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Miguel Hernández es el poeta del proletariado español. Un poeta que tuvo la escuela de la Naturaleza y la universidad de su talento y de su conciencia. Autodidacta fue evolucionando desde un localismo y costumbrismo característicos del lugar en que vivió y trabajó hasta la universalidad de su poesía. Miguel Hernández fue también la víctima más joven de los grandes poetas españoles que el franquismo tiene en su haber: Antonio Machado, Federico García Lorca y “el poeta pastor” de Orihuela. Trovador popular de vida breve pero fulgurante marcó su historia por la extraordinaria calidad de su poesía y por su compromiso social y político de poeta revolucionario, del que no renegó ni en los peores momentos de su existencia.

La aventura de vivir para Miguel Hernández empezó en tierras levantinas. En Orihuela, el 30 de octubre de 1910, a las seis de la mañana. Así figura en su partida de nacimiento del Registro Civil (libro 60, folio 188) con el nombre de pila y los dos apellidos correspondientes: Miguel Hernández Gilabert. La familia del famoso oriolano era natural de Orihuela, y se dedicaba a la compraventa de burros y caballos, por lo que algunos, dado la tez morena del abuelo materno de Miguel, la consideraban de origen gitano. Su madre, Concepción Gilabert Giner, que contó enormemente para Miguel Hernández, fue, según palabras del propio poeta, “una corteza que se apoya en unos pies duros, que sube por un vientre donde los partos dejan huellas de torrente…”. Profiriendo a continuación con los dientes prietos y los puños bien cerrados: “Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España”. Su padre, Miguel Hernández Sánchez, era natural de Redován, en la provincia de Alicante. Modesto tratante de ganado hacía viajes con regularidad a Barcelona y a Orán para vender cabras. Fue un padre duro (le pegaba a Miguel desde niño), hombre conservador y tozudo que nunca entendió los deseos de su hijo. Incluso cuando Miguel Hernández agonizaba en el Reformatorio de adultos de Alicante, no le visitó ni una sola vez, comentado a su muerte, según algunos testimonios: “él se lo ha buscado”.

Penas y cabras

Con 4 años la familia Hernández (Miguel, sus padres y sus hermanos Vicente, Encarnita y Elvira) se traslada de la calle San Juan a la calle Arriba, hoy calle del poeta Miguel Hernández. “Es una casa de una sola planta, con tejado de teja curva, que en Orihuela denominan de rio”, evoca en sus memorias, Josefina Manresa, viuda del poeta. Allí escribe toda su obra de adolescencia. Es una calle de barrio habitado por familias modestas de pastores, albañiles, zapateros… “Nunca tuve zapatos, ni trajes, ni palabras: siempre tuve regatos, siempre penas y cabras”, escribe Miguel Hernández en su hermoso y amargo poema “Las desiertas abarcas”, publicado en la revista “Ayuda”, en enero de 1937. A los 8 años, trabajando de pastor, comienza a frecuentar las escuelas del Ave María, una institución docente para niños pobres, aneja al distinguido colegio de Santo Domingo, donde de 1886 a 1891 fue alumno el escritor Gabriel Miró, de gran influjo en la primera etapa literaria de Miguel Hernández, y quien, en un retrato despiadado de la atmósfera levítica que envolvía Orihuela en aquellos años, afirma sin tapujos que la ciudad “criaba capellanes como Altea marinos o Jijona turroneros”.

Es en ese ambiente impregnado de clericalismo exacerbado que los jesuitas, teniendo en cuenta las extraordinarias dotes intelectuales de Miguel Hernández, le proponen costearle la carrera eclesiástica; algo que el poeta alicantino declina alegando, como lo hace el protagonista de su novela “La tragedia de Calisto”, escrita hacia 1932, que “no puedo vestirme de viudo riguroso, ni sostener un ojo más en mi cabeza”. Postura que le costará, en 1925, cuidar irremediablemente del rebaño de cabras de su adusto padre, quien lo tenía más claro que el agua: “mi hijo será cabrero, como el primogénito y como yo mismo”.

Doblegar el destino

Sin embargo Miguel Hernández no quiere vivir en la ignorancia. Ansía saber, y para ello devora todo lo que cae entre sus manos: lo clásico como lo contemporáneo, lo trascendental como lo insignificante. Todo pasa delante de sus ojos atónitos. Y la influencia de escritores y poetas como Quevedo, Góngora, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez se hace notable. “Leía a escondidas de mi padre. Leía, sobre todo, por la noche, cuando todos estábamos acostados, en la habitación que daba al corral”, explica orgulloso su hermano Vicente. De todas formas, en su fuero interno, Miguel Hernández sabe que doblegará al destino que le imponen tan brutalmente. Aunque para lograrlo, una vez exento del servicio militar en 1931, por el que conocemos su estatura (1,70cm) y sus señas: frente ancha y plana, pelo castaño, ojos pardos, barbilla pequeña y puntiaguda, tendrá que poseer un cierto bagaje poético y, sobre todo, salir de aquel agreste lugar para obtener reconocimientos. Lo primero lo inicia escribiendo de forma regular a partir de 1925, pero sin que se publiquen sus primeros versos (“Pastoril”) hasta 1930 en el semanario oriolano “El Pueblo”, órgano de los Sindicatos Católicos del vicario general de la catedral oriolana, Luis Armacha.

Antes, en 1929, se produjo el encuentro trascendental de Miguel Hernández con José Marín Gutiérrez (Ramón Sijé). Fue en la redacción de “Voluntad”, una revista que dirigía su “compañero del alma” con solo 16 años. Sijé era un hombre de férrea voluntad, austero y sin demasiado interés por el dinero. Pertenecía a una familia acomodada oriolana, y su mente estaba en permanente ebullición. Gracias a su influencia, Miguel Hernández renovó sus lecturas, perfeccionó y maduró su poesía y abandonó definitivamente su lado más localista. Primero frecuentado la biblioteca del Círculo de Bellas Artes y luego la de Teodomiro, una de las mejores bibliotecas de la provincia de Alicante. En cuanto a la tan anhelada salida de su ciudad natal, la decisión la tomó el poeta alicantino tras librarse de quintas en 1931. Miguel Hernández, en esos momentos, ya era consciente de que su poesía estaba experimentando un giro importante y de que un viaje a la capital de España se imponía.

Viajes a Madrid

Miguel Hernández emprende su primer viaje en tren a la gran urbe el 30 de noviembre de 1931. Como bagaje: sus poemas de adolescencia, y como objetivo: encontrarse con Ernesto Giménez Caballero, director del quincenal “El Robinson literario de España”, y con Federico Martínez Corbalán, director de la revista “Estampa”, futuro órgano del Frente Popular. También con Juan Ramón Jiménez, para “leer lo que le lleve”. El primer periplo a Madrid se salda con un penoso fracaso. El 15 de mayo de 1932, desalentado, Miguel Hernández regresa a Orihuela sin haber conseguido nada en concreto. Sin embargo, el choque con la actualidad y la fiebre cultural que se respira en la capital de España, le hacen ver lo desfasado de su poesía y la necesidad de ponerse al día sin pérdida de tiempo. Comienza así la búsqueda de una forma poética propia: “Procuro que lo que diga sea mío nada más. Algún día será que quede libre de extrañas influencias”. Deseo que se materializará con nuevos viajes a Madrid, nuevos encuentros (Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Federico García Lorca), y, sobre todo, con una producción poética, teatral y también en prosa, que propiciará la voz vigorosa y revolucionaria del Miguel Hernández que todos/as conocemos.

José L. Quirante