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En los últimos tiempos aprovechando las circunstancias provocadas por la pandemia del coronavirus, la política agresiva del imperialismo norteamericano con respeto a los pueblos y gobiernos que no se someten a sus designios, se ha agudizado alcanzando especial crudeza en lo que respecta a Cuba y Venezuela.

Esta política hay que enmarcarla en la aguda crisis del imperialismo yanqui que ha entrado en un proceso decadente y ve cómo va perdiendo la hegemonía que hasta ahora ejercía de manera impune ante una nueva potencia ascendente que le pisa los talones: la República Popular de China, que en unos años será la primera potencia mundial.

La reacción de los Estados Unidos ante la pérdida de influencia es la de la fiera herida cuyos zarpazos finales son los más peligrosos, capaz de poner en peligro la paz mundial e incluso provocar un conflicto a escala internacional que ponga en peligro la existencia misma de la humanidad.

Entre los múltiples países amenazados por esta política agresiva se puede enumerar China, Rusia, la RPD de Corea, Irán, Siria, Irak, y otros muchos cuya mención sería muy prolongada.

Entre estos últimos, motivados por su situación geográfica de aislamiento y bloqueo, se hayan Cuba y Venezuela. Si bien Cuba socialista a pesar de la amenaza permanente de agresión por parte del imperialismo y del bloqueo que soporta desde hace más de 60 años, lo cierto es que Cuba tiene unas sólidas bases de apoyo popular que la sustentan, este no es el caso de Venezuela, cuyo proceso bolivariano afronta una situación más delicada por razones sobradamente conocidas.

El proceso revolucionario de Venezuela es más reciente, y aún no se haya suficientemente consolidado. Esto hace que sea el eslabón más débil dentro del campo de los países progresistas y antiimperialistas, circunstancia que es aprovechada por Estados Unidos y sus aliados en la zona como Colombia, para arremeter contra Venezuela con una especial agresividad: bloqueo económico, intentos constantes de golpes de Estado, introducción de bandas contrarrevolucionarias a través de la frontera con Colombia. Intentos de atentados afortunadamente fracasados contra los principales dirigentes del proceso bolivariano, como el Presidente Nicolás Maduro y otros. Últimamente vertiendo acusaciones infundadas de narcotráfico para justificar una intervención militar. Este argumento ya fue utilizado antaño contra el Presidente Noriega de Panamá para justificar la intervención militar de 1989 en este país.

Recientemente se ha producido en las costas de Venezuela el desembarco de una banda de mercenarios organizada por la administración Trump con la colaboración de Colombia, país en el que fueron entrenados y de donde partieron.

El objetivo era secuestrar al Presidente Nicolás Maduro con el fin de extraditarlo a Estados Unidos a la par que junto a la contrarrevolución interna, derrocar al legítimo gobierno de Venezuela.

En esta operación hay evidencias de la colaboración activa de Juan Guaidó, auto-proclamado “Presidente interino “de Venezuela.

Esta acción fracasada muestra de forma evidente la injerencia del imperialismo yanqui y sus aliados en los asuntos internos de Venezuela.

En estas circunstancias adquiere una especial importancia entre los hombres y mujeres progresistas del mundo, la defensa y solidaridad con Venezuela bolivariana.

Hoy más que nunca se hace urgente desarrollar la solidaridad internacionalista con el pueblo venezolano y su revolución ante las graves amenazas que le acechan.

Hay que reforzar la solidaridad con Venezuela, denunciar toda injerencia por parte del imperialismo y sus aliados en los asuntos internos de este país y de todos los pueblos del mundo que optan por una vía independiente de desarrollo. En el momento actual, se hace necesaria la solidaridad con el pueblo de Venezuela y su proceso de avance social para impedir que el imperialismo pueda llevar a cabo sus amenazas.

 

 

 

Juan Manuel Hernández Legazcue