Es una teoría económica que considera que el valor de un bien o servicio está determinado por la cantidad de trabajo necesario para producirlo, no por la utilidad que le encuentre el propietario.

Adam Smith entendía que el valor era la cantidad de trabajo que uno podía recibir a cambio de su mercancía. Se trata de la teoría del valor comandado o adquirido. Pero se encuentra que así no logra explicar los conceptos de beneficio y renta, además de que la venta de la fuerza de trabajo humana no era percibida por un comprador común. Esto le lleva a la teoría de los costes de producción, en la que el valor de las mercancías estaba dado por la cantidad de trabajo incorporado en ellas. Dos son los problemas principales que encontró esta teoría:

1.- En el mercado no se puede saber cuánto trabajo incorporado tiene una mercancía.

2.- Si el trabajo es la fuente de valor de la mercancía el obrero debía ser el que se viera beneficiado de este.

Hay dos maneras históricas de circulación de la mercancías, que a veces se suele confundir; la primera representa los primeros estadios de la economía mercantil, la génesis del capitalismo y se representa a través de esta fórmula Ma-D-Mb, la segunda fórmula de la circulación de mercancías, ésta plenamente capitalista, es: D-M-D’. En la primera fórmula (la mercantil) se utiliza el dinero como lo que es en un contexto de mercado: como un medio para facilitar el intercambio entre una mercancía Ma que se vende para conseguir otra Mb. En cambio en el intercambio capitalista se invierte capital para una vez operado a través de las mercancías, obtener más dinero: expresada de otra forma; C-M-C+P, donde el capital inicial C se compone del llamado capital constante Cc y el capital variable Cv, y donde el capital constante es el utilizado para comprar maquinaria, edificios para las fábricas y oficinas, propaganda, impuestos y demás mientras que el capital variable es el utilizado para comprar fuerza de trabajo.

Ya Engels dibujó lo que es una crisis económica capitalista en el Anti-Dühring: “El comercio se paraliza, los mercados están sobresaturados de mercancías, los productos se estancan en los almacenes abarrotados sin encontrar salida, el dinero efectivo se hace invisible, el crédito desaparece, las fábricas paran, las masas obreras carecen de medios de vida precisamente por haberlos producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones se suceden unas a otras. El estancamiento dura años enteros, las fuerzas productivas y los productos se derrochan y destruyen en masa, hasta que, por fin, las masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas, encuentran salida, y la producción y el cambio van reanimándose poco a poco. Paulatinamente, la marcha comienza a andar al trote; el trote industrial se convierte en galope y, por último, en una carrera desenfrenada, en una carrera de obstáculos que juegan la industria, el comercio, el crédito y la especulación, para terminar finalmente, después de los saltos más arriesgados, en la fosa de una crisis”, lo que nos permite comprobar que las tan cacareadas crisis se producen inexorablemente en el marco de las relaciones de producción capitalistas. Todos los afectados –el conjunto de la sociedad- consideran y tratan a la crisis como algo fuera de la esfera de la voluntad y el control humanos, un golpe fuerte propinado por un poder invisible y mayor, como si fuera un terremoto o una inundación, una prueba enviada desde el cielo.

Comenzaremos estas líneas recordando un Poema de Bertolt Brecht titulado “Canción del comerciante”:

Río abajo hay arroz,

río arriba la gente necesita el arroz.

Si lo guardamos en los silos,

más caro les saldrá luego el arroz.

Los que arrastran las barcas recibirán aún menos.

Y tanto más barato será para mí.

Pero ¿qué es el arroz realmente?

¡Yo qué sé lo que es el arroz!

¡Yo qué sé quién lo sabrá!

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