El centralismo democrático, que es un “centralismo” en movimiento, por así decir, o sea, una continua adecuación de la organización al movimiento real, un contemperar los impulsos de la base con el mando de arriba, una inserción continua de los elementos que provienen de las profundidades de la masa en el molde sólido del aparato de dirección que asegura la continuidad y la acumulación regular de las experiencias; este centralismo es “orgánico” porque tiene en cuenta el movimiento, es decir, el modo orgánico de revelación de la realidad histórica, y no se entumece mecánicamente en la burocracia y, al mismo tiempo, tiene en cuenta todo cuanto es relativamente estable y permanente o que, por lo menos, se mueve en una dirección fácil de prever, etc. el centralismo democrático vive en la medida en que es interpretado y adaptado continuamente a las necesidades.

Se puede decir que los partidos tienen la tarea de formar dirigentes capaces, son la función de masa que selecciona, desarrolla y multiplica los dirigentes necesarios para que un grupo social definido se articule, y deje de ser un caos tumultuoso para convertirse en un ejército político orgánicamente predispuesto. Cuando un partido oscila en la masa de sufragios obtenidos pasando de unos máximos a unos mínimos que parecen extraños y arbitrarios, puede deducirse que sus cuadros son deficientes, cuantitativa y cualitativamente. Un partido que obtiene muchos votos en las elecciones locales y menos en las de mayor importancia política es cualitativamente deficiente en su dirección central.

No puede existir igualdad política completa y perfecta sin la igualdad económica. La confusión entre el Estado-clase y la sociedad regulada es propia de las clases medias y de los pequeños intelectuales. Sólo el grupo social que se plantea como objetivo a conseguir la desaparición del Estado, y de sí mismo, puede crear un Estado ético.

El hombre conoce objetivamente en la medida en que el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario; pero este proceso de unificación histórica se produce con la desaparición de las contradicciones internas que laceran la sociedad humana, contradicciones que constituyen la condición de la formación de los grupos y el nacimiento de las ideologías no universales concretas, pero que el origen práctico de su sustancia hace inmediatamente caducas. Lo que los idealistas llaman “espíritu” no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el conjunto de las superestructuras en devenir hacia la unificación concreta y objetivamente universal y no ya un presupuesto unitario.

Hay acuerdo entre el catolicismo y el aristotelismo en la cuestión de la objetividad de lo real.

El antihistoricismo metódico no es más que metafísica. Que los sistemas filosóficos hayan sido superados no excluye que hayan sido históricamente válidos y hayan cumplido una función necesaria.

La filosofía de la praxis continúa la filosofía de la inmanencia [de Hegel] pero la depura de todo su aparato metafísico y la conduce al terreno concreto de la historia. La filosofía de la praxis es el “historicismo” absoluto, la mundanización y la terrenalidad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto de la historia.

El hombre conoce objetivamente en la medida en que el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario; pero este proceso de unificación histórica se produce con la desaparición de las contradicciones internas que laceran la sociedad humana, contradicciones que constituyen la condición de la formación de los grupos y el nacimiento de las ideologías no universales concretas, pero que el origen práctico de su sustancia hace inmediatamente caducas. Lo que los idealistas llaman “espíritu” no es un punto de partida, sino un punto de llegada, el conjunto de las superestructuras en devenir hacia la unificación concreta y objetivamente universal y no ya un presupuesto unitario.

Hay acuerdo entre el catolicismo y el aristotelismo en la cuestión de la objetividad de lo real.

El antihistoricismo metódico no es más que metafísica. Que los sistemas filosóficos hayan sido superados no excluye que hayan sido históricamente válidos y hayan cumplido una función necesaria.

La filosofía de la praxis continúa la filosofía de la inmanencia [de Hegel] pero la depura de todo su aparato metafísico y la conduce al terreno concreto de la historia. La filosofía de la praxis es el “historicismo” absoluto, la mundanización y la terrenalidad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto de la historia.

 

Es la vanguardia del proletariado la que forma e instruye a sus cuadros, dotándolos de un arma –su conciencia teórica y la doctrina revolucionaria- con la que se aprestan a afrontar a sus enemigos en las batallas que han de venir. Sin este arma, el Partido no existe, y sin el Partido, ninguna victoria es posible.

 

En su primera fase sindical, la lucha económica es espontánea, es decir, que nace ineludiblemente por la misma situación en que se encuentra el proletariado en el régimen burgués, pero no es por sí misma revolucionaria, no lleva necesariamente al derrumbamiento del capitalismo, como han sostenido y continúan sosteniendo cada vez con menos éxito los sindicalistas. Tan cierto es esto que los reformistas, e incluso los fascistas, admiten la lucha sindical elemental, pero sostienen que el proletariado como clase no debe mantener otra lucha que la sindical. Para que la lucha sindical se convierta en un factor revolucionario, es necesario que el proletariado la acompañe de la lucha política, es decir, que el proletariado tenga conciencia de ser el protagonista de una lucha general que afecta a todas las cuestiones vitales de la organización social, es decir, que tenga conciencia de luchar por el socialismo.

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