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Obra de Sándor González Vilar

Las sociedades no se polarizan por el plano político, la polarización solo es reflejo de las causas subyacentes. Trump no polarizó a Estados Unidos, esa polarización viene andando desde que se hizo manifiesto, como resultado de la oligofrenia de la ambición, la incapacidad de ese sistema de seguir sosteniendo lo que de estado de bienestar tenía. Incubándose desde antes, asomó su oreja en la crisis que naufragó a Carter. La respuesta reaganiana fue estrenar el neoliberalismo en su país para romper los diques que contenían las ansias desenfrenadas del capitalismo. La polarización que vemos es resultado de la incapacidad de esa sociedad de sostenerse como imperio, y por tanto reproducir sus dinámicas de ganancias corporativas, mientras mantiene un nivel aceptable de satisfacción para su población. Cuando esa incapacidad se hace irreversible, los imperios traen a casa el fascismo que, por décadas, practicaron como ejercicio imperial en los territorios de ultramar y de ultratierra.

Como no resolverán esas causas subyacentes, la polarización, a lo sumo, se reencauzará, mientras sea posible, de diversas formas, eludiendo el extremo fascistoide. Es que en realidad se trata del viejo e irreconciliable dilema de civilización contra barbarie. El capitalismo no es capaz ya de satisfacer ni en su propia catedral. Por más que republicanos y demócratas lo chillen, los problemas de Estados Unidos no vienen de agresiones externas, no es China, ni es Rusia el origen de su decadente y peligroso espectáculo, no lo es Venezuela, ni Cuba.

Los adláteres de la burguesía en todas las geografías, explícitos e implícitos, siempre se quejan de las polarizaciones cuando la clase que defienden se siente en peligro o ven perder sus privilegios en la derrota. Esa persistente artimaña de llevar exclusivamente al plano político lo que saben determinado en la esfera de las relaciones de producción. La polarización es inevitable mientras haya explotados y explotadores, porque entre ellos no hay reconciliación. Eso no lo dicen solo los comunistas, los burgueses en arrebatos ocasionales de honestidad no ponen remilgos en reconocerlo. En noviembre de 2006, en una entrevista, ahora famosa, para The New York Times, Warren Buffet, uno de los burgueses más ricos del planeta, lo confesaba: «claro que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra y la está ganando». Buffet debía no hacerle tan difícil el trabajo a los escribas de rodilla. Mira que ellos se empeñan en demostrar, tras montañas de eufemismos, que la polarización es cosa de individuos extremistas y dogmáticos, que es su manera de nombrar a los incorruptibles jacobinos. Detrás de las soluciones que nos proponen se esconde siempre un tratado del Zanjón. Nosotros, los revolucionarios del extremo que hurga raíces, tenemos una propuesta más radical: que se acaben los explotadores y desaparecerán los explotados. Es decir, proponemos un Baraguá.

La profesión de escriba sentado es tan vieja como la sociedad donde unos pocos se sostienen sobre el trabajo de los otros. Justificar tal estado de cosas es el mecanismo más efectivo de poder. Homero, reconozcámoslo, fue uno de ellos. Venimos andando de aquellos siglos en que se nos vendió como heroica la agresión contra Ilión, y su sicario más efectivo como un héroe de leyenda. Desde aquellos tiempos hasta hoy, el ejercicio público de la opinión se agita entre muchas crestas. De todas ellas me fijo en dos, el traductor del poder de los pocos para hacer potable la arbitrariedad de esa hegemonía, y los que prefieren tornarse en voceros de los oprimidos, con el costo que ello conlleva. Errar es posible y, de hecho, ocurre con frecuencia en ambos, pero en el primero es consustancial a la inmoralidad de su ejercicio.

En EE. UU. es pecado político inaceptable mencionar la lucha de clases, de ahí la herejía de Warren, pero lucha de clases es lo que vemos todos los días en las calles y campos de ese país, lo demás es espectáculo para las graderías. La burguesía es la clase que no le gusta ser nombrada por los demás, porque, como la Iglesia Católica en el medioevo, reconoce el carácter subversivo de nombrar al margen de ellos. Como ya reconocen que nombrar es inevitable, sus escribas sentados se encargan de enterrar las verdades abusando, que es la única manera que saben de ejercer su poder, en un ejercicio continuo de falsa antropología de la imagen, intentando inútilmente tapar los geisers sociales que, incontrolablemente, estallan. Trump es la continuidad extrema de un intento de canalizar ese vapor, resultado del sistema mismo, por cauces de la xenofobia, el racismo, el chovinismo, todos ingredientes del fascismo, ahora en clave de espectáculo posmoderno. Tratarán de calmar ese mismo vapor por otros medios, sin alterar las causas que descansan en la incólume relación entre explotadores sobre explotados. Es en esa esencia de propósitos, que demócratas y republicanos son la misma cosa.

Cuando en Cuba los conspiradores de la independencia comenzaron a abogar por la insurrección armada, no faltó quien exclamara que tal propósito era provocar una polarización criminal de la sociedad en la Isla. Aún hoy, hay escribas sentados que reciclan el autonomismo acusando a la radical y extrema opción independentista como causa original de nuestras actuales polarizaciones. No nos asombre, si el ejercicio de escribir arrodillado ya vimos que era tan viejo como Homero y, aun hoy, están los que celebran en filmes a Aquiles como héroe, para hacer paralelos con los sicarios actuales: la originalidad del ensartador de palabras se reduce a buscar noveles formas de pasar el engaño.

En Cuba habrá polarización mientras exista imperio norteamericano, porque no se trata de la artificial exacerbación de enconos por radicales malvados, sino del reflejo inevitable de una lucha que se remonta en el tiempo, cuando Martí declaraba a Cuba fiel de América y dique de la Roma moderna. En la polarización estadounidense, nadie desde la Revolución hizo campaña en EE. UU. para que se votara por Biden, nadie hizo campaña desde la Revolución para que se votara contra Trump. Ningún revolucionario en la Isla se propuso a sí mismo como voluntario de la campaña electoral de ninguno de los dos candidatos. Los hijos de mambises nunca seremos voluntarios de poderes imperiales.

Los que señalan, seamos honestos, en un ejercicio mediocre, el dedo de quien apunta a esas verdades como puños, nos quieren pasar gato por liebre queriendo vender la idea de que las conciliaciones son posibles entre imperio y Revolución. No lo son. Lo que sí es posible es una convivencia respetuosa de antagonistas, y toda oportunidad que la avance será bienvenida, sea Obama o sea Biden, o cualquier otro. La Revolución no se define por sus enemigos, se define por su vocación de justicia. Bienvenido todo presidente de Estados Unidos que quiera encauzar nuestros antagonismos por el camino civilizado del respeto, partiendo de reconocer nuestro derecho a la existencia.

Pero esa posibilidad del respeto de la república imperial que nos agrede, se dará en la medida en que los cubanos patriotas no nos movamos una pulgada en la defensa de la soberanía nacional, porque frente a los aqueos modernos solo es posible vencer desde una Revolución de los explotados. Cuidado Cuba con dejar entrar al enemigo escondido en caballos de madera, empujados por sus siervos domésticos, anunciando homenajes sibilinos.

Empeñados en avanzar decisivamente en las transformaciones que nos hagan ruptura desde la continuidad, no hemos puesto nuestro futuro en espera por la suerte del Gobierno del Norte. No lo hicimos cuando aprobamos una Constitución por la abrumadora mayoría que decide cada día seguir desde y con la Revolución. No lo hemos hecho cuando, con velocidad creciente y sin detenernos a pensar quién gobierna en la capital imperial, aprobamos medidas, trazamos planes, damos batallas por la economía del país, construimos consensos. Y frente a esa verdad se estrellan los escribas sentados que intentan escamotear, detrás de la ausencia de portal y de terraza, la vitalidad de la Revolución que ellos carecen. Hace unos días, cuando aún no se sabía el destino de las elecciones norteamericanas, nuestro Presidente decía que derrotaríamos el bloqueo desde Cuba, para garantizar nuestro desarrollo. Esta Revolución de titanes no se hizo para parir ratones. Burgueses y adláteres, claro que hay lucha de clases y nosotros, los oprimidos, la ganaremos, que no les quepa la menor duda.

Ernesto Estévez Rams


Publicado en www.granma.cu el 8 de noviembre de 2020