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Los graves acontecimientos políticos ocurridos hace unas semanas en Ucrania y en Crimea me sugieren sobre todo que la URSS (para quien no lo sepa o lo haya olvidado, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) no debió desparecer nunca. Por una razón convincente, porque en esas circunstancias el imperialismo yanqui y sus lacayos de la Unión Europea se lo pensarían dos veces antes de cometer ciertas fechorías que cada vez ponen al mundo al borde de peligrosas conflagraciones.

En el caso ucraniano, el derrocamiento de un gobierno democráticamente elegido por bandas nazis teledirigidas desde la Casa Blanca. Pero también porque las tropelías y desmanes cometidos actualmente por la oligarquía capitalista contra la clase obrera no habrían tenido lugar, o en todo caso, habrían  sido merecedoras de una muy diferente respuesta a la habida hasta ahora. Con la existencia de la URSS y del llamado bloque socialista, independientemente de lo que pensáramos unos y otros sobre la construcción de sus  respectivos socialismos, la clase trabajadora se sintió objetivamente más reforzada y combatiente, y sus organizaciones de clase (los Partidos Comunistas de todo el mundo) dispuestas y luchadoras. En aquellos años a los proletarios de todos los países otro gallo les cantaba. Era el gallo rojo que Lenin y el Partido Bolchevique alzaron victorioso sobre los escombros del feudalismo ruso. El mismo que permitió transformar la vieja, retrógrada  y anquilosada Rusia en la segunda potencia económica, militar y científica del Planeta. El que izó la bandera de la clase obrera en la berlinesa Puerta de Brandeburgo tras aplastar a la Alemania nazi. El que con su ayuda económica y militar permitió a numerosos países de América, África y Asia liberarse del yugo colonial. Igualmente el gallo que con su canto vigoroso sostuvo durante muchos años los combates de los pueblos cubano y vietnamita contra el imperio, y el que llenaba las plazas y calles de las grandes ciudades europeas de manifestantes defendiendo los derechos sociales y laborales ya adquiridos, y exigiendo otros nuevos a una patronal temerosa de perder sus privilegios con el posible estallido de la revolución. Todo eso  representó la URSS para la clase obrera, para la juventud y para los pueblos en lucha de todo el mundo. Su desaparición oficial el 8 de diciembre de 1991, debido fundamentalmente a la inacción del pueblo ruso por defender el socialismo, nada bueno aportó a los trabajadores y a las capas populares. Tampoco a Rusia, que en la actualidad se ve cercada por los misiles de la OTAN. 

Hoy, tras la extinción de la patria socialista de Lenin, el retroceso social es más que palpable en todas partes, el imperio impone su voluntad en numerosas regiones del mundo y el desaliento y el oportunismo políticos pululan sin freno. Es por todo ello que el trabajo de los/as comunistas es hoy difícil y entusiasta a la vez. Difícil porque las circunstancias actuales son complejas tras el desmoronamiento de la URSS y entusiasta porque los/as comunistas seguimos siendo los/as portadores/as de la filosofía y del análisis científico capaces  de acabar de una vez por todas con tanta injusticia social. De ahí  el esfuerzo político del PCPE por participar en la reconstrucción del movimiento comunista internacional, para que otra vez el fantasma del comunismo recorra Europa y el mundo haciendo temblar al imperio y sus lacayos, a los oportunistas de todo pelaje y a los polizontes socialdemócratas.

José L. Quirante