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Estamos viviendo momentos convulsos, los apretones del capital para sacar hasta el último jugo del sudor de la clase obrera, de personas pobres, está llevando a toda esa masa desahuciada del sistema a levantarse:

En Chile, el aumento del ticket del metro provocó revueltas que no acababan, la policía reprime con fuerza, violencia y torturas. Más de 3.649 heridos por bala (405 con lesiones oculares) y 194 querellas por violencia sexual.

En Francia, el aumento de la ecotasa, provocó la revueltas de los chalecos amarillos, las muertes provocadas por la represión del sistema aún están por contabilizar (se habla de 10 muertes en accidentes….) y más de 4.300 heridos, entre ellos 31 personas perdieron un ojo…

En España, la “revuelta independentista” viene a mostrar el hastío de la población que puede empezar a arder por cualquier causa. 593 heridos y entre ellos 17 graves y 2 muy graves.

Podríamos continuar con más casos en América Latina, África o Asia, pero no abundaremos en ello. El efecto COVID-19 ha venido como anillo al dedo para militarizar calles y evitar concentraciones, suerte que la actuación de Trump en su país ha hecho que no se prohíban las aglomeraciones, así en EEUU hay revueltas justo ahora, la actuación de policías y militares está siendo calcada, al fin y al cabo, ellos son los profesores, los instructores de las fuerzas de represión en el resto del mundo. Los muertos y heridos nunca se sabrán, sólo indicar que siempre hay pequeñas revueltas y siempre se frenan con mucha violencia, sobre todo contra negros y latinos, que para eso son racistas.

Pero detrás de toda esta revuelta está la desigualdad, el capitalismo imperialista, el saqueo de naciones, la explotación diaria de personas adultas y menores, el abandono de ancianos y ancianas, los recortes en sanidad, las privatizaciones y su expresión más violenta: el fascismo. Las actuaciones policiales tienen ese tinte fascista, el de un régimen que aplasta las protestas de los pobres y aplaude las de los ricos.

En Cuba, un delincuente común entra en una estación de policía, donde se le recibe como a cualquier ciudadano que vaya a interponer una denuncia: respeto y atención casi familiar. El tipo asesina a un policía e hiere de gravedad a otro con un cuchillo, le roba el arma y se escapa. Las fuerzas especiales del MININT lo encuentran y lo detienen, sin disparar, sin lesionarlo. En Cuba existe la pena capital aunque no se aplica, probablemente se le condene a cadena perpetua.

Y he aquí la diferencia fundamental, donde las comparaciones son odiosas, las policías del capital se entrenan en reprimir, golpear, torturar, en defender el interés de los más poderosos (si alguien saquea un supermercado se le dispara a matar), en los países socialistas no se dispara al delincuente, se le detiene, pues esa es la función de la policía popular. La policía detiene, la justicia condena = separación de poderes. Nuestra fuerza es la fuerza del pueblo, reza el lema de la POLICÍA NACIONAL REVOLUCIONARIA.

Eso sí, el ABC, con sus fuentes de información primorosas, habla de muertos en las comisarías de Cuba con la misma facilidad con la que ensalzaba el triunfo de Hitler y su excelente relación con el Caudillo, o festejaba su cumpleaños (ABC 20/04/1939) o apoyaba sus reivindicaciones territoriales (ABC 02/09/1939). Les ríen las gracias El País, y las aplauden la Razón y alguno más.

Eso sí, los eurocomunistas del PCE, los demócratas del PSOE y los asalta cielos de Podemos, se preocupan muchísimo de desmarcarse de Stalin, que a estas alturas, uno ya no sabe si la preocupación era por el camarada en sí, o porque derrotó a Hitler, privando a los EEUU de todo el honor; de repudiar la dictadura castrista y el régimen (no se atreven a decir dictadura porque aún no gobierna el PCV) de Venezuela. Pero muy contentos con el bombardeo de Libia y de la extinta Yugoslavia, con las primaveras yihadistas y con los defensores del cangrejo amarillo de las costas del rio Zambeze…y no hablo de Greta Thumberg, que desde que se inició todo esto del COVID la han enviado al baúl de los recuerdos.

Juan Luís Corbacho