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La militancia comunista no tiene por qué respetar las expresiones de los capitalistas en nuestros barrios

El capitalismo es un sistema pensado y diseñado para robar el fruto de su trabajo a la clase obrera, afirmación tan conocida que ni hace falta profundizarla más. También sabemos que la clase obrera trabaja para producir mercancías, bienes y servicios que hacen el mundo funcionar. Sin nuestro trabajo no existe capitalismo ni capitalistas, por eso les llamamos parásitos, porque sin aportar nada a la sociedad, los capitalistas viven de nuestro trabajo y controlan nuestras vidas.

Dentro de la clase burguesa, existe un sector de la burguesía cuya actividad económica se centra en la especulación, el robo y la estafa. Hablamos de casas de apuestas, inmobiliarias, bancos, propietarios de viviendas, aseguradoras y similares. Estas son empresas e individuos cuyo negocio es robarnos el dinero que con tantas horas y sudor nos cuesta ganarnos.

Pongamos, para ejemplificar esto, el caso de cualquier joven trabajador que busca emanciparse de casa, de la casa familiar. Tras pasar la tremenda odisea de encontrar un trabajo que le permita ganar un sustento con el que sobrevivir, tendrá que enfrentar otra nueva carrera de obstáculos, en la que la primera etapa es buscar vivienda. Tras visitar decenas de zulos y ratoneras, encontrará una que le parezca aceptable.

Con mucha seguridad, este piso estará gestionado por una inmobiliaria, la cual ya nos adelanta que su comisión de honorarios es de una mensualidad completa por un servicio ridículo de intermediación en el que el servicio prestado apenas ocupa, con suerte, unas horas. Pasado esto, tras una eternidad de demandas y requisitos a cada cual más absurdo - como conocer el lugar de nacimiento de nuestros padres, a qué nos dedicamos o presentar nóminas-, tendremos el honor de poder empezar a pagar un alquiler astronómico a un casero. Casero que con mucha seguridad con el jugoso negocio de vivir con nuestra necesidad de dormir bajo techo, puede invertir y replicar este proceso hasta tener varias casas y hacer del parasitismo su forma de vida.  Junto a esto también tendremos que domiciliar pagos en un banco que pasará a cobrarnos comisiones -de pedir una hipoteca mejor no hablar, porque entra en el campo de lo fantasioso para la amplísima mayoría de la población actual-. Seguramente también tendremos que contratar, por unos cuantos cientos de euros, un seguro, que ni siquiera cubre los daños o desperfectos que puedan ocurrir.

En todo el proceso anteriormente descrito hay un factor común entre los actores con los que interactuamos: todos viven a costa de nuestro trabajo y necesidades sin darnos nada a cambio. La inmobiliaria nos quita una porción importante de nuestro sueldo por un trámite innecesario, pero que es obligatorio desde el momento en que tienen la gestión de esa casa. Los caseros nos cobran todos los meses una casa que no han construido y ha sido comprada con las rentas del alquiler de otras viviendas. La existencia de estos individuos no aporta nada a la sociedad y hacen del robo legal su forma de vida.

A estos elementos no se les puede respetar ni consentir su existencia. Nuestro odio y desprecio es lo  único que merecen porque nos roban lo que tanto nos cuesta ganar sin darnos nada. Decía una canción de la crisis del ladrillo “si hay un constructor pasando hambre, ¡que se muera!, por especular con nuestra primera necesidad”.

Estas empresas, recordemos, dedicadas al robo y la usura, tienen sus oficinas y publicidad en nuestros barrios. Al igual que la propaganda nazi o racista la eliminamos cuando aparece, ¿por qué debemos legitimar, consentir o normalizar la existencia de estos elementos en nuestras calles? Son mensajes destinados a robar a nuestra clase, a estafar a nuestras madres y padres o a enganchar a la ludopatía a nuestros amigos. Por tanto, si no tenemos espacio para colocar un cartel combativo ¿por qué no colocarlo sobre su publicidad? Si necesitamos exigir la libertad de un preso político ¿por qué no utilizar las paredes de sus despachos y oficinas? Su propaganda ensucia nuestros barrios y pueblos, la nuestra eleva la conciencia de nuestras vecinas y vecinos. Nuestra propaganda les señala como culpables de la miseria que vivimos. Es nuestra obligación plantar cara a la burguesía y al capitalismo, tarea que llevamos a cabo en nuestras vidas con la militancia comunista. También es necesario incluir en nuestros valores morales el desprecio a estos elementos. Y, especialmente, sentirnos con orgullo de saber que es nuestra clase, la trabajadora, la pobre y desposeída, la que hace girar el mundo y nos permite comer, vivir y disfrutar del ocio, mientras la clase burguesa, la parásita e improductiva, obstaculiza el desarrollo de la sociedad.

Julio Hernández