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Trabajadoradas del manipulado de hortalizas en los campos de Almeria 

 

El despertador suena a las cinco y media de la mañana. Un triste desayuno para enfrentar la jornada; sobre todo café, mucho café, bien cargado, negro; negro como la noche, como el presente, como el fondo de un pozo. Trayecto somnoliento por una carretera que empieza a despertar también con otros vehículos que van y vienen. Por el camino, conversación con compañeras de trabajo: “Anoche no he pegado ojo, me duelen hasta las pestañas…” “Pues yo no sé cómo acabaré hoy, no puedo levantar más de esto (levanta el brazo hasta el tope que le permite el umbral del dolor), ya me he tomado dos pastillas…”. Se hace el silencio, la radio se encarga de distraer la atención. Música para levantar el ánimo. Lástima, ninguna ha nacido en Tennessee, pero podrían cantar blues. Cuando llegan, sus ojeras ya han llegado; son tan grandes que siempre llegan al trabajo unos minutos antes.

 

La cooperativa abre sus fauces, no mastica, se las traga. En las tripas de la ballena empiezan a envasar pepinos, o pimientos, o tomates… lo que haya. Montañas inabarcables que hay que empaquetar en cajas. Montañas y montañas… no hay maillot amarillo, lástima, ninguna se llevará un trofeo o una medalla; eso sí, habrá que esprintar, y empaquetar otra montaña, porque llegando a la meta ha llegado otra carga, puede ser un tráiler, o dos, total, son unas campeonas ¿qué más dará ocho que doce horas? Menos mal que mujer precavida vale por dos, en el bolso siempre unas pastillitas y algún bollo, y hale, no mirar siquiera el reloj. De vez en cuando alguien se asoma a la pasarela para controlar desde arriba que todo marcha según las expectativas. No lleva látigo.

 

El látigo ahora es invisible, vivimos en tiempos más modernos. Pero lacera la carne, las articulaciones, los huesos, la cabeza… No hay familia, no hay vida, no hay descanso, no hay ser humano; hay calibres, hay pedidos, hay números, hay “no puedo más”, hay mucho llanto callado.

 

A las diez o a las once de la noche vuelta a casa, como si te hubieran apaleado. Una ducha, pastillas, comer algo. Intentar dormir; intentar dormir…

 

Qué asco.

 

Ana Tomás


Publicado en almeria360.com el 8 de enero 2020