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En 1985, el programador neoyorkino Richard Stallman publicó un manifiesto, el “Manifiesto GNU”, que sentaría las bases del software libre. El software libre es un conjunto de programas que pueden ser copiados, modificados y distribuidos libremente, que no están sometidos a las restricciones habituales de la propiedad privada aunque, eso sí, pueden estar limitados en sus formas de uso en función de la licencia que se les ha incorporado.

Alrededor de estas aplicaciones creció un movimiento polarizado con cierta carga filosófica y basado en “el procomún” y la denominada “ética hacker”. Se trataba de una nueva moral basada en el solucionismo tecnológico y en un profundo idealismo de carácter esencialmente individualista que pretendió oponerse a las dinámicas capitalistas y a la “ética protestante del trabajo”. Sin embargo, por carecer de análisis material, se convirtió irremediablemente en su versión actualizada y fue rápidamente subsumido por el capital. Detengámonos a explicar por qué y de qué modo.

El software es un conjunto de instrucciones interpretables por una máquina para resolver problemas, realizar ciertos trabajos o satisfacer nuestros momentos de ocio. Se presenta en varias formas; como producto elaborado; como componente o pieza de otro software de propósito más amplio; como medio de producción para fabricar otro software. En todas sus formas el software es fruto del trabajo y, por lo tanto, una mercancía sujeta a la Ley del Valor

Diariamente, miles de lineas de código de software libre y propietario confluyen en un mismo mercado y, aunque aparentemente enfrentadas, se mezclan hasta hacerse indistinguibles. La diferencia fundamental, que se expresa claramente en el mercado, es la distinta cantidad de trabajo no pagado que cada una de estas mercancías contiene. Dulce regalo para el capital, que pronto fija su mirada en este regalo inesperado.

Así, el software propietario a veces ingiere al software libre, se nutre de él y crece con él, lo asimila con toda facilidad en su propio organismo como capital constante más barato que si se tratase de trabajo esclavo. Pues al esclavo hay que mantenerlo mientras el trabajador voluntario se procura sus propios medios, se liga de otros modos a la esclavitud del salario. El programador de software libre se convierte en doblemente esclavo, impulsa y multiplica la dominación clasista con una contribución altruista desigual que beneficia al capital y destruye el trabajo.

Así, casi todos los servidores corporativos ejecutan sistemas operativos libres basados en Linux. Los casinos instalan sus aplicaciones en dispositivos móviles con el sistema operativo libre Android. Además, se abre un suculento mercado de datos que el capital no duda en explotar por todos los medios.

35 años después del manifiesto GNU, la realidad nos describe un paisaje en el cual las grandes compañías como Google, Facebook o Microsoft desarrollan sus propias aplicaciones y herramientas de software libre para monopolizar el nuevo mercado, sirviéndose de paso del trabajo gratuito de miles de personas que, atónitas ante este escenario, se ven incapaces de explicar en qué momento un movimiento supuestamente liberador pasó a convertirse en un dinamizador del mercado.

El software libre no ha puesto en cuestión las relaciones de producción capitalistas porque no ha sabido reconocerse a sí mismo como mercancía. Porque no ha entendido que la propiedad privada no es causa sino consecuencia de las actuales relaciones de producción. Porque no hay concurrencia pacífica posible con el capital que todo lo subsume y lo hace propio. Quizá los utopistas de la ética hacker pensaban, con su alternativa libre, reproducir el mito de Perseo. Pero esta vez, antes de ser devorado por Medusa, fue Perseo quien se puso frente al espejo del mercado.

Carles Climent