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Como en la extraordinaria película Metrópolis (1927), del director de cine alemán Fritz Lang, en Bangladesh, democracia parlamentaria adulada por Occidente, también la sociedad se divide en dos grupos antagónicos: una élite de propietarios, que vive en la superficie, viendo el mundo desde los grandes rascacielos y paisajes urbanos, y una clase trabajadora, que malvive bajo la ciudad y que trabaja sin cesar para mantener el modo de vida de los de la superficie: los capitalistas del siglo XXI.

Esta naturaleza intrínseca del capitalismo (explotar y expoliar a los trabajadores/as) se manifestó trágicamente en el país asiático el pasado día 24 de abril. Aquel día, en un suburbio de Dacca, la capital bangladesí, un edificio de nueve plantas, el Rana Plaza, se desplomó matando a más de 1.000 personas. El drama podría haber quedado en un desgraciado accidente, si no hubiese sido porque todas las víctimas eran trabajadores/as de un total de 3.000 personas (en su mayoría mujeres) que empleaba la fábrica textil ubicada en el edificio en ruinas. Unos obreros/as, que sin derechos laborales, tratados como esclavos/as, extenuados/as por largas jornadas de trabajo y pagados/as con salarios de miseria (apenas un euro al día), se dedicaban a coser prendas de marcas famosas para la cadena de producción que va desde los campos de algodón del sudeste asiático hasta las tiendas chic del primer mundo: Zara, Primark, Mango, El Corte Inglés, Bon Marché, Joe Fresh, Benetton, etc. Una estrategia industrial (la deslocalización) que el capital, en este caso las multinacionales del textil, utiliza cada vez más para forrarse de pasta, cueste lo que cueste. Algo que, con labia más sabia, ya señalaba Carlos Marx cuando denunciaba en el Capital, refiriéndose al régimen fabril de la Inglaterra del siglo XIX, que “en su ciego afán irrefrenable, su hambre insaciable de trabajo excedentario, el capital traspasa los límites no sólo morales, sino físicos, de la jornada de trabajo (…) Lo único que le preocupa es, lisa y llanamente, el máximo de fuerza de trabajo que puede explotar durante una jornada. Aunque para alcanzar este objetivo se acorte la duración de la vida del trabajador.” Obsoleto el de Tréveris, ¿verdad?

Además, ¿qué no habrían vomitado los medios de comunicación del llamado mundo libre (libre para asesinar) si tamaña catástrofe, que no es la primera en producirse en ese país ni tampoco será la última con toda seguridad, hubiera ocurrido en algún otro lugar del planeta? Por ejemplo… vamos a ver… en Cuba. En este caso, esos paladines de las democracia, justicia y libertad de expresión, habrían lanzado el grito al cielo clamando con furor el respeto de los derechos humanos, el fin de la revolución cubana y el ajusticiamiento de los hermanos Castro, como a ellos les gusta llamar. ¡Por éstas que sí! Sin embargo, qué ponderación, qué mesura en el trato mediático dado al caso. A lo sumo, algunas lágrimas de cocodrilo, y la vaga promesa de que el gobierno bangladesí (compinche de los propietarios de las fábricas de la muerte y de los voraces patronos de las empresas occidentales del textil) depurará responsabilidades. ¿Por qué será? Sin duda, porque unos y otros, no quieren criticar el futuro mundo laboral que nos preparan quienes nos aseguran cada día que ya salimos de la crisis.

José L. Quirante