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El otro día, para celebrar mí ya abultado cumpleaños, mis dos hijos me hicieron un magnífico regalo mientras soplaba las llamas de las velas del pastel de aniversario: la reciente edición en Blu-Ray de “El acorazado Potemkin”, película realizada en 1925 por el genial cineasta soviético Sergei M. Eisenstein. Para muchos “la mejor obra cinematográfica de todos los tiempos”. La sorpresa fue grande, y por supuesto, regocijante. Yo no había vuelto a ver ese clásico imperecedero de la cinematografía soviética desde que un día en París lo descubrí durante un ciclo dedicado a la revolución bolchevique en un modesto cine de barrio, muy cerca de la mítica Plaza de la Bastilla. Tendría por aquél entonces apenas veinte abriles, y en España el corazón y la imaginación aún estaban amordazados por el fascismo. Ante mis ojos atónitos desfilaron imágenes subyugantes de belleza, emoción y coraje revolucionarios. Creo que nunca me he sentido tan absorto y exaltado viendo una película como en aquel momento. Era como salirse de uno mismo para integrarse emocionalmente poco a poco en la conmovedora trama. Esa crónica histórica de la revolución rusa de 1905 (previa a la revolución bolchevique de 1917), que levantó al pueblo ruso contra el régimen absolutista de los zares quedó grabada para siempre en mi memoria, y de alguna manera consolidó igualmente mi pionera conciencia comunista. La secuencia del amotinamiento del marinero Vakulichuk y de sus camaradas rehusando comer carne podrida y llena de gusanos, y la de la matanza zarista en las escaleras de Odesa, primero mostrando el martilleo rítmico de las botas de los soldados que bajan por las escaleras y más tarde encadenando la huida precipitada de la multitud reprimida con la caída del cochecito de niño, resultan inigualables aún en nuestros días por su enorme patetismo y por su intensa fuerza expresiva. En definitiva, un cine que se renueva en cada visión, popular y comprensible a todas las nacionalidades, a tímidos y valientes, a cultos e incultos.

El éxito de la película situó a Eisenstein y a su ayudante Aleksandrov en la primera línea del cine potenciado por la Unión Soviética en los años 20 y 30 del siglo pasado. Un cine revolucionario y  de alto nivel que sacudió los cimientos de la cinematografía mundial con sus innovaciones artísticas y técnicas, sus contenidos políticos y sociales, y con sus famosos “montajes de atracciones”. Sin duda ninguna, “El acorazado Potemkin”, una auténtica joya cinematográfica a tener en el lugar más preciado de nuestra videoteca.

Rosebud