Los marxistas entendemos que las relaciones internacionales no son otra cosa que relaciones institucionalizadas entre las distintas clases en el poder. En los últimos años han  irrumpido potencias imperialistas capaces de disputar la hegemonía a los Estados que hasta ahora llevaban la batuta en la escena internacional. Esto ha obligado a redefinir las estrategias y las relaciones económicas entre los distintos bloques en disputa. Es en este marco en que los EEUU y la UE se perfilan como aliados tácticos por la búsqueda del control internacional de los recursos y de los mercados.

La caída del peso económico y comercial de ambos bloques les obliga a recomponer sus relaciones internacionales y lanzarse a la negociación de un  tratado de libre comercio que persigue la creación de un mercado unificado de bienes, servicios y capitales con el que posicionar mejor a sus multinacionales y revertir el descenso de las ganancias.

Llama la atención el carácter secreto de las negociaciones, que empezaron en febrero de 2013,  y  que suponen una excepción a la Regla 1049/2001 que obliga a que todos los documentos de la UE sean públicos. Se está realizando un ejercicio de diplomacia secreta y oscurantista en el que los lobbies están determinando el futuro de un acuerdo que marcará profundamente el marco regulatorio de la UE.

¿Pero qué objetivos se persiguen con la creación de un mercado unificado entre los EEUU y la UE? ¿Qué resultados podemos prever?

El objetivo de fondo que persiguen los negociadores es aumentar el flujo del comercio entre los dos bloques y generar un marco legislativo que asegure la rentabilidad de las inversiones frente a posibles decisiones políticas que pudieran afectar a la expectativa de beneficio de los monopolios.

La estrategia del tratado para lograr la creación de un mercado libre pasa por armonizar los estándares técnicos de la producción de bienes y productos y no por suprimir las restricciones arancelarias ni los contingentes de productos, aspectos que en la regulación actual ya se encuentran muy reducidos y no interfieren significativamente en el intercambio de mercancías.

Esto es importante porque en general la UE mantiene unas exigencias más elevadas para la producción de alimentos y fármacos,  así como mayores estándares medioambientales y laborales que sus “socios” yanquis. No en balde se quejaba David Cameron, diciendo que si renunciaban al fracking no podrían competir con sus rivales de EEUU, que partirían con ventaja.

La idea por tanto pasa por equiparar a la baja los estándares de la UE a los de los EEUU. De esta forma, se persigue posicionarse mejor en la enloquecida carrera de la competencia y renegar de los últimos resquicios medioambientales y sociales que aún quedaban en la ultraliberal UE. Hay que tener en cuenta que EEUU no ha ratificado seis de las ocho normas fundamentales de la OIT ¿Será “la armonización” un nuevo argumento para recortar derechos laborales y reducir los salarios?

En el ámbito sanitario, la alimentación y los productos alimenticios la armonización supondrá un cambio de 180 grados al sustituir el principio de precaución vigente en la UE por otro de control a posteriori. Es decir, pasaremos de un modelo de control “desde la tierra al plato” a otro que requerirá la demostración científica del carácter nocivo de los alimentos. El tratado da una nueva vuelta de tuerca en la toxicidad de los alimentos y rebajará los ya ligeros patrones de calidad alimenticia del capitalismo europeo. Además, la apertura a los productos de EEUU supondrá la aparición en los supermercados europeos de alimentos modificados genéticamente, de carnes hormonadas y de cereales transgénicos, auténticos engendros biológicos concebidos para aumentar la rentabilidad de las explotaciones.

Otro de los aspectos controvertidos del tratado es el procedimiento de solución de controversias basado en el arbitraje internacional. Tras la aprobación del tratado las empresas podrán resolver sus controversias inversor-Estado eludiendo la legislación mercantil de los Estados y dando la última palabra a estos “árbitros” de dudosa procedencia y elevadísimos honorarios contra cuyas decisiones no cabrá recurso alguno.

Se persigue con ello blindar a los inversores frente a cualquier decisión política que pueda afectar a sus expectativas de lucro. El mecanismo refuerza las garantías del capital sobre la voluntad de los Estados funcionando en la práctica como un chantaje preventivo. Son conocidos los casos de la aseguradora sanitaria holandesa que gano 22 millones de euros en arbitraje cuando Eslovaquia decidió paralizar la privatización de la sanidad. O las indemnizaciones millonarias de Australia y Uruguay cuando aprobaron legislaciones antitabaco más restrictivas.

En definitiva, nos encontramos ante un tratado ultraliberal que supondrá una nueva vuelta de tuerca en la dictadura de los monopolios. La fuerte competencia creada en un mercado desregularizado de 800 millones de personas solo acarreará la imposibilidad de competir de las pequeñas empresas y aumentará la concentración y el monopolismo. Se trata de una nueva huida hacia delante del capitalismo europeo y yanqui que están dispuestos a renunciar a todo con tal de dar oxígeno a sus multinacionales.

Salta a la vista cómo el capitalismo decadente se vuelve más reaccionario en todos los ámbitos y cómo en su fase final de descomposición no duda en intentar recomponerse renunciando a los más elementales estándares de calidad y protección medioambiental. Hoy la consigna de socialismo o barbarie resume el carácter de nuestro tiempo y nos recuerda la obligatoria necesidad de la clase obrera y los pueblos de Europa de luchar contra la el TTIP, por la salida de la UE y contra imperialismo.   

Carlos López Egea

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