Nada de marear la perdiz. Directo y al grano. Durante muchos años (lustros que parecían siglos) yo desee la peor muerte para el rollizo dictador de voz atiplada; sí, para el que llaman todavía caudillo de España por la graciosa voluntad de un dios particular. La misma deidad y el mismo cabecilla que muchos/as fascistas vindican hoy con impasible ademán. En concreto yo ansié aquel óbito que tanto se hacía esperar desde que por genes y enseñanzas paternas se me abrieron puertas y ventanas por donde poder arrojar miedos, ignorancias y absurdas supersticiones castradoras. Fue a partir de entonces cuando comenzó para mí el principio del fin del túnel.

De entre las capacidades y aptitudes que el sistema de producción capitalista posee para destrozar la entereza del respetable, destaca una particularmente maliciosa desde el punto de vista político: orquestar ilusorias y capciosas consultas electorales. Una práctica política que en periodos de tolerancia el poder burgués enarbola regularmente para transfigurar las realidades en apariencias, tratando de hacer creer, por ejemplo, que el pueblo llano (hoy le llaman ciudadanía) detenta la suprema potestad. Y que, por consiguiente, se hará lo que decida su voluntad. Sin embargo nada es más falso, pues, una vez terminados los saraos electorales y elegidos/as a quienes se autoproclaman “representantes legítimos del pueblo”, éstos/as campan a sus anchas, se despojan de sus máscaras, y defienden, a regañadientes algunos/as y persuadidos/as la mayoría, a quienes les pagan: los siempre insaciables y voraces dueños de los medios de producción, los capitalistas. Y eso, le parezca bien o no a la, a partir de entonces, turbada plebe. Potentados millonarios, por demás, que, a través de sus devotos/as representantes políticos, elaboraron previamente leyes y artimañas para obstaculizar al máximo cualquier posibilidad de victoria electoral de las opciones revolucionarias. Y a ese “juego pérfido”, que nosotros/as llamamos “dictadura del capital”, ellos/as le llaman democracia. Pero no lo es. Aunque muchos/as se lo hayan creído desde hace tiempo, y todavía hoy, con la que está cayendo y la que va a caer, se lo siguen creyendo.

Después de más de 50 años de conflicto armado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) y los diferentes gobiernos de Colombia que en ese tiempo se sucedieron, y con más de 250.000 víctimas directas, ambas partes, es decir las FARC-EP y el gobierno de Juan Manuel Santos, decidieron iniciar conversaciones de paz para concluir en un “Acuerdo para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera”. Los encuentros extraoficiales tuvieron lugar en Cuba durante el año 2011, y a partir de ahí, las partes elaboraron una agenda de reuniones y de lugares en que se celebrarían.

Sí, ¿recuerdan lo de “la casta”? Seguro que sí. Era aquella diatriba que utilizaba Pablo Iglesias, líder de Podemos, en tiempos de asaltos y otras andanzas, con el fin de denunciar a la corrupta clase política hispana (“la casta” precisamente) que tenía, y tiene, por misión defender los intereses del capitalismo patrio. Se acuerdan, ¿verdad que sí? Pues bien, aunque haya pasado mucha agua bajo el puente desde entonces, es decir desde que el peculiar dirigente de la formación morada manifestara a grito pelado y en mangas de camisa en “Vistalegre 2014” que había que atracar los espacios celestes, romper consensos y dejar en pelotas a “la casta” que nos maneja, aquel concilio con sus partidarios/as incluidos/as voceando enardecidos/as el “Yes We Can” (“Sí se puede”) de Barack Obama, ha quedado en los anales de la petite historia política de este país como un perfecto arquetipo de cinismo y oportunismo políticos.

 

Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladys and gentleman, acabamos de asistir por partida triple, y en algunos casos hasta por cuádruple lance, al gran circo electoral que el capitalismo organiza periódicamente para convencer al pueblo (¡Uy!, perdonen, quise decir ciudadanía) de que, aunque a veces “las cosas” vayan mal, siempre tenemos la posibilidad de mejorarlas introduciendo un papelito en una urna cada equis años, y así poder elegir al partido político más idóneo para realizar la loable tarea. Sí, porque aquí no hay partido único, no. Aquí, en España, y no sólo en este país bellacos dictadorzuelos, aquí se elige de manera fetén, sí, sí, muy fetén.

Hace unas semanas, en plena campaña electoral por las legislativas, un miembro del gobierno en funciones de Pedro Sánchez, José Guirao, ministro de Cultura y candidato del PSOE al Congreso por Almería, manifestaba que el mayor reto al que nos enfrentamos reside en “impedir que siga empollando el huevo de la serpiente del fascismo”. ¿Cómo es posible entonces que lo que Jorge Dimitrov (dirigente de la IIIª Internacional) define como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero” sea enarbolada por esos socialdemócratas - en el caso de Venezuela – como el banderín de enganche en defensa de la democracia?

Desde que el 23 de enero, día en el que en medio de una plaza de Caracas y subido en un banco destartalado el pelele Juan Guaidó se autoproclamó “presidente encargado” (¿?) de la República Bolivariana de Venezuela, han transcurrido – hasta el momento en que redacto esta crónica - más de dos meses. Exactamente 74 días con sus respectivas noches. Desde entonces, en nuestro país, que por boca de su presidente del gobierno reconoció rápidamente al golpista venezolano amamantado por el Tío Sam, se han oído tantos disparates, estupideces y mentiras que, además de dar ganas de llorar, uno/a se pregunta si nos toman por imbéciles.

El mes de ABRIL es una fecha simbólica de lucha y combate en la historia de la clase obrera de los pueblos de España. El 14 de Abril de 2019 conmemoramos el 88 Aniversario de la II República Española. En palabras de Antonio Machado, ese 14 de Abril

“con las primeras hojas

de los chopos

y las últimas flores

de los almendros,

la primavera traía

a nuestra República

de la mano”.

Un canto de esperanza de la clase obrera donde se proclama la República como proyecto de avances democráticos y de modernización. Pero la República naciente no se atrevió a realizar grandes transformaciones en el aparato del Estado, lo que supuso que las fuerzas reaccionarias anteriormente dominantes seguían en las instituciones del nuevo estado con la única intención de destruir a la República naciente. Todo un proceso de agudización de la lucha de clases que dio lugar al golpe de estado del 17-18 de julio de 1936 de las fuerzas reaccionarias (oligarquía terrateniente, ejército, Iglesia católica…) por seguir manteniendo sus privilegios de clase y dominación y que desencadenaría la mayor masacre contra la clase obrera producida en la historia de España: fusilamientos masivos, torturas, encarcelamientos, campos de concentración, miles de muertos enterrados en cunetas …… toda una política de exterminio generalizado para consolidar un sistema basado en el miedo y el terror. La oligarquía más reaccionaria no duda en utilizar la dictadura fascista para seguir manteniendo su dominación como clase.

Cuando vivía y trabajaba en Francia tenía que patearme con frecuencia buena parte del territorio del país vecino (construíamos centrales y subestaciones eléctricas), y cada vez que pasaba cerca de Collioure, un pueblecito pesquero de apenas 3.000 habitantes perteneciente a la comarca del Rosellón, me prometía que alguna vez tendría que ir allí a visitar la tumba del gran poeta republicano Antonio Machado. Y aquella promesa la cumplí un día de un canicular mes de agosto. Aquel día me dirigí al antiguo cementerio de la localidad del sureste francés donde, en un rincón reservado para los pobres, fue enterrado el insigne poeta el 23 de febrero de 1939, a los 63 años de edad. Cuando llegué al lugar el crepúsculo del atardecer envolvía la sepultura invadiéndome de melancolía.