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No es un mal ejercicio de voluntad  la lectura  que me proponen. La articulista, autora de un libro y vinculada al arzobispado de Granada (lo suelto todo de  tirón, así lo peor pasa pronto) reivindica un modelo de relación mujer-hombre, en el que aquella  sea  "obediente, leal, generosa," asuma los roles de "sumisión y servicio", y "se salga de la lógica de la emancipación" "sin miedo" y "con buen humor".

 

Es necesario leer estas  cosas con mucha frialdad.  No  porque  las  ideólogas de la clase dominante nos tomen por estúpidas, sino porque  intentan  que acabemos siendo estúpidas.

El asunto es entender qué hay detrás de esa ideología, y por qué.

Nadie lo explicó como Engels:

La familia patriarcal es la célula de la estructura social de clases.  En el capitalismo, y dejando de lado los matrimonios burgueses que eran y son como fusiones bancarias, entre el proletariado, en un pasado reciente, la familia tradicional garantizaba varias cosas, beneficiosas y funcionales a los intereses de la burguesía:

  • El productor de plusvalía veía garantizada, al regreso de la fábrica o de la hacienda, la reproducción de su fuerza de trabajo mediante una mano de obra, la femenina, que a la burguesía no le costaba un chavo. Casa y ropa limpia, comida caliente, sexo asegurado. Era una forma de división del trabajo que respondía a roles y a la vez los reproducía, para mejor funcionamiento del aparato productivo.
  • La mujer, carente de estudios y, a menudo, de trabajo, encontraba en la formación de "su" propia familia, casándose, el único modo de "emanciparse" de la autoridad paterna. Para caer de inmediato bajo la autoridad del marido.
  • Los viejos y los enfermos pobres eran atendidos por sus hijas, sobrinas, nueras, nietas... sin que ninguna institución burguesa tuviera que abonar ni un penique. Los varones, mientras tanto, a reventar al tajo. Esos no tenían la regla ni preñaban.
  • Desde el interior de esa familia, la ideología de la clase dominante era transmitida a los niños y niñas, gratuitamente desde la cuna. No solo en lo tocante a sus roles de género sino en toda una noción del mundo y de la sociedad dictadas desde los centros de poder ideológico, que coincidían, "casualmente" con los centros de poder económico.

Pero claro. Resulta que hoy, el proletario vuelve a casa de una jornada quizás tan extenuante como las de entonces, y se encuentra con que "su" esposa está ganándose también en el tajo la mitad de la supervivencia de todos. Y las niñas y los niños, ciscados por el cíber. Hablamos de un proletario y una proletaria, que pese a los mecanismos de alienación, tienen una cultura, atisbaron explicaciones científicas de las cosas. De autoridad y de cómo aguantar la de otro, sabe la mujer bastante. De enfrentar la autoridad injusta en las largas horas de su jornada laboral. Esta mujer a menudo ya no está para "sumisiones" en su casa, precisamente porque ya "no tiene miedo". Y mal o bien, más o menos, millones y millones de personas han oído hablar de un planeta en el que las mujeres capitaneaban naves espaciales, eran médicas, pianistas famosas, escritoras, y no había paro, y la salud era gratis y gratis las guarderías y las lavanderías... Un planeta que se llamaba Unión soviética...Y de eso se habla en no pocas casas, y las niñas y los niños escuchan. 

El artículo al que me refería trata de mostrarnos el pasado como un modelo, la miseria, como un don, y el mundo imposible que propone, como una salida. Ese mundo que propone ya apenas existe. Donde no se murió de viejo, está "muy malito" ese mundo. La mujer anda poco en naves espaciales pero ya dirige luchas sindicales.

Y sin embargo, atentas: ese libro,  seguramente alguien lo compra, y algunas, quizás no pocas entre esas compradoras, son de nuestra clase. Tarea nuestra es que sepan que la sumisión (ante el marido y también ante la patrona que tiene su mismo sexo pero no pertenece a su misma clase) no lleva más que a la amargura y a la muerte (fingiendo buen humor...). Que sepan que su mundo ya no puede retroceder hacia el látigo sino que debe y puede avanzar hacia el cosmos. 

Laura Quintillán