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En Plata Quemada Ricardo Piglia relata la historia real de la persecución de unos atracadores de banco argentinos hasta su asesinato en Uruguay. Al final de la escapada están confinados en un edificio completamente rodeados de policía, saben perfectamente que solo saldrán esposados o muertos. Optan por salir muertos. En esta situación fatalista, quizá como un gesto de protesta primitivo, deciden lanzar por la ventana los billetes del botín ardiendo. Ese gesto, incomprendido, vuelve en su contra la opinión pública que hasta entonces empatizaba con ellos. ¿Por qué queman el dinero? Es incomprensible. El dinero es inocente, dice un personaje en un momento. Se simpatizó con el atraco ante la precariedad vital de la clase popular y la ausencia de víctimas (un tópico que va desde la fraseología popular a El Dioni o La casa de papel), pero la quema del dinero lo despoja de sentido: es un acto cruel, sádico. Es, si vale el juego de palabras, la chispa que legitima la intervención violenta de las fuerzas especiales de la policía.

En El caballero oscuro, la segunda película de la trilogía de Batman de Christopher Nolan, Joker apila una montaña de dinero, que previamente ha robado a las distintas sociedades del trust mafioso de Gotham City, y, ante la vista de todos, los quema. Batman ya no se tiene que enfrentar   al esencialmente corrupto Estado (junto a una especie de masones con un sentido propio del antiguo testamento de la justicia), como en la primera parte, tampoco a los tribunales populares del delirio revolucionario de la tercera; sino a la locura de alguien capaz de hacer una pira de inocente dinero. Se enfrenta a lo irracional, a la excepcionalidad, al coronavirus.

Christopher Nolan va a combinar dos elementos. Por un lado, resarcirá parcialmente al Estado de su complexión corrupta para resaltar la capacidad de concitar el consenso en una figura parcialmente externa a la sociedad que represente el interés general. El personaje de Harvey Dent Two-Face (dos caras) representa esta constitución ambigua del Estado en la que se conjugan los dos elementos: intereses particulares y generales. Es el fiscal (es central que sea del poder judicial y no del ejecutivo, pero escapa de estas pocas palabras) de la ciudad cuyo único objetivo consiste limpiar de crimen organizado Gotham, pero también un homicida enloquecido con media cara quemada. Batman resuelve asumir él la carga de este lado oscuro del poder estatal para salvar ese espacio de consenso. Batman se proscribe para salvar al Estado.

Por otro, suspenderá las libertades civiles: específicamente el derecho a la intimidad. Batman, con su inmensa capacidad de inversión privada, construye un sistema de localización a través de las ondas de los teléfonos móviles de todos los habitantes de Gotham. Desde una pantalla puede oír y verlos, también lo que hay a su alrededor, lo que utilizará Batman para encontrar al Joker. Esta suspensión de los derechos se justifica porque hay personas que solo quieren ver el mundo arder- dice Alfred, el criado paternal de Batman.  En una escena esencial para la lectura política de El caballero oscuro, Batman le enseña el invento a Lucius Fox (Morgan Freeman), el gestor de compras e ingeniero al servicio de Bruce Wayne. Lucius señala que ese aparato de control podría acabar definitivamente con la intimidad y la libertad en Gotham, Bruce Wayne, como Amancio Ortega donando mascarillas, le entrega el control de este Big Data a Lucius para que sea él quien la utilice y, en cuanto termine la situación de excepcionalidad, destruirlo.

Hay muchos problemas: ¿Qué es excepcional?, ¿Quién lo decide? Y, fundamentalmente, ¿el botón de autodestrucción está en manos de la democracia?

JARM