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Esto era una vez una mujer a la que un hada poderosa que llegó a gobernar en el reino le otorgó un palacio para que desde él manejara los bienes y las conciencias de sus súbditos.

No había sido dotada de mucha inteligencia, pero rodeándose de algunos fieles lacayos y otros bien remunerados vasallos, consiguió imponer sus leyes por muy desastrosas que fuesen. Un día, algunos de quienes se consideraban siervos, se sublevaron y ella entró en pánico y contempló como se deterioraba aún más su pequeño reino. Hasta que asesorada por los más fanáticos de sus servidores comprendió que el hedor que en el territorio reinaba podría espantar a las gentes que de otros lugares a él acudían y decidió salir, con sus guardias y servidores a alentar a los esclavos que se aprestaban a poner fin a la situación reinante y así acallar a los revoltosos. Acicalada, vistiendo sus mejores pieles, se apostó en la noche en un estratégico lugar para aparecer al día siguiente como reina de la basura, en los medios de comunicación. Y cuando tras algunas pequeñas dádivas que se vio obligada a conceder para terminar con el estado de la basura que la impedía continuar realizando sus desmanes por el territorio otorgado se sintió segura, llamó a sus abogados para que prepararan nuevas leyes que impidieran  repetirse en el futuro semejantes desagradables acontecimientos, y regresó a encerrarse en el palacio que su hada madrina le había otorgado.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado (de momento). Basta decir, como en los rótulos de las películas, que cualquier semejanza con hechos o personajes reales de lo aquí narrado sería mera coincidencia.

Andrés Sorel.