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“Cuatro menores de 3, 5, 8 y l2 años, todos hermanos, han muerto en la noche del martes 25 de marzo en el incendio de una vivienda en el municipio de El Vendrell, en la provincia de Tarragona. Además de las víctimas mortales, otras cuatro personas han resultado heridas de diversa gravedad, entre ellas el padre de los niños, de 51 años de edad. La madre, una niña de 2 años y el hermano de 18 han resultado ilesos”.

Hasta aquí lo ocurrido contado de manera lapidaria, sin entrar para nada en las circunstancias que rodean los hechos. Como acostumbran hacer los medios de comunicación del sistema cuando saben que detrás de una tragedia se encuentra un acusador drama social, en este caso la muerte de unos inocentes a causa de la insoportable miseria en la que vivían. Y es que lo ocurrido en El Vendrell no pega ni con cola con los tiempos de “recuperación económica” y “creación de empleo” que no paran de anunciarnos, un día sí y otro también, las voces de sus amos. ¿No, señor Rajoy?

Pero basta de preámbulos y volvamos al trágico suceso. ¿Quién era realmente esa familia? ¿Cómo y de qué vivía? ¿Por qué se instaló en El Vendrell? ¿Cuál era su porvenir? Preguntas sin respuesta en los medios de desinformación burgueses, dedicados más bien a contarnos hasta la saciedad las protestas de los hijos de papá contra la revolución bolivariana, el indecente apoyo de Occidente a los neonazis en Ucrania o a llorar por la muerte de un fascista transmutado en “demócrata de toda la vida”.

Pues bien, la familia destrozada por el incendio de El Vendrell es de origen marroquí y vivía en el barrio de Pisos Planes, un barrio que concentra la mayoría del 27% del paro laboral que reconoce el ayuntamiento gobernado por CiU y PSC. El piso, de unos 60 metros cuadrados de superficie, daba cobijo a 9 personas hasta que a finales de 2011 Bankia se lo arrebató y los echó a la sórdida calle. Después, con su miseria a cuestas y sin tener las ideas muy claras, se trasladaron al municipio vecino de Santa Oliva, donde tampoco les fue mejor.

El padre, que se había quedado sin trabajo desde hacía algún tiempo, se levantaba -según precisa un amigo de la familia- a las 7 de la mañana para recoger chatarra, trabajar en el campo, en la construcción o en lo primero que le saliera para poder dar de comer a sus hijos. Hasta el día en que, cansados de tanto penar, decidieron volver a su antiguo domicilio, en concreto al número 4 de la calle del Mig en el que, en una noche fría e inhóspita, se produjo el terrible drama. Un suceso que nos golpea al tiempo que nos interroga brutalmente sobre la realidad miserable en la que viven millones de personas en este país profundamente sacudido por la crisis capitalista. Una crisis que, como en una guerra cruenta e injusta, siega vidas con su temible guadaña: suicidios, accidentes laborales, “violencia machista”, inmigrantes asesinados impunemente frente a las vergonzosas vallas de Ceuta y Melilla, etc. etc.

Dentro de no demasiado tiempo pocos recordarán este horrible suceso, y a menos les importará la suerte de esta diezmada, y sin futuro, familia magrebí. Hasta que otro mal día un nuevo drama social ocupe las páginas de los diarios que ellos, fieles lacayos del sistema capitalista, tratarán cínicamente de lamentable y doloroso accidente.

José L. Quirante