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El nuevo ciclo de la crisis capitalista, acelerado debido al estallido de la pandemia (no debemos olvidar que los avisos y efectos de crisis ya se venían viendo desde hace más de un año) afecta de manera significativa a la juventud de extracción obrera y popular, del mismo modo que lo había hecho la crisis de 2008.

Los empleados en sectores relacionados con el turismo, la hostelería, el ocio y el comercio fueron los más perjudicados por las medidas adoptadas para limitar la incidencia de la pandemia, concentrando un total del 19.6 % del empleo en España (3.75 millones de trabajadores potencialmente afectados). Estos trabajos eran un caladero para mujeres, jóvenes y colectivos con menos formación, los cuales han sido los más afectados, dando la cifra de que 1 de cada 5 jóvenes perdió su puesto de trabajo en esta pandemia.

Después del confinamiento las malas noticias no se transformaban en buenas. Al final del segundo trimestre se reflejaba que el paro juvenil volvía a rozar el 40 % (39.61 %) entre los menores de 25 años, siendo un porcentaje más elevado entre mujeres, con un 41.23 % según el INE. Así pues, un aumento del 6,68% desde el primer al segundo trimestre de 2020. e este modo, nos encontramos que 4 de cada 10 jóvenes que quieren trabajar no pueden hacerlo. A este respecto, se recoge también la evolución de las nuevas altas de jóvenes en el SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal).

Asimismo, hay que sumar el modelo inestable del turísmo del Estado español, impuesto desde Bruselas con el acuerdo de las diferentes burguesías del estado español tras la entrada en la UE. Pese al intento del gobierno socialdemócrata por intentar salvaguardarlo y a la élite económica que lo detenta a expensas de la salud de las clases populares (véase la rapidez con que se abrió las fronteras al turismo internacional, cuando prácticamente un día antes no podíamos desplazarnos entre provincias o las campañas "Spain For Sure" para atraer turistas), ha sufrido drásticamente los efectos de la COVID durante este período estival. Esto, que repercute directamente en la juventud, para la cual estos empleos con “contratos exprés” eran un atractivo, debido a que en muchos casos ayudaban a costear las altas matrículas del siguiente curso académico.

Baste hacer aquí un pequeño paréntesis para recalcar el carácter altamente improductivo de la economía española. Como España se enfrenta al riesgo de un colapso total de su economía, solo porque bares, chiringuitos y hoteles han de limitar su aforo o cerrar. Es decir, los elementos no esenciales de la producción económica son los que están poniendo en riesgo la economía y sobre los que vemos a los gestores del capital hacer todo tipo de malabares para mantenerlos abiertos y asegurar sus beneficios. Aquí podemos apreciar claramente y hablar de la superioridad del modelo socialista de economía en la que la generación de mercancías, bienes y servicios, pues no es dependiente de la obtención de beneficios por parte de las empresas. La socialización de los medios de producción y nacionalización de los sectores estratégicos no es un capricho, es una necesidad.

De vuelta al tema laboral, la situación no pinta mucho mejor para aquellos que logran un trabajo. Como en toda crisis económica se aprovecha para precarizar los puestos de trabajo, y la juventud obrera es la encargada de llevar como una losa sobre nuestra espalda estos trabajos precarios, incluso a costa de nuestra salud. Como ejemplo, tenemos el caso de los MIR (Médico Interno Residente). Hemos podido ver el intento de utilizar a estudiantes como voluntarios para el rastreo de contagios bajo pésimas condiciones laborales y salarios más que lamentables, o la cantidad de jóvenes que trabajan en lugares dónde la precariedad es un dogma y que durante la pandemia no han parado su actividad, como es el caso de los repartidores de comida a domicilio.

Se fija además un crecimiento de contratos de duración indeterminada, los cuales enmascaran en su mayoría contratos que se visten de temporalidad, suponiendo hoy un 7 % más de los contratos que hace un año.

A todo ello, hay que agregar los datos del aumento de la pobreza entre la población joven.

Según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN), en España el grupo más vulnerable a la pobreza son los jóvenes de menos de 29 años, hasta el punto de que el 33.8 % se encuentra en este umbral, más de diez puntos porcentuales por encima de la tasa de pobreza de todo el país (21.5 %). Los jóvenes menores de 29 años, cargan con un 40 % del total de las 4.2 millones de personas pobres que posee el Estado español según los indicadores y de estos, un millón de menores de 18 años se encuentra en una situación de pobreza severa.

Habría que añadir también el estudio de la ONG Plan Internacional “El impacto de la crisis del covid-19 en la adolescencia en España” que señala que tras la pandemia: "el 53 % de las personas de entre 18 y 34 años presentan más problemas de concentración; el 37 % tiende a no querer pensar ni hablar de los problemas y el 49 % asegura haber experimentado sentimientos depresivos, pesimistas o de desesperanza a causa del confinamiento y los efectos socioeconómicos de la pandemia”. Esto se entiende mejor si comprendemos que tanto la adolescencia como la juventud son un periodo fundamental para la madurez y el crecimiento, una fase de aprender a regularse y, precisamente, de construirse y venir incorporando herramientas que ayuden a gestionar los diferentes episodios de estrés, ansiedad y miedo, sucesos que se ven mayormente agravados entre la juventud de extracción obrera y popular debido a las dificultades económicas que hacen acrecentar estos episodios.

Para concluir, apreciamos que son gran cantidad de factores que afectan a la juventud obrera y que se ven aumentados debido a las consecuencias de la pandemia. Dificultades como no encontrar trabajo, que si lo encuentras no te llegue para pagar los estudios o el alquiler del piso, que de tener trabajo no te dé tiempo para estudiar o realizar los trabajos de clase en buenas condiciones; no poder independizarse ni crear una familia si así lo deseara; y las situaciones de estrés y ansiedad que estas te provocan entre otras. Todo ello nos impide competir en las mismas condiciones con las hijas y los hijos de la burguesía. Todo ello es un reflejo de las consecuencias de un sistema económico dividido en clases y que hace prevalecer lo económico a lo humano. Donde las hijas y los hijos de la clase trabajadora somos simples números en la maquinaria de los medios privados de producción, destinados a la elaboración de plusvalía para el beneficio de unas pocas personas. Es por ello que nuestro objetivo, es tornar la frustración en organización y lucha, mostrando a la juventud de extracción obrera y popular que hay futuro fuera del capitalismo.

Javier Cayuela