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Madrid, corazón de España,

late con pulsos de fiebre.

Si ayer la sangre le hervía

hoy con más calor le hierve.

Ya nunca podrá dormirse,

porque si Madrid se duerme,

querrá despertarse un día

y el alba no vendrá a verle.

No olvides, Madrid, la guerra;

jamás olvides que enfrente

los ojos del enemigo

te echan miradas de muerte.

Rondan por tu cielo halcones

que precipitarse quieren

sobre tus rojos tejados,

tus calles, tu brava gente.

Madrid: que nunca se diga,

nunca se publique o piense

que en el corazón de España

la sangre se volvió nieve.

Fuentes de valor y hombría

las guardas tú donde siempre.

Atroces ríos de asombro

han de correr de esas fuentes.

Que cada barrio, a su hora,

si esa mal hora viniere

-hora que no vendrá- sea

más que la plaza más fuerte.

Los hombres, como castillos;

igual que almenas, sus frentes,

grandes murallas sus brazos,

puertas que nadie penetre.

Quien al corazón de España

quiera asomarse, que llegue,

¡Pronto! Madrid está lejos.

Madrid sabe defenderse

con uñas, con pies, con codos,

con empujones, con dientes,

panza arriba, arisco, recto,

duro, al pie del agua verde

del Tajo, en Navalperal,

en Sigüenza, en donde suenen

balas y balas que busquen

helar su sangre caliente.

Madrid, corazón de España,

que es de tierra, dentro tiene,

si se le escarbara, un gran hoyo,

profundo, grande, imponente,

como un barranco que aguarda...

Sólo en él cabe la muerte.

Rafael Alberti


 

6 de noviembre de 1936. Franco está a las puertas de Madrid y el Gobierno se traslada de manera urgente a Valencia, constituyéndose la Junta de Defensa encargada de mantener a toda costa la plaza de Madrid. En toda España se combatía desde hacía más de tres meses, con uñas y dientes, al fascismo y a la reacción desde el fracasado golpe del 18 de julio. Una mitad del país abrazaba al nuevo poder faccioso a golpe de sangre y represión, la otra mitad se mantenía fiel al legítimo gobierno del Frente Popular y reivindicaba la profundización de los amplios derechos que se estaban obteniendo. No es casualidad que fuese la zona del país más avanzada y con mayor desarrollo industrial, donde la clase obrera y capas populares estaban bien organizadas, donde el fascismo fue aplastado. En Madrid no podía ocurrir de otra manera.

En Madrid, antes del largo noviembre, se había vencido al fascismo por dos veces. La primera en la propia sublevación, donde el pueblo trabajador de Madrid junto con las fuerzas militares leales a la República aplastó tras varios días de combate al fascismo atrincherado en varios cuarteles de la ciudad y alrededores. Fue en estos primeros días donde se forjó el alma del futuro Ejército Popular con la fundación del Quinto Regimiento de Milicias Populares, que puso al Partido Comunista de España en primera línea en la lucha contra el fascismo. La segunda derrota la sufrió el general Mola y su Ejército del Norte durante el mes de agosto, estampado contra el muro infranqueable de las sierras de Guadarrama y Somosierra, donde miles de milicianos defendían sus posiciones sin retroceder.

Pero desde el sur, las tropas del general Franco ganaban terreno rápidamente. Bien pertrechados, contando con tropas experimentadas y profesionales del ejército colonial, junto con la determinante ayuda logística y militar nazi-fascista de Alemania e Italia y teniendo su flanco izquierdo bien protegido por la cómplice dictadura de Salazar, avanzaban triunfales y anunciaban a bombo y platillo la caída de Madrid en pocas semanas. Dejaban a su paso ríos de sangre y escribían tristes capítulos de nuestra historia, como la matanza de Badajoz.

Y llegó noviembre. Los derrotistas, desgraciadamente bien instalados en altos escalafones del Gobierno y del Ejército, no confiaban en la resistencia de Madrid, ni hicieron nada para preparar a la ciudad durante los meses previos. La prensa internacional, alineada en la No Intervención, ya escribía sus titulares anunciando la entrada de Franco a Madrid. El fascismo esperaba con júbilo la toma de la hasta ahora capital de la República ¡Hasta tenían al nuevo alcalde preparado a pocos kilómetros de la ciudad! Sin duda, la caída de Madrid supondría un golpe que acabaría hundiendo la moral y las posibilidades de victoria de la causa de la República, que en ese momento representaba la causa de la clase obrera.

Pero el pueblo de Madrid no se rindió. El 7 de noviembre comienza de manera oficial la ofensiva franquista sobre Madrid. Desde los pueblos y barriadas del suroeste las columnas avanzan y ocupan las primeras casas de los pueblos de Carabanchel Alto y Bajo. El tipo de lucha ha cambiado. Las experimentadas tropas de Franco no se enfrentan a campo abierto, contra milicianos desorganizados y desmoralizados, ya no avanzan kilómetros en pocos días. Ahora apenas avanzan unos pocos metros, para volver a perderlos horas después. Es un combate que se libra casa por casa, habitación por habitación, con granada y bayoneta. Y sus defensores eran el germen de un nuevo ejército, vienen de las fábricas y de todos los puntos de Madrid, ya han tenido su bautismo de fuego meses atrás, saben a quién se enfrentan y por qué han de resistir o morir.

Madrid fue escenario, durante varios meses, de la lucha internacional contra el fascismo. A Madrid llegaron combatientes de todos los puntos del Estado. Pero también fue en Madrid donde primero se desplegó la solidaridad de la Unión Soviética con la llegada de material militar puntero que pondrá a prueba a la aviación germano-italiana en los cielos de la ciudad, acabando con la impunidad de sus bombardeos. Fue en Madrid donde se vivió una de las mayores gestas de solidaridad y compromiso internacionalista de la historia de la humanidad con la entrada en combate de las Brigadas Internacionales.

En los Carabancheles, en la Casa de Campo, en Ciudad Universitaria, en el aire, en el Manzanares. La consigna de ¡No pasarán! se hizo realidad. El sacrificio de decenas de hombres y mujeres, de los cuales miles de ellos darían sus propias vidas, frenó al fascismo.

Ni en julio con la sublevación, ni en agosto en las jornadas de la sierra, ni en noviembre con la ofensiva directa, ni en diciembre con la operación de la carretera de La Coruña, ni en febrero con el Jarama, ni en marzo con Guadalajara. Franco entró en Madrid, casi tres años después, porque sus puertas fueron abiertas de par en par, sin derramar ni una bala. El golpe de Estado que sufrió la República en marzo de 1939, encabezado por el general Casado, y que desplegó una bárbara represión contra aquellos que con más ahínco luchaban contra el fascismo, los comunistas, fue el toque de gracia que se necesitaba la República para ser derrotada.

Pese al triste final de nuestra guerra nacional-revolucionaria, la lucha de Madrid ha de ser siempre recordada, pero sobre todo reivindicada, como ejemplo de resistencia y de dignidad de un pueblo en defensa de sus derechos y legítimas aspiraciones. Hoy, 77 años después, la clase obrera, aunque con otros medios y en otra etapa, se sigue batiendo contra la barbarie capitalista. Y en esta lucha, sacar del foso del olvido a los defensores de Madrid es una necesidad.

Víctor Moreno