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Tratar de construir un axioma social siempre es un riesgo, pero negar, una y otra vez, la evidencia de los datos para evitar hacer una afirmación evidente también lo es. Con el PSOE pasa que, por más que sean las evidencias que demuestran lo contrario, se le sigue llamando de “izquierdas” y contando con él como pieza imprescindible para iniciar procesos políticos favorables a los intereses populares.

La OTAN, el €, la UE, las reformas laborales, la corrupción, el GAL, la Constitución del 78 y la monarquía, el Concordato, las bases yanquis, o los ataques a las pensiones, parecen no ser suficientes para afirmar y caracterizar al PSOE como un partido burgués. Un Partido histórico de la socialdemocracia con una amplia base electoral obrera a la que manipula, engaña e inocula valores conservadores y la convicción de que esta es la única sociedad posible. Adalid del anticomunismo, asienta en la clase obrera la posición aristotélica de la inmovilidad social de las cosas y la asimilación constante del mal menor. En su discurso la clase desaparece, e incluso la aristocracia obrera, que venía siendo su base electoral más sólida, es sustituida por el paradigma individual del llamado “emprendedor” al que se constituye en el modelo social referencial.

¿Acaso no es esto suficiente para romper cualquier lazo con ellos si lo que se quiere es transformar la sociedad? Pudiera parecer que sí, los hechos y la historia avalarían esta posición; sin embargo, la mayoría de las organizaciones políticas y sindicales del movimiento obrero siguen deshojando su margarita y cayendo, una y otra vez, en la tela de araña de la política burguesa que teje el PSOE.

Cruce de intereses comunes

La experiencia y los diversos orígenes organizativos e ideológicos de las distintas expresiones políticas del reformismo y la socialdemocracia han construido realidades organizativas diferentes. PSOE, Podemos, IU, Compromís, ERC, EH Bildu, BNG y otros, constituyen, cada una con su realidad y diferencias tácticas y programáticas, un complejo entramado político con denominadores comunes inequívocos:

1) La necesidad de, para perpetuarse, participar en la gestión institucional.

2) La indefinición ideológica desde la aceptación de los más diversos postulados de la postmodernidad.

3) La negación del papel de la clase obrera como sujeto revolucionario o del cambio en su vocabulario.

Y es aquí donde se encuentra y hallamos la razón de la imprescindible confluencia entre las que venimos llamando la vieja socialdemocracia y la nuevas expresiones de ésta.

Un proyecto y un gobierno común.

Es el objetivo superior al que todo se supedita y donde se acaban los reparos teóricos y programáticos y empieza el pragmatismo de la necesaria reproducción sistémica, que todo lo abarca y justifica generando espacios de confluencia.

¡Fuera principios y programas! La gestión lo es todo y la fundamentación del cambio se limita a una idealista e inconsistente confianza en la honradez, capacidad y bondad de los nuevos gestores.

El abrazo del oso.

Del análisis de esta dinámica iniciada en 1979 con la coalición entre el PSOE y el PCE en los ayuntamientos, hay un aprendizaje necesario en relación a la sumisión política e ideológica respecto al PSOE. Le pasó a un PCE con el 20% de los votos y cientos de miles de militantes que dirigían el principal sindicato de clase de este país porque, a pesar de su fuerza organizativa, asumía los límites programáticos e ideológicos impuestos por el sistema de dominación y sus instituciones. Qué no le pasará a esta nueva izquierda reformista sin cuadros territoriales y absolutamente desestructurada.

La demandada entrada en gobiernos de coalición o “colaboración” con el PSOE en los llamados gobiernos del “cambio”, marca un hito de no retorno político de las organizaciones reformistas que participen en ellos. Su complicidad con las principales estructuras del poder y las más importantes instituciones de la dominación burguesa, que representa cualquier gobierno compartido con el PSOE, les sitúa, mientras sigan formando parte de ellos, fuera de los marcos de unidad en defensa de los intereses y necesidades del pueblo.

Con ese paso que se debate y resuelve cupularmente en los cenáculos que construye el poder sin la intervención determinante y orgánica de las bases más allá de consultas amañadas, se abre un nuevo escenario en el campo de la izquierda.

Comunistas a la ofensiva

Con ese paso de la izquierda reformista en el sentido explicado, el reto del Partido de vanguardia y su militancia pasa inexorablemente por:

1) No dar ni un día de tregua a esos gobiernos por su carácter burgués.

2) Profundizar el desarrollo desde la base y lo concreto de marcos de avance del Frente Obrero y Popular por el Socialismo.

Trabajo de masas e ideología socialista deben acompañar nuestra táctica y práctica diaria para subvertir esta situación de retroceso de las posiciones clasistas y revolucionarias en el escenario que se desprende del resultado de las últimas elecciones. El apaciguamiento de la lucha obrera y popular previsto por la oligarquía otorgando la gestión de la nueva fase de las crisis estructural del capitalismo a los nuevos gobiernos de la nueva y vieja socialdemocracia, abre un espacio para construir nuevos referentes de lucha obrera y popular que, partiendo de un proceso de acumulación de fuerzas desde la base, haga frente a este escenario de desmovilización generalizado sobre el que se pretende asentar la nueva fase de agresiones contra los derechos laborales, sociales, civiles y políticos de la clase obrera y el pueblo que gestionarán los dirigentes de las organizaciones de la nueva socialdemocracia, y de la que serán cómplices quienes organizados en ellas sigan mirando hacia otro lado.

Julio Díaz