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“Y una mañana todo estaba ardiendo, / y un mañana las hogueras / salían de la tierra / devorando seres, / y desde entonces fuego, / pólvora desde entonces, / y desde entonces sangre. Bandidos con aviones y con moros, / bandidos con sortijas y duquesas, / bandidos con frailes negros bendiciendo / venían por el cielo a matar niños” (…) “Preguntaréis  por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? / Venid a ver la sangre por las calles…”

Este extracto impactante del sobrecogedor poema: “Explico algunas cosas”, del libro “España en el corazón” (1937), que soldados republicanos publicaron en plena Guerra Civil, muestra de manera fulgurante el electroshock que produjo el golpe de Estado fascista del 36 en la poesía y en el compromiso político del poeta chileno Pablo Neruda. Una toma de conciencia en defensa de la República Española que no gustó al gobierno chileno del presidente Arturo Alessandri (simpatizante de los facciosos), quien lo destituyó del cargo de Cónsul en Madrid. Frente a esa arbitraria decisión Neruda emprendió viaje hacia París acompañado de Rafael Alberti y de su esposa, María Teresa León, fundadora de la revista antifascista “El mono azul”, una publicación destinada a ser leída en voz alta en las trincheras republicanas. Los tres grandes escritores se instalaron en pleno centro de Paris, trabando amistad con los dos escritores franceses más notables de su literatura: Paul Elouard y Louis Aragon. Con ellos y con la compañera de Louis Aragon, Nancy Cunard, Pablo Neruda colaboró en la edición del libro de poesía: “Los Poetas del Mundo Defienden al Pueblo Español”. Iniciándose así la lucha de muchos intelectuales españoles en el exilio, y también de otras nacionalidades, contra el fascismo español sostenido activamente por el nazismo alemán y el fascismo mussoliniano.

Militante antifascista

Fue en ese contexto internacional anunciador de la Segunda Guerra Mundial, y con la abnegación del pueblo español en su lucha revolucionaria contra la reacción y el fascismo, que Pablo Neruda se transfiguró, y en apenas diez días después del golpe de Estado fascista escribió “la primera poesía para la guerra”, es decir su “Canto a las madres de los milicianos muertos”: “No han muerto! Están en medio / de la pólvora, / de pie / como mechas ardiendo”. Con ese poema culminó un proceso evolutivo de Neruda  que con frecuencia lo situó a la izquierda del tablero político, pero que ahora, con el asesinato de su entrañable amigo García Lorca y “la huella del sollozo”, lo enmarcó en convencido militante antifascista. Una metamorfosis que posibilitó al genial poeta comprobar que el fascismo era incompatible con la inteligencia, y por tanto enemigo de él mismo. Un enemigo que Neruda combatió siempre con todas sus fuerzas y con las armas de su imperecedera obra literaria. Primero con ese libro, “España en el corazón”, comienzo de una nueva etapa poética, y del que Louis Aragon dijo ser “la introducción más gigantesca a la literatura moderna de nuestro tiempo”, y después, además de publicar otros muchos libros de los que citaremos algunos más adelante, organizando eventos como el “II Congreso de escritores antifascistas” en Madrid y Valencia en 1937, al que asistieron intelectuales como César Vallejo, Vicente Huidobro, Nicolás Guillén, Juan Marinello, André Malraux, Antonio Machado, León Felipe, Octavio Paz, Louis Aragon, Ilya Ehrenburg, Ernest Hemingway, etc., o fundando en Paris el “Grupo Hispanoamericano de ayuda a España”. Igualmente, y ya en Chile, Neruda construyó  “Alianzas de Intelectuales Antifascistas” en todo el territorio andino. En un país en el que el Frente Popular (1936-41), integrado por los partidos Radical, Comunista, Demócrata y Socialista, venia de conformarse, y en el que el drama español se sentía como propio y a Pablo Neruda como el chileno más comprometido con la causa del pueblo en armas.

“Un hombre nuestro”

En ese momento, abril 1938, dos cercanas muertes estremecieron a Pablo Neruda: la de su “hermano”, el poeta peruano César Vallejo, autor del poemario “España, aparta de mí este cáliz”, y la de su padre, José del Carmen Reyes, fundido con la tierra de la Araucanía. Decesos que unidos a la derrota de la República Española (abril, 1939) y al estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) dieron hondura a su apasionante poesía. Una poesía enraizada en la circunstancia concreta. Como la destilada en sus tres cantos de amor a la heroica resistencia de Stalingrado a la horda nazi: “Yo pongo el alma mía donde quiero, / Y no me nutro de papel cansado/ adobado de tinta y de tintero./ Nací para cantar a Stalingrado”. Una tónica, la de poeta excelso y hombre comprometido (en 1945 ingresó en el Partido Comunista de Chile), que prevaleció a lo largo de toda su existencia. Una vida marcada por la defensa de los Juan Piesdescalzos y sus hermanos, por la salvación de miles de republicanos/as españoles/as, por un acosado exsenador en el exilio, y muy particularmente, por el inextinguible amor a su “compañera de tantos años”, Matilde Urrutia, “Patoja”. Acontecimientos, dolorosos unos y exaltantes otros, que se reflejaron en libros como “Canto General” (1950, “Los versos del capitán” (1952), “Las uvas y el viento” (1954), “Odas elementales” (1955), “Memorial de Isla Negra” (1964), “Fin de mundo” (1969), “Las piedras del cielo” (1970). Así como “Canción de gesta” (1960), dedicado a la Revolución Cubana. Una inmensa obra poética que  desgranada aquel 21 de octubre de 1971 por el secretario de la Academia Sueca, Karl Ragnar Hierow, mientras otorgaba el Nobel de Literatura a Pablo Neruda,  hizo vibrar de emoción a un ensimismado y nostálgico Ricardo Neftali Reyes. “Me gustó por mí pero también por nuestro querido partido”, dijo más tarde. El primero en felicitarlo fue el presidente marxista Salvador Allende: “Este galardón que incorpora a la inmortalidad a un hombre nuestro, es la victoria de Chile, de su pueblo y de América Latina”. Después vinieron los parabienes de Louis Aragon, Pablo Picasso, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Ana Seghers, Jorge Amado, y de muchos/as otros/as. Constatando todos/as la satisfacción general que reinaba en el ámbito de la literatura hispánica. Pero no todo fue júbilo. El gobierno de La Unidad Popular recibía fuertes embestidas del imperialismo yanqui y de los sabotajes empresariales, dispuestos a aniquilar el “socialismo a la chilena”, y Pablo Neruda enfermaba gravemente de cáncer. Circunstancias que empeoraron en los dos años de vida que le quedaba al gran poeta. Un clima preocupante que quedó reflejado en el ensayo “Incitación al Nixonicidio”, terminado cuando era embajador de Chile en Francia, y en el que arregla cuentas pendientes con el genocida Nixon. Sin embargo, nada pudo evitar el asesinato de Salvador Allende, bombardeado en el Palacio de la Moneda por la aviación golpista el 11 de septiembre de 1973. Como tampoco se pudo impedir el fallecimiento de Pablo Neruda roto de dolor por la tragedia chilena y por  la brutalidad con la que los militares fascistas trataron sus pertenencias y su casa de Isla Negra.

El 23 de septiembre el Cementerio General se llenó de gente, de claveles rojos y de obreros cantando La Internacional. También de policías que trataron de dispersar la muchedumbre. Matilde, impertérrita, como el hito de referencia de la vitalidad permanente del poeta, recordó, en el instante en que el ataúd era introducido en un modesto nicho, aquel poema sobre la muerte: “quiero estar en la muerte con los pobres / que no tuvieron tiempo de estudiarla / mientras los apaleaban los que tienen / el cielo dividido y arreglado”. Sabedora de que Pablo Neruda vivirá mientras viva su poesía.

José L. Quirante