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En su discurso de despedida del 17 de enero de 1961, el presidente republicano Eisenhower alertaba al pueblo norteamericano de un nuevo fenómeno en la historia de los Estados Unidos: la aparición del denominado Complejo Militar-Industrial, producto de la “conjunción de un sistema militar inmenso y de una gran industria armamentística”. Tal era la magnitud de esta entidad que, según el dirigente norteamericano - antiguo General de Ejército que había lucido el distintivo de las cinco estrellas en su hombrera- , ejercía una influencia injustificable en las más altas instancias de la toma de decisiones del gobierno estadounidense para la imposición de sus belicosos intereses.

Esta histórica declaración, que a ojos del lector menos avezado pudiera resultar anodina, representa la constatación de un fenómeno ya vislumbrado medio siglo antes: el sostenimiento del poder de los grandes grupos monopolísticos depende directamente de la capacidad por parte de las grandes potencias capitalistas de movilizar los recursos - económicos, diplomáticos, militares, etcétera- suficientes para el sostenimiento y sufragio de la guerra, a menudo desatada entre ellas mismas. Este medio se presentaba, según Lenin, no como el único, pero sí como el idóneo para suprimir la desproporción existente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la acumulación del capital, por una parte, y el reparto de las colonias y esferas de influencia para el capital financiero, por otra. ¡Y con cuánto gozo recibieron los industriales de la guerra el honor que la historia les deparaba, a sabiendas de que ello significaría un aumento sin parangón de su ganancia!

Pero este proceso de intensa militarización económica queda lejos de ser un rasgo exclusivo del imperialismo estadounidense. Salvo contadas excepciones, todo país o coalición más o menos duradera de países con intereses en común insertos en las dinámicas de pugna e interdependencia del capitalismo monopolista ha procurado dotarse de las capacidades militares que le permitiesen, ya no solo salvaguardar defensivamente su integridad territorial ante la voracidad de otras potencias capitalistas, sino incluso tener la posibilidad de participar bajo uno u otro pretexto en la pugna interimperialista más allá de sus fronteras. Con ese fin, tanto unos como otros sometieron buena parte de la economía nacional a sus necesidades de conquista, fortaleciendo la industria armamentística y las ramas de la producción vinculadas a ella en detrimento de la industria de carácter civil. Desde luego, el caso de los Estados Unidos guarda una cierta excepcionalidad en cuanto han ocupado ya durante cerca de un siglo una posición central en la pirámide imperialista, y ello ha sentado las bases para la articulación de un Complejo Militar Industrial de una magnitud sin precedentes y difícilmente comparable en la actualidad, en cuanto a sus capacidades, con los del resto de Estados capitalistas en términos tecnológicos y operacionales. La diferencia respecto a otros países o conglomerados capitalistas no puede ser, por tanto, más que de grado, atendiendo al desarrollo de sus fuerzas productivas, su desarrollo histórico y la posición que ocupan en la pirámide imperialista.

Como es sabido, las organizaciones interestatales que dieron lugar a lo que hoy conocemos como Unión Europea –la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, Euratom y la Comunidad Económica Europea - encuentran su origen en la conciliación, al menos temporal, de los intereses de los grandes monopolios siderúrgicos y carboneros de la Cuenca del Rhur, región que pocos años atrás había resultado determinante para el estallido de ambas guerras mundiales. Con ello se pretendían construir las bases materiales necesarias para evitar en el futuro un conflicto bélico a escala continental, siempre en palabras de sus padres fundadores. Pero lo cierto es que hoy, a cincuenta y siete años de la firma de los Tratados de Roma, se confirma con seguridad que la alianza interestatal europea ha avanzado en la vía de la militarización, tal y como cabía esperar tratándose de una estructura construida sobre la base base de las necesidades de los monopolios europeos.

Solo partiendo de la caracterización de la UE como alianza interestatal imperialista, punto de partida de cualquier análisis que pretenda alcanzar cierto grado de rigurosidad al respecto, pueden comprenderse el desarrollo de los crecientes antagonismos que hoy determinan el desarrollo del proyecto imperialista europeo. En ese mismo sentido, el paulatino proceso de militarización económica de la UE durante las últimas décadas solo puede comprenderse en base a este punto de partida.

Ya en la década de los noventa, los oligarcas europeos fantaseaban con la creación de un único consorcio armamentístico europeo, y con ese fin procedieron a la privatización total de las otrora empresas estatales de defensa, al tiempo que mantenían fuertes participaciones en su accionariado. Ese proceso de concentración permitiría hacer frente a las colosales contratistas norteamericanas como Lockheed Martin o Boeing, que entonces dominaban el sector a escala mundial de forma indiscutible, al mismo tiempo que pertrecharía a la Unión de una potente base industrial de defensa que le garantizaría un mayor grado de autonomía en este ámbito. Pero dichas intenciones caerían en saco roto, e incluso más de dos décadas después, sigue siendo una tarea pendiente y decisiva para el fortalecimiento o la ruptura del proyecto imperialista europeo. La truncada tentativa que en el año 2012 saltó a la opinión pública sobre la posible fusión de los dos principales consorcios europeos, BAE-Systems y EADS – hoy grupo Airbus - puso de manifiesto cuán profundas contradicciones aún existen entre el seno mismo del centro imperialista europeo. Muestra de ello es el comunicado publicado ante el cierre de las negociaciones, que refleja con meridiana claridad el escaso grado de confluencia entre los ejecutivos nacionales implicados – Reino Unido, Francia y Alemania principalmente - : “ha quedado claro que los intereses de los accionistas gubernamentales de las diferentes partes no pueden conciliarse adecuadamente con los de otros o con los establecidos por BAE Systems y EADS para la fusión”. La oligarquía europea se lamentaba con la miel en los labios, pues perdía la oportunidad de reunir en un solo grupo el 70% de la capacidad de defensa europea, y cerca del 100% de la producción de aviación militar, balística y nuclear.

Como era de esperar, estas dificultades han causado no poca preocupación en las instituciones comunitarias de la Unión. De hecho, una de las cuestiones que mayores recelos suscitó de cara a la reunión del Consejo Europeo del pasado mes de diciembre sobre la Política Común de Seguridad y Defensa fue la decidida apuesta por parte de la Comisión hacia una mayor convergencia de la industria europea de seguridad y defensa, siempre a favor de los intereses económicos de las grandes potencias europeas y sus oligopolios armamentísticos. Y aunque es cierto que el grado de desacuerdo y polémica a este respecto fue tal que impidió acuerdos significativos, es necesario considerar esta inacción parcial en su justa medida. La constatación por parte de las instituciones comunitarias de que la Agencia Europea de Defensa no ha sido un organismo realmente eficaz para integrar los esfuerzos militares nacionales ha llevado a plantear una necesaria reestructuración de la política industrial de seguridad y defensa europea, otorgando una mayor relevancia en este aspecto a la Comisión Europea, y prometiéndose revisar los progresos al respecto en julio de 2015.

Llegados a este punto, ¿puede pensar el lector que los Estados miembros de la Unión permanecerán contemplativos hasta entonces? “Las alianzas pacíficas preparan las guerras, y a su vez, surgen del seno de la misma guerra”. Tal era la respuesta de Lenin a los que, como nuestros oportunistas contemporáneos, depositaban su confianza en el imperialismo para la erradicación del belicismo y la guerra. A estos oportunistas les recordamos la moraleja de la popular fábula de Esopo: tarde o temprano el escorpión terminará picando, pues forma parte de su naturaleza.

Alfonso Reyes