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A lo largo de las últimas cuatro décadas el marco jurídico laboral ha ido sufriendo infinidad de cambios. Las más de cincuenta reformas laborales que lo han ido modelando hasta hoy han logrado hacer desaparecer aquel marco de derechos conquistados que alcanzó su máximo cuando a finales de la dictadura e inicios de la llamada transición política española, la clase obrera logró disfrutar de un marco legal laboral muy superior en garantía de derechos al actual. Lógicamente ninguno de esos derechos nos fue regalado a la clase obrera española si no que fueron conquistados al calor de dos décadas de luchas obreras generalizadas que recorrieron todo el estado desde inicios de la década de los 60.

Fueron dos décadas de luchas desarrolladas en un marco de ausencia total de las más mínimas garantías del ejercicio de la libertad política. Dos décadas de ejercicio del combate político de masas y del sindicalismo de clase que lograron arrancar entre otras muchas conquistas: la negociación colectiva, la subida de salarios referenciados al IPC, la causalidad en el empleo, que igual trabajo se pagase con el mismo salario, que las personas que trabajaban en una misma empresa tuvieran el mismo Convenio Colectivo, que para despedir a un trabajador o trabajadora debía existir una causa, que el despido improcedente se indemnizaba con 45 días por año trabajado y el tope eran 48 mensualidades, libertad sindical, derecho a huelga, creación de los comités de empresa como representación unitaria de los trabajadores y trabajadoras, etc.

Pero a nadie se le escapa que el estado burgués, como todo estado, es la articulación de la dictadura de una clase sobre el resto. Y en este caso de la clase de quienes detentan el capital y poseen los medios de producción sobre aquellos que sólo tenemos para poder satisfacer nuestras necesidades vitales la posibilidad de vender nuestra fuerza de trabajo.

Y es que vivimos en una sociedad regida por el modo de producción capitalista, donde la producción de bienes de consumo se realiza desde la lógica del beneficio y no desde la de cubrir las necesidades sociales e individuales del conjunto de la población. Por lo tanto, el producto del trabajo asalariado se convierte en mercancía y su única función en el mercado es la de materializar la plusvalía de la que se apropia el propietario de los medios de producción. Todo ello, aunque quizá parezca de perogrullo, es importante tenerlo siempre presente, ya que todo modo de producción a lo largo de la historia de la humanidad se dota de un modelo político que da cobertura y legitimidad al mismo. O dicho de otro modo, el Estado se construye en torno a generar una dictadura de la clase dominante que sea asumida como legítima por la clase o clases dominadas bien sea por enculturación, alienación, represión o una mezcla de las tres.

Llegados a este pundo es donde debemos enmarcar el más de medio centenar de reformas laborales. Pero por mucha dictadura las leyes objetivas del desarrollo económico capitalista hacen que el capital, por mucho que intente evitarlo, se hunda cada vez más en una crisis estructural de sobreacumulación que le hace imposible mantener un ritmo adecuado de crecimiento a su tasa de ganancia. Muchas fueron las burbujas económicas con las que el capital ha ido posponiendo de forma contable lo inevitable pero en cada momento eran conscientes que la única generación de riqueza real sale de la fuerza de trabajo obrera, y su tasa de ganancia solo se puede mantener aumentando la plusvalía. Por eso, y más allá de los engaños contables que acaban hundiendo cada vez más al capitalismo en su crisis, esa consciencia de la necesidad de sobreexplotar la fuerza de trabajo ha estado y está siempre presente en el orden del día de nuestro enemigo de clase.

Un enemigo de clase que ha sabido en cada momento ir introduciendo cambios normativos que fueran destruyendo las conquistas de seguridad laboral y de salarios conquistadas, con el objetivo de desarmar a la clase obrera y poder llegar a obligarnos a trabajar durante jornadas interminables por salarios que empiezan a no cubrir las necesidades mínimas de manutención y alojamiento dignos.

Y todo esto lo han ido consiguiendo con sucesivas reformas laborales salidas, al dictado del capital, de los sucesivos gabinetes de los gobiernos de la burguesía. Veamos como ejemplo algo de lo que nos han ido introduciendo:

Abaratamiento del despido, descausalización de la contratación temporal, creación de modalidades de contratación con derechos irrisorios especialmente para la juventud, aumento de la cuota obrera a la seguridad social y disminución de la patronal, recorte grave de las prestaciones de desempleo, legalización del prestamismo laboral y la transformación en falsos autónomos de miles de trabajadores, falseamiento del IPC e introducción de otros índices para reducir el poder adquisitivo de los salarios, destrucción poco a poco del modelo público de pensiones, distribución irregular de la jornada, ataque y vaciado de contenido de la Negociación colectiva permitiendo clausulas de descuelgue salarial y facilitando modificaciones sustanciales de las condiciones de trabajo, aumento de la edad de jubilación, se acaba con la vigencia indefinida de los convenios mientras no se negocie uno nuevo, se limita gravemente el derecho a Huelga prohibiéndose de facto durante la negociación colectiva desarmando a la parte obrera de su principal método de presión sumándose la casi obligación del arbitraje en los casos de conflicto colectivo, y un largo etc.

Pero todo eso no es suficiente, para una oligarquía que ve como el edificio del capitalismo se tambalea y contra eso sólo les puede ayudar hacernos producir aún más por mucho menos sin importar que esa fórmula signifique millones de expulsados del mercado laboral hacia una situación de desempleo sin prestaciones y sin perspectivas, o que aumente el número de suicidios y de accidentes laborales.

Hemos podido observar una la lista de retrocesos abrumadora pero hay en ella además un grado de agresividad en aumento que es imprescindible revertir. La clase obrera no podemos perder ni un minuto más en levantar la contraofensiva si no queremos que nuestro presente y nuestro futuro se circunscriba a la miseria más absoluta.

Y para eso no podemos seguir confiando en las promesas de nuestros enemigos de clase que a través de diferentes organizaciones políticas nos hacen creer que la salida de la crisis está cerca, o que una gestión diferente del capitalismo nos sacará de la crisis. La clase obrera sólo podemos confiar en nuestras propias fuerzas, las mismas que cuando históricamente se pusieron en pie lograron doblegar a nuestros enemigos y sabiendo que ninguna conquista es definitiva en el capitalismo. Por eso hoy es necesario que la lucha se enmarque en la defensa de las conquistas obreras con criterios de clase y en la perspectiva del socialismo.

Severino Menéndez