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Este 2020 hemos visto cómo la sociedad cambiaba a pasos forzados para poder combatir una pandemia, hemos tenido que reorientar la forma en que vivimos, pero también nos han reorientado la forma en la que pensamos. Las muertes diarias e incontrolables eran algo que solo veíamos de lejos, en los países del “tercer mundo” y claro, a nadie le sorprende ver personas muertas en Siria o en Palestina desde su sofá en Europa, normalizándolo como algo casi propio e irremediable de estos países. Pero de golpe la muerte llegó, no creada por el propio sistema para enriquecerse, sino de forma incontrolable y aun así el capitalismo cogió la pandemia y la convirtió en una herramienta más de exclusión y descarte humano.

La COVID ha servido para hacer notar cómo el sistema pone a las personas mayores, enfermas, o en definitiva que no son productivas para el capital, en un último plano que siempre puede ser sacrificado por el bien de la economía. Esto ha sido así desde el inicio de la pandemia, pero las Navidades lo están evidenciando sin ningún tipo de filtro: 300 muertes diarias (arriba o abajo, que tampoco les importa mucho) son un sacrificio tolerable para salvar la campaña del consumo por excelencia. Los medios de manipulación masiva también han hecho una campaña considerable para ayudar a normalizar estas muertes como si fuera algo irremediable, como si no tuviera que ver con la urgencia de mantener la gran actividad económica por encima de las vidas, quitando valor a las vidas de las personas que ya no están en edad productiva pero también callando en otros sectores que el capital considera sacrificables, como la población migrante, las personas en riesgo de exclusión social o que directamente viven en la calle o la población penitenciaria, por dar algunos ejemplos.

También nos han hecho pensar que es blanco o negro, mantener la economía en movimiento o mantener a las personas con vida, como si no existiera la posibilidad de que los gobiernos asumieran las pérdidas por el bien de la clase trabajadora o establecer otras alternativas. Existe la posibilidad, pero no en el capitalismo. El capital solo ha sacado beneficios de la pandemia: el teletrabajo, como método para debilitar las relaciones colectivas laborales y sindicales, dejando a las personas trabajadoras aisladas y además poniendo de su bolsillo parte de los medios de producción (luz, ordenador, conexión a internet, desregularización real de las horas laborales, etc). El sistema de ERTE, del que se han beneficiado grandes empresas como Inditex, a pesar de haber aumentado sus ganancias durante los meses de confinamiento y posteriores. El aumento exponencial de la venta online por parte de grandes empresas como Amazon, destruyendo todo el pequeño comercio local. Todos estos ejemplos muestran cómo el capitalismo ha sacado beneficio con la destrucción de empleo, aprovechando para agudizar más las condiciones de la clase trabajadora y someterla a más precariedad. Muestran como es la gestión inhumana del capitalismo la que está matando, al seleccionar a qué personas se les puede dejar desprotegidas porque no son útiles para echarlas al matadero, esto quiere decir, tanto estar expuestas a la COVID, como a condiciones de miseria y explotación insostenibles.

Debemos confrontar la dualidad impuesta de vidas o economía. Este es el pensamiento del capitalismo y nuestra tarea es ver que la gestión puede ir más allá, pero no en este sistema. Países como Cuba nos muestran que en el socialismo se puede combatir la COVID de otras formas, desarrollando políticas sociales de prevención dirigidas a grupos vulnerables, invirtiendo en educación, ciencia e innovación tecnológica y con una conciencia fuerte de que solo el pueblo organizado salva al pueblo.

Tamara M. Lago