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Durante la II República y el periodo de guerra en España, las mujeres habían adquirido un importante protagonismo en la vida pública, pero tras la victoria del criminal Franco, la represión política y de género que siguió,  no sólo alcanzó a las que estuvieron en el frente de combate, a aquellas que pelearon desde la retaguardia, a las que se habían significado políticamente, o a las que  participaron en la resistencia; la humillación y  el castigo se ensanchó hasta aquellas que no se ajustaban al modelo de mujer  diseñado por el franquismo,

Calladas, perseguidas, torturadas, atemorizadas, encarceladas, exiliadas o muertas. Así se escribió el destino de  las mujeres que defendieron la II República y que al finalizar la guerra, ya fueran revolucionarias o esposas, madres, hermanas o hijas de revolucionarios, ya fueran adultas, ancianas, niñas o  adolescentes, tuvieron que  soportar  en los duros años posteriores a la guerra,  vejaciones y burlas,   hambre, soledad, penuria, hostigamiento y persecución, pero el régimen sanguinario no  logró impedir la militancia de  muchas mujeres antifascistas que persistieron en su lucha antifranquista desde la clandestinidad y el exilio contra la dictadura franquista, manifestando una excepcional fortaleza y  esquivando  las más terribles dificultades.

La aportación de las mujeres después de la guerra fue fundamental no sólo  en su papel como madres, criando a muchos hijos e hijas sin contar con la presencia del padre que estaba preso o muerto, tampoco por el soporte que dieron a sus compañeros recorriendo España, de norte a sur, de prisión en prisión, ni por su incorporación al trabajo con salarios de miseria y  agotadoras jornadas para llevar a casa algunas migajas para comer sino también porque ellas, con su labor política,  han construido un referente de fuerza y de  lucha para  las generaciones posteriores que será imposible olvidar.

Junto a los nombres de conocidas luchadoras antifascistas como Dolores Ibarruri, Alejandra Soler, Matilde Landa, Las trece rosas, Margarita Nelken, Aida de la Fuente, Rosario la Dinamitera y otras que están en  la memoria colectiva  por su denodada lucha contra el fascismo, están aquellas cuyo nombre no trascenderá a la historia.

Las que se embarcaron en el Stanbrook, las que fueron rapadas y paseadas, las que fueron conducidas a declarar al cuartel a media noche, las que fueron avergonzadas con aceite de ricino, las que fueron violadas y denigradas por caciques y terratenientes,  las que trabajaron a destajo en las minas, las que murieron de hambre y frío, las que enviudaron tan jóvenes, las que buscaban la frontera francesa, las que vieron morir a sus hijos, las que no claudicaron ante la guardia civil,  unas y otras hasta sumar millones de nombres de mujeres que  unieron su vida a la lucha por la libertad.

La Sección femenina y la Iglesia católica como patas ideológicas del franquismo, conocedoras de que la moral católica, la sumisión y el silencio eran potentes elementos para la  continuidad y consolidación de la dictadura, fueron responsables de controlar la vida de las mujeres y fabricaron  un único modelo de mujer; la mujer del régimen, la mujer franquista, la que dependía del hombre,  la mujer de su hogar,  el hogar que nunca debió abandonar para meterse en cosas de “marimachos y agentes comunistas”, la esposa y madre recatada, cristiana y perfecta.

Trataron de adoctrinar a las mujeres en la mansedumbre,  arrastrándolas a la capitulación y la renuncia con la finalidad de alejarlas del patrón de mujer luchadora, de mujer revolucionaria, de mujer comunista.

Pero la feroz dictadura no logró doblegar a las mujeres que cercadas por la represión no renunciaron al  reparto de  propaganda y  participar  en manifestaciones y piquetes, mujeres que, incluso desde las cárceles,  donde se encerraban a las enemigas de la patria, se siguieron organizando para desarrollar tareas políticas,  publicando materiales clandestinamente,  y creando organizaciones de apoyo mutuo.

Todas las mujeres de la clase obrera subsistían malnutridas y sin ropas,  a golpes de padrenuestro, en viviendas ruinosas,   arreglándoselas con salarios de miseria, sacando adelante a la numerosa familia que malvivía sin derechos mientras la aflautada voz del  caudillo, en aquel “ambiente de paz”  arengaba al pueblo vencido y hambriento a avanzar hacia Dios por rutas imperiales con espíritu de unidad y a ondear la bandera triunfante y  victoriosa del fascismo bajo la consigna de !Arriba España!

Pero no pasaron, ni las cárceles ni las sentencias a muerte, ni las calamidades pudieron pasar por encima de su voluntad emancipadora. No hubo botas fascistas suficientes para pisotear la dignidad de aquellas mujeres.

Aquel régimen inhumano no pudo acallar el clamor del !No pasarán! ni silenciar la voz desgarrada de tantas heroicas mujeres a las que la Historia todavía les debe miles de páginas de verdad, justicia y reparación.

Blanca Rivas