Ante la sentencia del Tribunal Supremo sobre la manada, queda claro que la lucha y la movilización de las mujeres ha conseguido que se reconozca judicialmente esta expresión de la violencia de género. Se ha dado un paso adelante para que las instituciones definan una violación como lo que es, un acto violento contra una mujer.

Celebramos esta victoria por lo que supone de importante el que una violación no se camufle bajo otros tipos penales menores y se diluya la gravedad de estas conductas de agresión a la libertad sexual y a la integridad de las mujeres. Aún nos queda un largo trecho por recorrer para que todas las violencias por razón de género sean consideradas como violencia hacia las mujeres. Esta batalla ganada hoy, debe servir para seguir avanzando en la organización y la lucha popular, que desde la perspectiva de emancipación de la clase obrera, nos haga caminar hacia el cambio de sociedad, no sólo una parcela de la sociedad.

Debemos, además, tener en cuenta que los cambios legislativos o la interpretación jurisprudencial no son suficientes para la erradicación de la cultura de la violación, una expresión más de la violencia patriarcal. El sistema capitalista actual es capaz de asumir y perpetuar los mecanismos patriarcales de opresión a las mujeres y dentro del sistema estas violencias se perpetuaran.

Estudios sindicales señalan que, entre 2008 y 2015, 2.484 mujeres denunciaron haber sufrido acoso sexual en sus puestos de trabajo. La punta del iceberg de un tipo de violencia de género donde más del 65% de las víctimas no se atreve a denunciar. En ocasiones la realidad nos golpea cuando el resultado de esa violencia es mortal y se abre un debate social dirigido desde los medios de propaganda que, dura, lo que deja de ser noticia. Merece la pena reflexionar sobre determinados aspectos que nos ayuden a identificar y enfrentar esta violencia de la que un 90% de quienes la sufren son mujeres.

El acoso sexual se define en la ley de Igualdad como “cualquier comportamiento, verbal o físico, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo”. Cuando ese comportamiento se da en el ámbito de un centro de trabajo, hoy por hoy, sólo se considera laboral ese acoso sexual si se aprecia una conexión directa entre el requerimiento sexual y una posible consecuencia evidente en términos laborales. Vaya ¡otra vez! Cuando se trata de proteger a las mujeres, en este caso a las trabajadoras, frente a la violencia patriarcal, se restringen y acotan los supuestos. Da igual que otras leyes digan que las personas tenemos derecho al respeto, la intimidad y la dignidad en la relación del trabajo o que será laboral toda lesión o menoscabo ocurrida en el centro de trabajo o cuya causa sea éste. Si con carácter general esas previsiones legales son papel mojado y formalidades, con la excepción de casos flagrantes, en el acoso sexual laboral se añaden notas de la moral dominante y de los estereotipos de género.

Los días 22 y 23 de junio de 2019 se ha celebrado en Madrid la II Conferencia Feminista del PCPE “La lucha contra la opresión de las mujeres en el marco de la lucha de clases”.

Esta conferencia mandatada por el X Congreso culmina, tras el proceso de debate en las células, debate que ha enriquecido el documento.

La aprobación de las tesis transforma los textos en una herramienta de trabajo para el la avance en la lucha desde posiciones clasistas en el frente feminista.

El análisis de la situación concreta que viven las mujeres trabajadoras en el seno del capitalismo junto a las propuestas tácticas y estratégicas nos permitirán además seguir dando pasos hacia la construcción de la sociedad socialista.

Las mujeres del pueblo trabajador no necesitamos que nadie hable por nosotras. Nos queda la palabra y nos queda la acción. Sabemos de lo que hablamos. Vivimos diariamente la explotación y la discriminación en la decadente sociedad capitalista en crisis general.

 

Cuando hablamos de la doble opresión de las mujeres trabajadoras en el capitalismo, podría entenderse que las mujeres que deciden vivir abiertamente su orientación sexual se “ahorran” parte de la opresión relacionada con el ámbito familiar.

Nada más lejos de la realidad, pues las mujeres sufren la opresión de mano del patriarcado en el capitalismo sólo por el hecho de ser mujeres.

También se podría suponer que la actuación de estas mujeres pone en peligro la institución de la familia por cuestionarla como pilar básico de sustento del sistema y que, por eso, el sistema las oprime todavía más. Otra falacia. Hoy en día se puede afirmar que el capitalismo está asimilando los nuevos modelos de familia. Y que mientras exista capitalismo, existirá la familia para resolver el trabajo de cuidados invisibilizado y no remunerado.

 

Nomzamo Winifred Zanyiwe Madikizela Winnie Mandela, nació en un pueblo rural del Cabo Oriental, Bizana en 1936. Su infancia estuvo marcada por el severo metodismo de su madre y la orientación radical africana de su padre. Estudiaba, ayudaba en la granja y tras las muertes de su hermana y su madre por tuberculosis, asumió junto con sus hermanas las tareas de cuidado de la familia.

Desde niña tuvo experiencias que la concienciaron del significado del apartheid y las restricciones e injusticias que el racismo significaba en Sudáfrica. Por su padre, conoció de las guerras xhosa contra los colonizadores, se imaginó retomando esa lucha: “Si fracasaron en esas nueve guerras de Xhosa, yo soy uno de ellos y partiré desde donde los Xhosa se detuvieron y recuperar mi tierra.” Cuando su abuela le enseñó que la fuente del sufrimiento negro era el poder blanco, su estructura política quedó definida. La desposesión de tierras asociada a la idea de la raza, fundamentales para el colonialismo, eran una cuestión central en su lucha política.

Las pensiones de las mujeres trabajadoras son la consecuencia de una vida laboral construida a golpe de precariedad, jornadas reducidas, temporalidad, contratos basura, trabajos a tiempo parcial, economía sumergida, trabajo doméstico gratuito y salarios significativamente inferiores a los que perciben los varones.

Las cifras hablan solas, y evidencian la desigualdad existente no sólo en las condiciones de la vida laboral entre ellos y ellas, sino también en la gran brecha salarial que se manifiesta llegada la hora de la jubilación.

Nosotras, las mujeres somos la mitad de los 9,5 millones de personas con prestaciones por jubilación reconocida por la Seguridad Social.

Pero el capitalismo y el patriarcado han convertido la vida laboral de las mujeres en una carrera de obstáculos hasta el mismo momento de la jubilación y cuando una mujer alcanza la edad y cumple las condiciones para percibir una pensión, después de una vida entera de dobles o triples jornadas, otra vez más, nos damos de frente con la maldita brecha de género que se expresa, primeramente, en el número de las mujeres en las pensiones contributivas de jubilación y en segundo lugar en la cuantía que perciben.

Durante la II República, al mismo tiempo que aumentaba la incorporación de la mujer al mundo laboral y a las protestas populares, iba aumentando su afiliación a las organizaciones obreras. Los sindicatos comienzan a comprender la necesidad de incorporar a la mujer a sus filas. El Congreso de la UGT de 1932 incluye por primera vez en su programa la consigna de "igual salario a igual trabajo”. La II República es la etapa histórica en que la mujer irrumpe en nuestro país con mayor fuerza, presencia y compromiso en la lucha por la República, el Socialismo y por su propia liberación como género. Y no es por casualidad que ese momento de avance feminista sin precedentes coincida con la mayor tensión de la lucha de clases, con un movimiento obrero extraordinariamente estructurado y unas organizaciones revolucionarias que a punto estuvieron de tomar el poder y ganar la guerra al bloque burgués.

Sin embargo, en el S. XXI, que nos venden los medios de propaganda como del resurgir feminista, vemos que no camina la lucha de clases a aquellos niveles de derrota de las clases dominantes. No decimos que sea culpa de ese supuesto resurgir, sino del tipo de feminismo que es hegemónico: blanco, burgués, interclasista,… Cuando vivimos en una sociedad dividida en clases, el feminismo siempre estará dividido y conjugará las reivindicaciones de género con los intereses de la clase social de las distintas mujeres. Cada clase social percibe la lucha feminista en función de los privilegios de clase que disfruta o de la explotación que padece. El problema está en “abrazar” acríticamente los postulados feministas de las clases dominantes (da igual que sea versión socialdemócrata, postmoderna o liberal) todas ellas defienden el sistema económico capitalista, e incluso las hay quienes hablan de que el “sistema es el patriarcado” y el capitalismo es su instrumento.

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