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En Babylon Berlín se podría analizar desde la composición de clases de la República de Weimar, los alineamientos o las alianzas y conflictos políticos en el bloque de poder a la división en las filas del movimiento obrero. Babylon Berlín es una serie policíaca situada en los meses previos al crack bursátil de 1929, pero es mucho más que eso. Por ejemplo, el nazismo es presentado como una herramienta al servicio de la reacción política, que cree que puede contenerlo como los marginados del trabajo sucio, aunque la amenaza se palpe. O la aguda percepción de la división política del movimiento obrero: trotskistas -que buscan financiación para derrocar a Stalin-, el Partido Comunista Alemán, KPD, -bajo el mandato del VI Congreso de la III Internacional y la denuncia de los “socialfascistas”- desfilando solo un 1.º de mayo prohibido y la socialdemocracia aislada en un Estado hostil. Solo cómo funde una trama de mafiosos, atentados políticos, penetración del fascismo en la policía y el análisis desinhibido de la lucha de clases hace ya que merezca la pena ver las tres temporadas.

Pero si la serie triunfa es por los tres detectives que la protagonizan. Los detectives, dicta el canon, deben estar cubiertos por una ambigüedad moral que, aunque finalmente actúen con justicia, hagan dudar al lector y al espectador. Y es en el mantenimiento y quiebra de este elemento estructural el que convierte a Babylon Berlin en una obra maestra. Por otro lado, la ambigüedad moral se acrecienta en la contraposición con la abnegación comunista tanto de trotskistas como de los miembros de la III Internacional y con la manipulación completamente inmoral de los nazis.

El protagonista Gereon Rath, drogadicto que mantiene una relación con la esposa de su hermano, es enviado a Berlín para evitar un chantaje a un político socialdemócrata local. En la investigación presencia, casi por azar, los disparos a discreción de la policía contra una ventana con una bandera comunista el primero de mayo. El relato nos lleva a pensar que declarará la verdad y no encubrirá el asesinato policial…

Bruno Wolter, que presenció con Rath el acribillamiento policial, es un policía que colabora con las fuerzas más reaccionarias de Alemania y participa en un atentado fallido contra Stressemann, Ministro de Exteriores, para derrocar la República y regresar a la monarquía. Sin embargo, a pesar de conocer el vínculo de Rath con el sector socialdemócrata del gobierno y Stressemann, es capaz de una completa solidaridad corporativa con su compañero sin que el personaje se deshaga psicológicamente.

Por su parte, Charlotte Ritter, la tercera en discordia, lucha para cambiar su vida de mecanógrafa eventual para la comisaria (las escenas de subasta de trabajo son excepcionales) y prostituta de noche en un local, propiedad de la mafia. En ella la ambigüedad moral sigue un patrón distinto. Mujer de clase obrera en situación extremadamente precaria, reside en un piso con su madre, sus hermanas y el marido de su hermana es capaz de cualquier acción para el mantenimiento económico de la familia, pero no se ve en ningún caso enfrentada a la elección por la verdad o la justicia (como Rath y Wolter). Ritter conserva la abnegación de los militantes trotskistas y del partido (sin que por eso la clase obrera se represente idealizada y monolítica).

Pero hemos dejado a Gereon Rath en la suposición de que declarará la verdad sobre el asesinato del 1.º de mayo y desmontará la estrategia policial de culpar a los comunistas de provocación. Es decir, entre seguir la lógica del detective o quebrarla. Rath sacrifica la verdad, pero construye una obra maestra en la ficción.

Jesús Ruiz