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Nace la Asociación Económica Integral Regional. Un nuevo paso en la carrera por el liderazgo mundial.

En septiembre de 2017, en la cumbre de los BRICS celebrada en la ciudad china de Xiamen, el presidente chino, Xi Jinping, en el discurso inaugural comentó: “necesitamos apostar por una nueva economía global, apoyar el comercio multilateral, oponernos al proteccionismo y volver a equilibrar la globalización económica para hacerla más incluyente y equitativa”. Con estas palabras, el representante chino, ponía además en entredicho entre otros organismos al Banco mundial y el Fondo Monetario Internacional y reivindicaba de forma clara su papel en el panorama económico internacional.

Las dos grandes potencias económicas, Estados Unidos y China, continúan con la lucha por la supremacía mundial en multitud de frentes.

Estados Unidos, que imparablemente va perdiendo peso en el liderazgo de la economía mundial, ha actuado, al menos durante el mandato de Trump, en un claro plano defensivo en las relaciones internacionales. Renuncia de acuerdos multilaterales de comercio internacional y huida de instituciones internacionales, renegociación e imposición en las negociaciones bilaterales han sido las estrategias utilizadas.

Por otro lado China, con la confianza de su superioridad económica y planificadora, ha cubierto el vacío internacional dejado por el proteccionismo americano del “American First” y ampliado su linea estratégica comercial, asegurándose un mercado mundial más amplio cada vez.

El acuerdo multilateral liderado por China (Asociación Económica Integral Regional), tras ocho años de negociación, supone el mayor tratado de libre comercio del mundo. Representa cerca del 28% del comercio mundial, alcanza a 2.200 millones de personas (un tercio del planeta) y supone el 30% del PIB global.

Los integrantes del convenio son China, Japón, Corea, Australia, Nueva Zelanda y los países que ya formaban el ASEAN (La Asociación de Naciones del Sureste Asiático): Indonesia, Filipinas, Malasia, Singapur, Tailandia, Vietnam, Brunéi Darussalam, Camboya, Laos y Myanmar.

En primer lugar supondrá un impulso en la recuperación económica de los integrantes del acuerdo, tras la entrada en la crisis capitalista global de finales de 2019, acelerada por la pandemia de covid-19.

En segundo lugar, afianzará la influencia de China en la zona y en otras partes del mundo. Aumentará la dificultad competitiva en la región para el comercio estadounidense y europeo y podrá ser la vía de entrada de nuevos acuerdos comerciales, lo que pondría la tecnología China (5G, IA) en el salto definitivo al liderazgo mundial.

Pero hablar de multilateralismo no es sinónimo de cooperación entre pueblos o naciones. Los proyectos globalizadores suponen un incremento de las alianzas en bloques por la pugna de los escasos mercados. La lucha interimperialista se agudiza mientras los monopolios continúan su proceso de centralización del capital, fagocitando a sectores de la burguesía que difícilmente pueden competir por esos mercados amplios.

Ese es uno de los grandes efectos que tienen los grandes acuerdos comerciales sobre la estructura de la fase actual del capitalismo: la aceleración de estos procesos de acumulación que se centralizan cada vez en menos manos.

La otra consecuencia es la repercusión que para la clase obrera puede tener tanto en los países participantes como en los que no son firmantes de los acuerdos.

Los grandes acuerdos comerciales entre naciones, tanto los basados en el regionalismo abierto, como cerrado, bajo el sistema capitalista, pretenden por encima de todo, colocar a la clase dominante en mejores ventajas competitivas respecto al resto. Ello se produce tanto en el ámbito interno del marco de cooperación, como entre el ente político-económico que nace de los acuerdos y el exterior. Así ha sido también en esta ocasión. La AIER, ha negociado con el claro objetivo de favorecer a las multinacionales en detrimento de las pequeñas empresas y las capas populares. Así se ha denunciado, por organizaciones sociales de los países involucrados.

En cualquier caso, la pugna por el reparto de la plusvalía obtenida, cambia y redimensiona los monopolios y empobrece absoluta o relativamente a la clase trabajadora por mor de las consecuencias de la competitividad. Deslocalizaciones, recortes o ambos, son las alternativas de estos procesos. De ello podemos contar nuestra propia historia.

De la construcción de Europa sobre los pilares del interés monopolístico, sabemos la clase trabajadora europea, las consecuencias que conllevan. Lo mismo pueden contar las trabajadoras y trabajadores americanos a partir del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o aquellos de otras regiones donde estos se hayan dado.

De hecho, el tratado por el que se crea la Asociación Económica Integral Regional, nada establece respecto a cuestiones sociales o medioambientales.

Debemos reafirmar la conclusión de que las alianzas intermonopolísticas tienen el objetivo de confrontar con sujetos de su misma clase en una guerra fratricida en la que solo el interés particular y la avaricia puntual, logra sustentar determinados acuerdos, siempre asentados sobre la base del poder y del reparto anárquico y violento de los mercados, mientras que la clase obrera tiene una vocación claramente internacionalista y que el mal de cualquier trabajador donde quiera que esté repercute siempre de la misma forma en los trabajadores de aquí, porque el capitalismo en su fase imperialista nivela a la baja las condiciones de la clase obrera.

Kike Parra