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“Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. La sentencia de Inessa Armand pudiera remitir a un lugar común. Pero es mucho más. Es un programa político que quiebra con lo más impedido de las vulgarizaciones mecanicistas del marxismo.

Resulta difícil obviar que existe relación entre la mejora de las condiciones de la mujer y los avances en materia de igualdad en los países donde se trató de construir el socialismo, sin embargo a nivel global los avances y retrocesos, así como las diferencias y grados de las conquistas en el camino de la emancipación de las mujeres son notables.

Alexandra Kollontai, la primera ministra de la historia, tardaría tan solo seis meses en advertir que además de declarar la igualdad por ley era necesario implementar medidas para combatir lo que hoy se denominaría ideología patriarcal.

El patriarcado, que surge en las primeras sociedades clasistas, no es un producto del modo de producción capitalista y, por tanto, no desaparece automáticamente junto con la propiedad privada de los medios de producción. Perdura en el tiempo en los procesos de edificación del socialismo por algo más que la inercia de las costumbres arraigadas.

Las mujeres realizan gran cantidad del trabajo socialmente necesario en beneficio de la sociedad en general y de los hombres en particular.

Kollontai reveló que las nuevas relaciones de género de la clase obrera, (la moral sexual proletaria) no es sólo parte de la superestructura que surgirá una vez que se haya transformado la base económica mediante la toma del poder revolucionario, sino que la ideología y la construcción de los géneros de una clase ascendente, se forman en el proceso mismo de lucha contra el enemigo de clase.

Es en el concurso de la voluntad, en el despliegue de todas las fuerzas subjetivas que entran en acción en un proceso revolucionario, donde se define la sociedad nueva que está por nacer. El socialismo como proyecto emancipador no sólo remueve las bases materiales de la explotación capitalista, también debe proponerse desterrar toda opresión precapitalista. De igual manera ocurre en la construcción del partido proletario del que Lenin diría que su razón histórica es convertirse en “tribuna de los oprimidos”. Es esta la naturaleza dialéctica y transformadora del partido y la revolución, que en ocasiones ha contado con el recelo del MCI (desde el eurocomunismo al izquierdismo hoy).

La emancipación de las mujeres trasciende la lucha por mejores condiciones o más derechos. Desde los tempranos escritos de Marx y Engels, se describe una opresión que rebosa los marcos de “contradicción secundaria”, posición a la que el automatismo y el conservadurismo retórico han querido condenar el sometimiento de las mujeres. “El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general”.

Las tensiones políticas que engendran las contradicciones de género se decantan en lo que hoy denominamos como feminismo. Por supuesto, se da en expresiones que obedecen a diferentes intereses de clase. Existe un feminismo burgués, pero esa realidad no debe impedir que la lucha contra la dominación patriarcal y la explotación de las mujeres debe enmarcarse en la lucha global por el socialismo”.

Los conceptos han de perfilarse, suprimirlos sin más, significa en gran medida cambiar de teoría. Los avances de cada época son los que ayudan a desarrollar la teoría en un momento concreto, el pensamiento no puede superar los límites que su tiempo impone - al menos así pensaba Engels. A tal efecto, hay elementos a definir dentro del feminismo por parte del marxismo leninismo.

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