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Una manifestación más de la crisis del capitalismo español

En los años de la llamada Transición política era frecuente recurrir a la explicación de los “poderes fácticos” para justificar la imposición de determinados acuerdos políticos, o para justificar determinadas renuncias en la lucha política.

Con una expresión más severa se recurría también a la justificación del “ruido de sables” cuando era necesario añadir una dosis superior de autocensura y miedo.

El “todo atado y bien atado” venía a cerrar el círculo vicioso que tendió un velo de censura y temor en el tránsito de una a otra forma de dictadura del capital en España. 

Que cuarenta años después de ese tránsito esos poderes fácticos emerjan en el contexto de la profunda crisis que vive el sistema de dominación en nuestro país es una expresión diáfano de la auténtica y real entidad del Estado burgués. 

Un Estado que se constituye como aparato para el más férreo ejercicio de la dictadura del capital. En ese Estado que nada tiene de democrático se constituyen una serie de estructuras que no están sujetas a control democrático de ningún tipo, y que son herramientas muy valiosas para el ejercicio de la violencia, y el terror, por parte de la clase en el poder.

Esos aparatos se constituyen en el ámbito policial, en el militar, en el judicial, en el del capital monopolista, en el cultural, etc. Y siempre escapan al control de todo mecanismo democrático e, incluso, escapan al control del mismo gobierno, en la medida que se convierten en estructuras con autonomía propia que se mueven al amparo de determinadas facciones de la clase dominante para la defensa de sus propios intereses.

En condiciones normales estas estructuras profundas permanecen ocultas y no se dan a conocer. Pero, cuando cualquiera de ellas se siente amenazada, se manifiestan en toda su brutal violencia, llegando, como ocurre en la actualidad, al chantaje más descarado al mismo sistema de la democracia formal. Cuando este chantaje responde a situaciones desesperadas, como la del Comisario Villarejo, se rompen los límites de los consensos que sostienen la clandestinidad de sus actuaciones y salta el escándalo social, que afecta a las conciencias más crédulas que confían que “estamos viviendo en una democracia”.

Anteriormente el GAL de Felipe González y las condenas de prisión a altos miembros de su gobierno por los crímenes cometidos, pero también tiempo atrás la red GLADIO de la OTAN como organización terrorista secreta, o las más recientes filtraciones del apoyo del gobierno Rajoy a Arabia Saudí en su criminal guerra contra Yemen, junto a la filtraciones que tocan directamente a los Borbones y sus delitos financieros, constituyen una manifestación a lo largo del tiempo de la auténtica naturaleza del Estado burgués.

Estos hechos aquí apuntados no son más que la punta del iceberg de unas “cloacas del Estado” que se extienden por todas las estructuras del poder, y que lo mantienen absolutamente cautivo de su permanente chantaje. Con tal situación no hay democracia posible.

En estos momentos el gobierno de Pedro Sánchez, y la misma monarquía, se encuentran ante una situación que previsiblemente se resolverá con un pacto de con esas mismas cloacas, “para evitar males mayores”. 

Ese pacto, lejos de resolver nada, será un paso más en la dirección de la consolidación de la degeneración del sistema político español.

Combatir esa metástasis del Estado burgués es parte de la lucha revolucionaria por la destrucción del sistema de dominación burgués en nuestro país. Explicar la naturaleza de tal metástasis y su carácter irresoluble es una cuestión fundamental del combate ideológico contra la dominación capitalista en España.

No hay un solo Villarejo, las estructuras militares y policiales, el sistema judicial, el sistema financiero, los medios de comunicación, etc., están llenos de cientos de Villarejos. Para destruirlos no hay otro camino que destruir sus madrigueras, destruir hasta los cimientos el actual Estado burgués. 

C. Suárez