Compartir

Septiembre de 1965. Han pasado diez años desde que la llamada “Revolución Libertadora” derrocara al segundo gobierno peronista restituyendo el poder a la oligarquía terrateniente y la burguesía local con la necesaria connivencia de las Fuerzas Armadas. Los mellizos Borda y Bignone y “el cuervo” Merelles, elementos prominentes del hampa de Buenos Aires, aceptan convertirse en el brazo ejecutor del asalto a un furgón blindado. Tras ellos, como reflejo de esa esquizofrenia política y social en la que la indolencia de la clase media acepta como algo lógico  – siempre que no afecte a su forma de vida – la alternancia de gobiernos “democráticos” y militares, trabaja una tupida red de policías y políticos  acostumbrados a manejar los hilos.

El asalto deja a su paso un reguero de muertos y sitúa a sus protagonistas en las primeras planas de la prensa y en la cima del Olimpo delictivo. Pero Borda, Brignone y “el cuervo”, aleccionados por su mentor, no ignoran la acción de una mano invisible que ya ha decido su muerte una vez que entreguen el botín. Esa certeza marca el inicio de un implacable cerco policial y de la delirante huída que les llevará hasta Montevideo, donde, no por casualidad, les espera otra feroz muestra de esa delincuencia de alto nivel dirigida desde los despachos y las comisarías.

Escrita desde los parámetros de la crónica policial de la época, que bien pudiera ser considerada la adecuación suramericana a las claves del género negro surgido en Estados Unidos como parte de una corriente tan subrepticia como crítica, Plata quemada contribuye a definir el origen sociológico de la violencia institucional en Argentina. No importa si son delincuentes con ínfulas de nuevo rico, policías o políticos de sonrisa deslumbrante: ninguno de ellos aspira al orden o a la justicia; tan solo a su parte del botín.   

Juan Mas