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Medios de prensa que acusan, simplifican o ignoran a víctimas de violencia de género; otros que silencian las inequidades. Telenovelas que muestran a mujeres preocupadas por sus relaciones de pareja, la maternidad y solo después, a veces, por la realización profesional. Videoclips con abundantes planos de bailarinas casi desnudas, ofreciendo sus encantos al artista de turno. Anuncios publicitarios donde, mientras ellas cocinan, lavan y sueñan con electrodomésticos ideales para el hogar, ellos manejan carros de lujo y gestionan la vida más allá de casa.

La lista es larga: los estereotipos sexistas se repiten hasta el cansancio en medios de comunicación e industrias culturales. Una y otra vez se naturalizan principios patriarcales según los cuales las mujeres deben ser bellas, sensuales y delicadas, ocuparse de las tareas domésticas y los hijos, cumplir con los deseos sexuales de sus parejas y pertenecer a los hombres. Perpetúan, en definitiva, otras formas de maltrato, aunque esta vez de forma simbólica.

En palabras del teórico francés Pierre Bordieu, la violencia simbólica se refiere a un grupo de significados impuestos como válidos y legítimos por la cultura patriarcal, que parten de la supremacía y dominación masculina y, por tanto, tiene estrecha relación con el poder y la autoridad. Pero el conflicto es más complejo y posee muchas mediaciones.

Según explicó la periodista, profesora y experta en temas de género Isabel Moya, en su artículo Del silencio al show mediático, este fenómeno implica “la reproducción en los medios de comunicación masiva, y en general, en las industrias culturales de un discurso sexista, patriarcal, misógino que descansa en prejuicios y estereotipos para presentar la realidad y los procesos sociales en todos los ámbitos: el productivo y el reproductivo, el público y el privado, la base de la estructura económica y la superestructura sociocultural”.

Es decir, se produce una especie de círculo vicioso en el que los realizadores de estos discursos validan y transmiten mitos e imaginarios machistas que, a su vez, heredaron de generaciones anteriores. Por obra y gracia del patriarcado latente, los estereotipos persisten y se amplifican en la medida que crecen las alternativas informativas, audiovisuales y de entretenimiento.

Esto sucede, además, en un mundo donde un grupo relativamente pequeño de compañías trasnacionales dominan el mercado de la información y el ocio. Conglomerados como AOL-Time Warner, Disney, Sony, News Corporation, Viacom y Bertelsmann pautan los qué y los cómo; realizan lo que verán, escucharán y disfrutarán los públicos globales. En definitiva, unos pocos deciden lo de muchos e influyen en ellos.

El mayor peligro radica en que, de forma directa o indirecta, suelen naturalizar una construcción prejuiciada de los géneros y un esquema de subordinación donde las mujeres juegan con desventaja. Como consecuencia, contribuye a reproducir las causas de la violencia machista hacia las mujeres y las niñas.

“Los medios establecen, a través de sus discursos, un eje de matrices culturales, donde se explicita y reproduce el poder hegemónico.  Se constituyen en uno de los mecanismos de reproducción del patriarcado en el plano de la subjetividad”, sostuvo Moya.

En relación con lo anterior, la violencia simbólica machista debe analizarse en un contexto más amplio. Según explicó a Cubadebate la periodista especializada en temas de género, Lirians Gordillo, el feminismo y la teoría de género tuvieron la claridad de demostrar la interconexión entre distintas discriminaciones. “La relación que existe entre el patriarcado, el capitalismo y el racismo, entre otros, como sistemas de opresión permite que se sostengan y actualicen entre ellos”, detalló.

Por tanto, la violencia simbólica machista se acentúa y adquiere matices particulares cuando intervienen otras categorías como el color de la piel, el lugar de residencia, la orientación sexual y la diversidad de género. Es vital reconocer estas mediaciones pues permiten identificar zonas de silencio donde ella crece y se recrudece.

Maltratos que se esconden a la vista

El primer paso para desmontar la violencia simbólica machista es aprender a identificarla, pero casi nunca resulta sencillo. Suele presentarse de formas más sutiles que la física, económica, sexual e incluso, la psicológica. Además, sucede en un mundo de culturas y palabras donde las normas no siempre están claras, donde casi todo se considera válido y en el que, por tanto, los reclamos feministas muchas veces son asumidos como excesos o exageraciones.

Este fenómeno va más allá de manifestaciones quizás evidentes, como la cosificación del cuerpo femenino y la revictimización de aquellas que sufren violencia de género. Muchas veces, comienza en expresiones aparentemente sencillas como el silencio o la ausencia. El hecho de que muchas de las inequidades y discriminaciones a las que se enfrentan las mujeres hoy no suelan aparecer en los medios de comunicación y en los productos de entretenimiento, supone una forma de maltrato.

A juicio de Lirians Gordillo, por aquello de que lo que no se nombra no existe, anular del escenario público a mujeres con identidades diversas implica no visualizarlas como sujetos de derecho.

“En el caso cubano no hablamos de las mujeres en un concepto abstracto, sino de aquellas que están marcadas por otros rasgos como el color de la piel, la edad, la identidad de género, la orientación sexual o la presencia de una discapacidad. Quizás las más ausentes son las mujeres transexuales, las mujeres lesbianas y las mujeres negras” precisó.

Abordar los conflictos de género desde el desconocimiento, reproduciendo los estereotipos que los hacen posible, es tanto o más grave que no hacerlo. Según Isabel Moya, estos temas pasaron de ser “lo que no se habla”, a estar iluminados por los reflectores.

Sin embargo, explicó, “las luces iluminan solo algunos asuntos: la violencia hacia la mujer, el aborto, el matrimonio entre personas homosexuales o lesbianas… Pero más que verdadera luz, lo que prima, con sus honrosas excepciones, es el enfoque banal, el morbo, el sensacionalismo que llega a ser amarillista en algunos casos. Se repiten hasta la saciedad los lugares comunes que sustentan mitos y estereotipos”.

Y ahí va otra forma de violencia simbólica que casi nunca es evidente. El sexismo, los prejuicios y las representaciones machistas dominan una buena parte de la producción informativa y de ocio en el mundo donde nos movemos. Validan un modelo donde las mujeres, de formas más o menos obvias, se subordinan a los hombres, dependen de ellos o, cuando intentan marcar la diferencia, son excluidas. Estos problemas no solo las afectan a ellas, sino a todos aquellos que rompen con los moldes de una sociedad en esencia conservadora.

Los videoclips y canciones que representan a las mujeres como objetos de deseo, las películas que venden historias donde hombres violentos se enamoran de chicas buenas y estas hacen hasta lo imposible por salvarlos de sí mismos, la publicidad que esquematiza los roles asignados a cada sexo y promueve un ideal de belleza inalcanzable, los programas de humor que ridiculizan las relaciones homosexuales, los titulares sensacionalistas y el tratamiento estereotipado de la violencia de género que gana espacio en los medios de prensa, son apenas algunos ejemplos de este fenómeno.

Moya menciona otros: “Se ejerce violencia simbólica cuando las mujeres del Sur son tratadas con enfoques folcloristas o xenófobos; cuando se culpabiliza el amor entre mujeres; se confinan los llamados `asuntos de mujeres´ solo a determinadas secciones de periódicos o noticiarios; cuando la letra de una canción grita a los cuatro vientos que `la castiguen´; cuando la protagonista de una serie para adolescentes solo vive para su `físico perfecto´ y la vemos multiplicadas en muñecas, camisetas y vasos desechables”.

La persistencia de un lenguaje sexista, que privilegia el uso del masculino como genérico universal, evidencia otras formas de maltrato machista en el ámbito simbólico, sostuvo Gordillo. Este trasciende la expresión escrita u oral y se manifiesta de otros modos en los productos audiovisuales. “Hay que analizar entonces cuáles son los conflictos de las mujeres y los hombres en series y películas, en qué roles aparecen, cuáles son las relaciones que establecen entre ellos”, añadió.

Cuba, realidades y retos de una violencia latente

Aunque las labores de formación y capacitación en temas de género entre periodistas, comunicadores, artistas y creadores ya comenzaron a rendir frutos, Cuba no escapa a los ejemplos y consecuencias de la violencia simbólica.

Según Lirians Gordillo, en la producción audiovisual, salvo algunas excepciones, persiste una representación patriarcal de las mujeres. Los conflictos e intereses habituales para ellas siguen siendo los tradicionales: la familia, las relaciones de pareja, el envejecimiento. Incluso cuando poseen una vida pública y profesional activa, los problemas asociados a ella se subordinan a los anteriores.

Como han apuntado investigadoras cubanas, el escenario público es uno de los principales espacios de avance para las cubanas. “Ellas suelen tener una mayor participación y representación en la toma de decisiones en distintas esferas, pero todavía prevalecen relaciones patriarcales al interior del ámbito doméstico. Es muy curioso como esta realidad se representa en espacios de ficción, telenovelas y otros productos”, comentó la periodista.

En paralelo, investigaciones alrededor de la prensa cubana han detectado retos y obstáculos que aún limitan el tratamiento desde la comunicación de temáticas relacionadas con la violencia machista, la trata de personas, las luchas feministas, el lenguaje inclusivo y las buenas maneras de hacer un periodismo de género.

Los últimos diez años han marcado algunas diferencias si de violencia simbólica se trata. Para Gordillo, si uno analiza la producción informativa y de entretenimiento en ese período, encuentra más profesionales dentro de la comunicación interesados en romper con estereotipos machistas y más productos comunicativos que asumen la diversidad.

Esto demuestra las posibilidades de un cambio real y sus consecuencias. Sin embargo, opinó, continúan siendo mayoría los productos que reproducen la violencia simbólica, incluso, a veces, con intenciones de ser inclusivos y no reproducir estereotipos.

Según la periodista, no basta con las buenas intenciones porque la mirada, los códigos visuales, la construcción y representación de esa realidad ha sido formada y educada desde el patriarcado. “Hay que desaprender muchos estereotipos, muchas representaciones y muchos códigos machistas. Eso necesita conocimiento, lleva un proceso de cuestionamiento, de salir sobre todo de zonas de confort”, dijo.

En ese camino, realizadores, artistas y profesionales de la comunicación deben combinar la preparación personal con el uso de asesores y especialistas a la hora de construir obras y productos que se acerquen a estos temas. Incluso en aquellos que no toquen los conflictos de género de forma directa, es necesaria una formación previa porque estos asuntos suelen ser transversales a cualquier representación de la sociedad. Las alianzas entre la academia, la investigación, la comunicación y la creación artísticas resultan vitales.

La diversidad y sistematicidad en los productos comunicativos que aborden las violencias machistas es otro punto clave. “Por su complejidad, este problema no puede analizarse en un solo producto comunicativo, una vez al año o en un medio especializado. Es un conflicto que necesita debatirse, representarse y deconstruirse de manera sistemática y diversa”, opinó Gordillo.

Las violencias machistas y su expresión en el ámbito simbólico constituyen un desafío urgente. Limitan y atentan contra la vida de las mujeres y sus derechos, pero también afectan el desarrollo de la nación. Por tanto, la mejor respuesta posible será aquella que combine los esfuerzos sociales, políticos, legales, educativos, de salud, entre otros y se articule como una política integral. En definitiva, también está en juego el país que queremos ser.

Ania Terrero. Cubadebate.