Foto: Tomada de El Mundo

Quien lea los titulares de los medios de comunicación internacionales de las últimas semanas encontrará, en abundancia, noticias como estás: «EE. UU. intervendrá si China intenta invadir Taiwán», «EE. UU. está preparado para “cualquier acto” de Pyongyang».

Miles de toneladas de armas estadounidenses fluyen hacia Ucrania, otras van a parar a manos de sus aliados y no pocas toman rumbo desconocido.

La guerra es un negocio redondo, diríamos que el más apetecible y duradero de los negocios del sistema capitalista, sostén del andamiaje político y económico del imperio estadounidense, que no sabe, o no puede, ya sobrevivir sin él.

¿Cuántas veces se ha regenerado la economía en crisis de ese país gracias al sufrimiento de las víctimas de las guerras?

El sistema económico de EE. UU. se construyó en función de sus presupuestos militares, especialmente desmedidos durante la Guerra Fría.

La alianza entre el Estado federal y las empresas de armamentos es operacional, coordinado e indivisible, en el seno de lo que se conoce como Complejo Militar Industrial.

Una guerra, la que bautizaron como «espléndida» en 1898, los convirtió en un naciente imperio; otra, la primera conflagración mundial, los consagró como tal, y la segunda de este tipo (1939-1945) los convirtió en primera potencia.

La «cruzada contra el terrorismo» permitió a George W. Bush detener la debacle de la economía estadounidense.

El Complejo Militar Industrial se estructuró definitivamente el 26 de julio de 1947, cuando el presidente Truman impuso la adopción de la National Security Act.

La colaboración entre el poder civil, los militares estadounidenses y la industria del armamento se reforzó a lo largo de la Guerra Fría, sobre todo durante la presidencia del general Eisenhower, de 1953 a 1961, según reseña Voltaire Net. La industria del armamento adquirió, entonces, un peso económico y político considerable, influyendo de forma decisiva en la política exterior.

La crisis económica golpea al mundo con rudeza, y las repercusiones más directas se observan en el aumento de los precios de los alimentos básicos. Las sanciones a Rusia, producto de la guerra en Ucrania, afectaron el suministro de energía, lo que disparó los precios.

La gran potencia capitalista hoy pierde terreno ante sus rivales, incluso en áreas tan importantes como el desarrollo tecnológico y la innovación.

Un millón de muertos por la pandemia de la COVID-19 y la incapacidad manifiesta de sus líderes para encarar y solucionar crisis, ponen en entredicho el pretendido liderazgo yanqui.

Desempleo, inflación galopante, problemas con las cadenas de suministros, escasez y un presidente que compite consigo mismo en impopularidad, no justifican, pero hace que «comprendamos» la carrera desesperada de Biden para atizar conflictos por todo el orbe.

El tiempo corre en contra y urgente necesitan conflagraciones por todas partes, claro, como siempre, lejos del territorio yanqui. Al fin y al cabo, se creen los «predestinados», y desean sobrevivir para gobernar el mundo indócil que se les escapa de las manos.

 


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