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Mientras el decrépito Francisco Franco no terminaba de expirar en su lecho de muerte, el cineasta vasco Pedro Olea (Bilbao, 1938) conseguía llevar a las pantallas, en 1975, “Pim, Pam, Pum… ¡Fuego!”, una película que desde hacía muchos años portaba en sus entrañas. Tantos años como los que la censura franquista había impedido tan anhelado proyecto. Un filme que necesariamente deberían ver los jóvenes de nuestros días.

Es decir, esa juventud que, invadida hasta las cejas de información basura, no tiene ni pajolera idea de lo que realmente fue el franquismo y de lo que sucedió bajo su férrea dictadura. De ahí la importancia de divulgar películas como la de Pedro Olea, autor, entre otras cintas, de la magnífica “Tormento” o de “Un hombre llamado flor de otoño”, que tantas lanzas rompió en su día. Y lo que digo, a pesar del largo tiempo transcurrido desde su estreno. Más de 40 años ya, y tan fresca como una rosa. Por aquel entonces yo pisaba ya tierra extranjera para ganar mi vida, y no tuve posibilidad de verla en aquella ocasión. Sin embargo, algún tiempo después he podido disfrutar de ella en varias oportunidades; la última hace unos días, recuperándola de un arbitrario letargo. Y debo confesar que siempre me ha impactado.

La inmundicia fascista

La historia podría pasar por la de un triangulo amoroso como las que hemos visto tantas veces en el cine: chica viviendo con un señor encuentra joven apuesto del que se enamora provocando un gran lío que generalmente acaba en drama. Lo que ocurre es que en esta trama argumental de Pedro Olea y Rafael Azcona, la historia se desarrolla en un país muy particular y en unas circunstancias aún más especiales. El país es España en los años de la posguerra, finales de la década de 1940, y las circunstancias son: la opresión, el miedo impuesto por el fascismo, el hambre y una miseria moral galopante. Y en ese ambiente tenebroso, Paca (soberbia Concha Velasco), una corista de una compañía de mala muerte que regresa de una gira en provincias a Madrid, encuentra en el viaje a un joven que resulta ser un “maquis” perseguido por la policía franquista, y del que se enamora desde el primer momento. El problema es que Paca frecuenta a Julio (portentoso Fernando Fernán Gómez), un estraperlista de lujo adepto al régimen, cínico, perverso, lascivo y sin ningún escrúpulo, que hará lo imposible para que ese amorío no fructifique. Un argumento que sirve también para que el realizador bilbaíno nos ofrezca, a través de una narración ajustada y precisa, una reconstrucción prodigiosa de aquella época: la de todo un país rezumando la inmundicia fascista del régimen vencedor. Todo eso en lo que respecta a los años que siguieron inmediatamente a la Guerra Civil, pero si alguien pone en duda su perniciosa perennidad a través del tiempo, le aconsejo vea: “El mundo sigue” de Fernando Fernán Gómez, otra muestra extraordinaria de la vida de los españoles en la España fascista de los años 1960. Lo que les decía más arriba, películas para exhibir en colegios y Universidades. Quizás así otro gallo nos cantara.

 

Rosebud