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Más de la mitad de la población mundial vive en la zona del Este asiático, incluyendo el subcontinente indio, Indochina, Indonesia, Filipinas, China, la Península Coreana y Japón.

Hoy día, confluyen aquí los intereses imperialistas de varias potencias: desde el tradicional despliegue militar yanki –con importantes fuerzas en Corea del Sur, Japón, Filipinas y Pacífico– hasta el Lejano Oriente ruso y el cada vez menos emergente poder de China.

Ya hace más de un siglo, esta zona sufrió una prolongada guerra imperialista con Japón como principal potencia agresora. Desde 1905, con la anexión de Corea, Japón inició una serie de guerras de conquista, enfrentándose a China en los años 30 y, a partir de 1941, a Francia, Gran Bretaña, Holanda y Estados Unidos, con la disputa de sus posesiones coloniales en Indochina, Indonesia, Filipinas y el Pacífico.

La derrota japonesa en 1945 –y el papel crucial de la Unión Soviética en la misma– le forzó a asumir una política de paz, incluyendo la renuncia a sus posesiones coloniales y a la posesión de fuerzas armadas.

Sin embargo, Japón es, hoy día, uno de los principales países del capitalismo monopolista, con un papel avanzando en la concentración y centralización de la propiedad en manos de algunos de los principales monopolios capitalistas del mundo. Asimismo, el capitalismo japonés es uno de los principales exportadores de capital del mundo.

Lenin definía el capitalismo monopolista como imperialismo, como fase superior del capitalismo. En ese sentido, el militarismo y la política exterior agresiva que caracteriza la lucha imperialista por el reparto del mundo tiene límites en Japón, debido a la situación establecida tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero la tendencia natural del capital es imparable, salvo destruyendo el capitalismo. Consecuentemente, el capital japonés busca superar estos límites.

La guerra imperialista contra Corea, desatada en 1950 por la intervención norteamericana, sirvió para que importantes monopolios japoneses, como Mitsubishi, reanudasen su producción militar, además de convertir el archipiélago japonés en una nueva base de agresión imperialista. En los años 50, Japón funda sus “fuerzas de autodefensa”, eufemismo para encubrir a las fuerzas armadas. Ya en los 90, Japón hace su primer desembarco militar en un país extranjero desde la Segunda Guerra Mundial.

Las propias necesidades del capital japonés de asegurar de forma autónoma la exportación de capitales en rivalidad con otras potencias imperialistas, le lleva a generar conflictos con países vecinos que legitimen un cambio constitucional que elimine el carácter “pacifista” japonés. Actualmente, Japón mantiene conflictos territoriales con Rusia –por las islas Sajalin– con Corea –por la isla Tok– y, más recientemente, con China en relación a la isla Diaoyu.

En el plano ideológico, Japón lleva décadas desatando una campaña propagandística en contra del “peligro” norcoreano, como legitimación a su militarismo. Esta campaña se ha acentuado recientemente con la puesta en órbita de un satélite norcoreano, con el que los medios imperialistas japonesas asustaron a la población trabajadora, haciéndolo pasar por un misil dirigido a Tokyo, a pesar de que la trayectoria ni siquiera sobrevolaba Japón.

Además, los libros de texto japoneses han sido reescritos, recuperando explicaciones del imperialismo japonés basadas en la “esfera de co-prosperidad asiática”, negando hechos probados como la esclavización sexual de más de 200.000 mujeres que se destinaron a cuarteles japoneses y acentuándose esta tendencia con la visita del primer ministro japonés cada año al templo Yaskuni, que honra la memoria de los criminales de guerra del Imperio Japonés.

Las últimas noticias son desalentadoras. Durante el último año, Japón aprobó tres importantes programas de defensa. Y el comienzo de 2014 nos trajo otra: por primera vez, Estados Unidos despliega drones en el archipiélago.

Si el imperialismo ha señalado el Este asiático como zona de agresión, la clase obrera y los pueblos del mundo debemos dirigir allí nuestra atención y nuestra solidaridad.

Juan Nogueira