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La serie de Watchmen supone al mismo tiempo la continuidad y la renovación del cómic y de la versión cinematográfica, que reproduce de manera bastante fiel la novela gráfica de Alan Moore. La serie mantiene la atmósfera, los juegos temporales, aunque sólo alguno de los personajes resiste que la trama la traslade a un presente ucrónico frente a los momentos álgidos, los de la mutua destrucción asegurada, de la Guerra Fría en los que se sitúan las producciones previas. La serie, sería importante al menos ver también la película, narra una trama doble en la que por un lado unos personajes buscan, para destruirlo y ocupar su lugar, al Dr. Manhattan, trasunto de la divinidad, y por otro hay una especie de KKK que quiere acabar con los derechos políticos de los afroamericanos.

Pero, como no todos somos fans de Watchmen, me centraré en dos cuestiones en que la coherencia ideológica entre cómic y serie se ve, a pesar de la continuidad aparente, seriamente comprometida.

Los héroes del cómic viven proscritos después de que el Estado los haya utilizado para el exterminio y una supuesta victoria en Vietnam (la derrota real del ejército estadounidense en el sudeste asiático merecería un artículo aparte). Se ilegalizan porque la justicia, el ejercicio del poder por el Estado, ha de ganar en transparencia y no estar sujeto a la voluntad de quien se esconde tras la máscara. Además algunos de los héroes son política y moralmente dudosos; el héroe narrador de las versiones previas, Rorscharch, es un reaccionario que combina un estricto sentido de la justicia con una misantropía clasista recubierta de odio a la libertad sexual en cualquiera de sus formas. En la serie de HBO, los policías van encapuchados como los antiguos héroes para proteger su identidad de la organización paramilitar y racista llamada Rorscharch. Si en el cómic se cuestiona, al menos en parte, la privatización de la justicia, en la serie la policía no es ese sujeto privilegiado del derecho al uso de la violencia, sino uno más en la guerra civil.

La segunda continuidad comprometedora es Dr. Manhattan. Jon Osterman es un científico que en un accidente nuclear se convierte en dios: puede hacerlo todo y vive en la eternidad, es decir, conoce todo lo que ha pasado y todo lo que pasará. El cómic reflexiona, creo que es su verdadero eje ideológico, sobre el concepto de deidad y su intervención en la tierra. Dr. Manhattan es incapaz de simpatía ni de sentimiento alguno hacia los hombres; la divinidad implica el desapego hacia la humanidad: la vida y la muerte carecen de relevancia para quien comprende toda la historia o su sentido. Sabe que todo esfuerzo humano es fútil. Sin embargo, Dr. Manhattan para su última versión abandona su divinidad por amor durante treinta años y cuando resurge es para migrar del cuerpo del científico blanco a una mujer policía negra.

La transformación de la coyuntura ideológica es clave: el declive de la primacía del Estado y la selección del sujeto político hegemónico. ¿Dónde queda Bernie Sanders?

JARM