la intervención del ejército francés estacionado en aquel país.

El 15 de enero de 1939 el general Yagüe toma Tarragona, y días después comienzan intensos y regulares bombardeos sobre Barcelona. Nadie duda de la caída de la Ciudad Condal. Tampoco de las represalias brutales que tendrán lugar después. El pánico cunde entre la población, y la gente sólo piensa en huir para salvarse.

Antonio Machado urgido por las autoridades republicanas debe prepararse para salir hacia Francia. El 22 de enero Antonio, su madre, su hermano José y su cuñada Matea suben con lo puesto al coche que los lleva a la Dirección General de Sanidad. Allí la espera se eterniza. A las tres de la madrugada, el vehículo con los Machado y una ambulancia llena de intelectuales se dirigen hacia Girona. La caravana enfila la carretera del litoral y, tras horas de viaje, penetra hacia el interior rodeada de espesas arboledas. Al amanecer del día 23 llegan a Girona. La ciudad está atestada de toda clase de vehículos repletos de gente que huye despavorida. Finalmente los coches llegan por caminos comarcales a Cervià del Ter. Allí el alcalde les recibe y les ofrece comida caliente antes del asalto final a la frontera.

Nabi Saleh es una aldea de unos 600 habitantes situada en un bonito valle frente a la colonia judía de Halamish, al noroeste de Ramala, en la ocupada Cisjordania. Allí, en una modesta casa vive la familia palestina Tamini: Bassen y Nariman y sus hijos, Mohamed, de 14 años de edad, y Ahed Tamini, de 17 resplandecientes primaveras. Como cada viernes, y así desde 2008, año en que los colonos les robaron su manantial de agua obligándoles a disponer solo de 12 horas de agua al día e impidiéndoles bañarse en aquel lugar, los Tamini, junto con las demás familias palestinas del municipio, manifiestan enérgicamente su repulsa a la ocupación israelí. Una presencia insoportable cargada de provocación, despotismo y hostigamiento, que casi siempre degenera en historias de piedras, detenciones, botes de humo, pelotas de goma y muertos, como Rushdie, el tío del pequeño Mohamed. Y en cada ocasión, la adolescente Ahed Tamini, poniendo en riesgo su propia vida, coge con determinación su móvil y graba sin parpadear las cargas brutales del ejército invasor sobre su familia y camaradas. Después cuelga las impactantes imágenes en su canal de You Tube, convirtiendo la cámara –como ella misma dice - en “un arma contra la ocupación israelí, y para contrarrestar su propaganda que intenta, con la colaboración de los poderosos medios de comunicación occidentales, identificar a los palestinos con terroristas”.