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De entre las capacidades y aptitudes que el sistema de producción capitalista posee para destrozar la entereza del respetable, destaca una particularmente maliciosa desde el punto de vista político: orquestar ilusorias y capciosas consultas electorales. Una práctica política que en periodos de tolerancia el poder burgués enarbola regularmente para transfigurar las realidades en apariencias, tratando de hacer creer, por ejemplo, que el pueblo llano (hoy le llaman ciudadanía) detenta la suprema potestad. Y que, por consiguiente, se hará lo que decida su voluntad. Sin embargo nada es más falso, pues, una vez terminados los saraos electorales y elegidos/as a quienes se autoproclaman “representantes legítimos del pueblo”, éstos/as campan a sus anchas, se despojan de sus máscaras, y defienden, a regañadientes algunos/as y persuadidos/as la mayoría, a quienes les pagan: los siempre insaciables y voraces dueños de los medios de producción, los capitalistas. Y eso, le parezca bien o no a la, a partir de entonces, turbada plebe. Potentados millonarios, por demás, que, a través de sus devotos/as representantes políticos, elaboraron previamente leyes y artimañas para obstaculizar al máximo cualquier posibilidad de victoria electoral de las opciones revolucionarias. Y a ese “juego pérfido”, que nosotros/as llamamos “dictadura del capital”, ellos/as le llaman democracia. Pero no lo es. Aunque muchos/as se lo hayan creído desde hace tiempo, y todavía hoy, con la que está cayendo y la que va a caer, se lo siguen creyendo.

Alternativa revolucionaria

Lo que ocurre, sin embargo, es que, objetivamente, ese artilugio plebiscitario contiene también su pudrición, vamos su deterioro ineluctable, y cuando con el paso del tiempo se constatan las continuas tropelías cometidas por todos/as esos/as embaucadores/as, al respetable, como decía más arriba, se le acaba el aguante, se le hinchan las narices, y el tinglado empieza a desmoronarse por todos lados. Entonces las mayorías absolutas con las que gestionar cómodamente el capital se eclipsan, y el sistema burgués tiene que inventar “opciones atractivas” para apuntalar el resquebrajado edificio, y así tratar de evitar su derrumbe. Y con esa intención surgieron “Ciudadanos” y “Podemos”. También “Vox”, esta organización en el más puro estilo fascista para, por lo que pueda suceder, garantizar que todo siga “atado y bien atado”. Y en esas estamos desde el pasado 28 de abril, día en que por tercera vez se celebraron elecciones generales en un plazo de menos de cuatro años. Ahora, en medio de un recrudecimiento agudo de la crisis capitalista, plagada de despidos masivos en todos los sectores, de recortes en derechos sociales y laborales, de desastres ecológicos y migratorios, de guerras imperialistas que ponen en peligro la paz mundial, nos piden ir a las urnas el 10-N, debido a la incapacidad del capitalismo hispano de darse un gobierno. Para mear y no echar gota. Y eso para encontrarnos, según todos los vaticinios y sondeos, en la misma situación política que hace 5 meses. Es decir, con los mismos partidos políticos y los mismos tartufos en el Parlamento.

Jose L. Quirante