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Los últimos lances de Esperanza Aguirre tienen una singularidad tan atosigante que no podemos con ella.

Creemos que por higiene social para que algunos sexagenarios no se crezcan en el castigo, habría que prevenirse porque no es aceptable que para hacer el paseillo conviertan el carril bus en una carretera de circunvalación y tumben a dos agentes de movilidad al menor descuido para dar luego la espantá. Pero esas banderillas no revisten mayor importancia para nosotros, lo que realmente nos alarma y nos estremece es que la señora Lideresa nos quiera torear cuestionando la españolidad de quienes no quieren ver los toros ni desde la barrera.

¡Ay qué pena nos da, Esperanza, por Dios! 

Nosotros no nos merecemos semejante embestida y tenemos que ponernos al quite porque no hay derecho a que se nos quiera dar la puntilla declarándonos antiespañoles. Eso sí que nos ha dolido, Esperanza.

No vamos a tildarla de falsa y calumniosa porque usted sabe bien que no somos gente deslenguada pero no nos cite usted en corto y por derecho que ya sabe que nosotros entramos al trapo y nos hemos hecho figuras en la suerte del descabello.

¿Ya no recuerda usted los capotes que le echamos cuando usted comentó que no llegaba a final de mes? ¿Tampoco recuerda la estocada que nos metió al decir que en su lista había gente imputada por tonterías? ¿Se ha olvidado ya cuando celebramos con pasodobles aquellas palabras  refiriéndose a Ruiz Gallardón; “qué suerte hemos tenido quitándole un consejero al hijoputa”? ¿También se ha olvidado de su patada en la taleguilla cuando sugirió que los poderes públicos tendrían que impulsar la práctica del golf? Y aquella corná de usted preguntando a la madre de Dulce Chacón si a la escritora no se le había permitido salir de Cuba cuando ya llevaba años enterrada?

Mire, Doña Esperanza, tiene usted salidas de cabestro, cada vez que abre usted la boca empitona  hasta al alguacil...

Cómo puede poner en duda nuestro amor patrio, cómo puede recelar usted de nuestro fervor hispano cuando después de todas sus acometidas todavía no nos hemos cortado la coleta y seguimos aguantando aquí todos sus puyazos.

Parece mentira, doña Esperanza,  nosotros no esperábamos de usted esas gravísimas especulaciones, pero cada vez que usted se embragueta nos remata en tablas !hija mía! Tacharnos de antiespañoles, así, de un modo tan terminante y absoluto, sólo porque escurrimos el bulto en esto de la Fiesta Nacional, sabiendo lo que eso nos duele, es un bajonazo que nosotros le aguantamos porque tenemos mucho duende.

Nos admira su sabiduría en el arte de la corrida y es que cuando usted se coloca la chaquetilla corta nunca pincha en hueso.

Lástima que seamos nosotros tan poco taurinos pero  ¡cuánto nos gustaría verla con un toro gazapón rematando en las afueras una serie de medias verónicas con las rodillas en tierra, mujer! No puede usted imaginarse lo que disfrutaríamos nosotros viéndola en el redondel de la Maestranza recibiendo los revolcones de seis astados de trapío y que en la suerte suprema los toritos acierten a rematar la faena, eso sí, asistida por una buena cuadrilla que nos gusta socializar las orejas y el rabo...

¡Anímese, Doña Esperanza! Usted que es maestra en espectáculos y tiene hechuras no nos prive de verla en el ruedo recibiendo a seis morlacos astifinos a porta gayola,  luciéndose en naturales y arrimadita, con la mano baja, templando, con pases muy largos y muy trabajados... como hacen los primeros espadas. 

Si usted nos concede esa gracia y el tiempo no lo impide, nosotros le prometemos que le llenamos el tendido hasta la bandera y va usted a ver la plaza abarrotá de españoles haciendo un inmoderado uso del pañuelo y jaleando la Fiesta Nacional,  que a nosotros nos gustan mucho los toritos  si son de casta y se portan bien.

Telva Mieres