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Las condiciones, cercanas a la esclavitud, de una empleada doméstica generaron, a finales del pasado año 2013, una crisis diplomática sin precedentes entre la aparentemente inquebrantable asociación estratégica entre los Estados Unidos y la India.

La génesis de dicha disputa se encuentra en la denuncia interpuesta por la empleada contratada por Devyani Khobragade, Viceconsul hindú en Nueva York, en la cual acusaba a la diplomática de haber falseado la información laboral por la cual la empleada pudo obtener el visado de entrada a los EEUU. Según el acta de acusación, Khobragade afirmó que su empleada percibiría un salario de 9’75 dólares la hora, pero ya en suelo estadounidense ésta comprobaría que su remuneración superaba escasamente el dólar, sometiéndola además a una jornada laboral de 100 horas semanales. Todo ello motivó la detención de la diplomática hindú y su posterior salida del país ante la creciente escalada de tensión y el mutuo cruce de acusaciones entre los dos gobiernos implicados.

Como decíamos, estos desmanes, tan corrientes y habituales como infames y vergonzantes, han enturbiado las hasta ahora cristalinas aguas de las relaciones indo-norteamericanas, que hasta el momento han sido caracterizadas como estratégicas por parte de ambos estados. A pesar de que la India es incluida comúnmente entre el conglomerado de potencias capitalistas emergentes agrupadas bajo el epíteto de “BRICS”, y pudiera pensarse, en consecuencia, que su relación respecto al centro imperialista norteamericano es de beligerancia, lo cierto es que el vínculo entre los EEUU y la India ha experimentado un mejoramiento paulatino durante las dos últimas décadas, en detrimento del trato preferente mantenido hasta la década de los noventa hacia Pakistán. Esta política de acercamiento a la India viene dada, principalmente, por dos giros de excepcional trascendencia en cuanto al enfoque planteado por la Administración Obama respecto al panorama estratégico que hoy encaran los EEUU: el desplazamiento de su atención geoestratégica hacia Asia-Pacífico y el progresivo desgaste de su liderazgo y capacidades globales, que le ha llevado a fundamentar su política exterior bajo la máxima “leading from behind” (liderar desde atrás) en pos de un esfuerzo compartido con sus socios estratégicos de cara a la conservación de la actual correlación de fuerzas internacional entre polos imperialistas.

Partiendo de lo anterior, podemos afirmar que pese a la crisis diplomática desatada –y utilizada por el gobierno hindú y las principales fuerzas políticas del país como reclamo de su identidad nacional ante las próximas elecciones presidenciales que la India celebrará en el mes de mayo– la relación estratégica entre ambos países no corre riesgo de quebrarse en un futuro próximo. No al menos sin causar perjuicio a los intereses comunes entre ambas partes: la mayor parte de la Inversión Extranjera Directa que recibe la India tiene procedencia norteamericana. Al mismo tiempo, la creciente presencia de China a nivel continental y particularmente en el Océano Índico, junto a las rivalidades sobre 4.000 kilómetros de frontera que aún mantienen, provocan un profundo desasosiego en la India, de modo que ha optado por el tutelaje norteamericano y sus prebendas tecnológicas, económicas y militares, que son muchas y provechosas –cooperación en materia de ciberseguridad, ejercicios navales conjuntos, colaboración en la invasión de Afganistán y así un largo etcétera– . Y si todo ello fuera poco, hay que agregar el conflicto indo-pakistaní sobre Cachemira, en el cual China toma partido abiertamente por este último, hasta el punto de ser el principal suministrador de componentes tecnológicos para el desarrollo su programa nuclear.

En conclusión, a pesar de “dimes y diretes”, el ascenso de la República Popular China como actor regional e internacional y la preocupación que ello suscita es el fundamento último de la relación entre dos países que, por sus intereses vitales en común, están condenados a entenderse. Una relación tan simbiótica como tormentosa, qué duda cabe. Y es que, como afirma nuestro refranero, “el roce hace el cariño”.

Alfonso Reyes