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Las experiencias revolucionarias son una de las mejores academias para enseñar y aleccionar a los Partidos Comunistas de hoy en sus tareas. El enorme movimiento de tierra de los distintos periodos de victoria del proletariado se engancha tras de nuestra práctica revolucionaria al modo de una cadena de anillos que obliga a enfrentar nuestro programa y nuestra táctica con aquellas experiencias. El estudio y la profundización de estas experiencias obligan a trazar paralelismos que nos den firmes indicaciones para el cumplimiento de nuestros objetivos comunistas. Precisamente esto es de lo que huye el oportunismo, el reflejo de sus políticas en las experiencias revolucionarias previas, huyen a través de la densa niebla de separaciones abstractas, de las vías particulares y de las "nuevas condiciones", para continuar con su política de sumisión a la burguesía y de falsas ilusiones a los trabajadores.

Si las experiencias revolucionarias del proletariado son una de las mejores academias para los comunistas, la revolución de Octubre es sin duda la más alta y preciada de todas ellas, por ser la que abre el camino de la época de la toma del poder político por el proletariado. Entre todos los apasionantes oleajes de la revolución bolchevique, la revolución del 1905 y en particular el Domingo Sangriento de San Petersburgo, puede darnos hoy grandes enseñanzas, aunque al modo de tragedia.

El Domingo Sangriento fue el comienzo de la insurrección de 1905, miles de obreros no comunistas, dirigidos por un Sacerdote ortodoxo ruso llamado Gapón, se agruparon en el centro de la capital, en la plaza del Palacio de Invierno, de forma espontánea y reproduciendo el pensamiento espontáneo de las masas trabajadoras, pecando en la confianza de que el Zar escucharía sus peticiones. La respuesta del Zar fue el espíritu de la sociedad de clases, las tropas se lanzaron contra la multitud y con las armas ametrallaron a los obreros; según los partes policíacos más de mil muertos y cerca de dos mil heridos. El 22 de enero de 1905 volvía a sacar a la palestra de la historia la barbarie de la vieja sociedad, desde los mártires de Chicago hasta los héroes de Petersburgo. Lenin tuvo claro desde el inicio que la pregunta clave que revelaban estos acontecimientos, estas súplicas de "obreros sin instrucción, analfabetos y dirigidos por un sacerdote patriarcal" al Zar Nicolas II, se sintetizaba en: ¿cómo transformar el malestar en acción revolucionaria?

Aquellos incultos obreros no eran sino el germen de lo consciente, el despertar de la conciencia política que continua obnubilada en el desconocimiento del punto de vista de clase, de la confianza hacia un Zar que no era sino el representante de una clase capaz de defender por todos los medios sus privilegios. La significación histórica del 22 de enero, que demostró la potente energía de una clase revolucionaria que emerge de forma espontánea como un torrente capaz de llevarse todo a su paso, pero que para vencer definitivamente necesita de una conciencia clara de su misión, reside en la necesidad de la lucha en el campo de lo político.

Ante la reacción armada de la autocracia, el proletariado resolvió el poder del arma con el poder del arma, lucho ya con las armas en la mano y perdió gran parte de su confianza en el zar; la practica enseño que era necesario más movimiento, más combatividad, y cuando el proletariado acabó bajando las armas en San Petesburgo, las palabras de Marx se hicieron aún más fuertes, solo un movimiento con conciencia revolucionaria puede asegurar la victoria de la insurrección. ¿Pero qué es necesario para la elevación hacia un movimiento revolucionario? Un partido comunista cohesionado, y en 1905 el POSDR se encontraba sumido en la lucha interna entre el sector comunista –el sector leninista– y el oportunismo –menchevismo–. Es la acción del partido comunista la que agrupa las fuerzas dispersas, la que eleva la lucha espontánea a un plano superior, la moldea, educa políticamente a través de la fusión con la ideología comunista, da al proletariado la cosmovisión de su papel histórico determinado y su relación con la acción, instruye en la necesidad de un movimiento unificado, dotado de teoría política y organizado para llevar a último término las proclamas arrancadas de las necesidades. Es el partido cohesionado, unido en lo orgánico y en lo ideológico el que acaba con la espontaneidad y abre el camino de la organización revolucionaria.

Lenin fue siempre ante todo un revolucionario que comprendía en profundidad la importancia del estudio en lo concreto. Las lecciones que tomó el proletariado de enero, la necesidad de superar el marco de la huelga pacífica hacia la insurrección, no debían haber caído en el vacío, sino haber sido recogidas por los comunistas para volver al proletariado dotándolo de dirección práctica, enseñando el arte de la revolución, utilizando cualquier método de lucha según el momento y las capacidades técnicas para enlazarlo con los interés finales de la lucha revolucionaria general, empujando por la necesidad las formas de organización del proletariado.

La experiencia de enero reflejó la necesidad de la relación entre el elemento consciente y el elemento espontáneo a través de un partido cohesionado, demostró la necesidad de la organización, de la elevación de los métodos de lucha, de la necesidad de la educación política, pero de la educación no como la entienden los pedantes teóricos oportunistas, que en el propio análisis de las experiencias revolucionarias como la de enero de 1905 separan el estudio y la educación de las masas de la lucha política activa, de la confrontación física contra el enemigo.

Los aprendizajes de enero de 1905 solo pueden sernos útiles si, como decía al inicio, los enfrentamos ante nuestra práctica diaria, si vemos cómo en lo concreto muchas de aquellas enseñanzas nos siguen siendo terriblemente útiles, si esa enorme fábrica de esperanzas para el proletariado mundial que fue la revolución de 1905 la analizamos hoy para utilizarla como martillo que asegure nuestras tareas. Solo aplicándolo en lo concreto y no de forma abstracta, dado que las tareas de la clase obrera rusa en 1905 (lucha contra la autocracia y conquista de la república democrática a modo de revolución ininterrumpida hacia el socialismo) no son las mismas que las de la clase obrera del Estado español hoy (fase imperialista como antesala del socialismo), podemos recoger su importancia práctica. La herencia de 1905 es inmortal, pero nuestro papel es darle vida y cuerpo.

Javier. M. Rodríguez