Compartir

El pasado mes de agosto aparecieron en diferentes medios de comunicación ideas como: “En poco más de 7 meses, los humanos hemos agotado ya el presupuesto natural de todo el año y hemos dejado a la Tierra sin capacidad para regenerar sus recursos.” Esta serie de noticias se presentaron bajo el Día de la Deuda Ecológica, que es cuando se calcula que se han consumido todos los recursos naturales sin dar la capacidad de que se regeneren.

Si nos centramos en esta medida, a la que podríamos criticar ampliamente, se observa que desde 1970 hasta 2018, ha habido una amplísima reducción en alcanzar el límite: desde el 29 de diciembre hasta el 1 de agosto.

Volviendo a la cita, ésta no es inocente y esconde detrás una abrumadora carga ideológica. Ésta oculta conceptos como por ejemplo, desarrollo sostenible y huella ecológica, y la total ausencia del modo de producción o, lo que es peor, el capitalismo visto como natural.

La cita sale de un contexto donde se compara a la Tierra con una tarjeta de débito, y se pregunta qué hace uno cuando se queda sin saldo, pues recurre a los créditos. De igual manera se pregunta, qué hacemos cuando ya hemos agotado el “presupuesto natural de todo el año”, aquí el recurrir a los créditos nos genera un problema y no está bien visto recurrir a ellos. Tal y como se entiende la relación entre la naturaleza y la sociedad no es más, y no cabría ser de otra manera, que una expresión del sistema económico imperante.

Esta visión de la relación en términos económicos (bajo el capitalismo) nos lleva al concepto de desarrollo sostenible y a la idea de huella ecológica en todas sus variantes: huella de carbono, hídrica, etc. Muchas de estas ideas han permeado dentro del movimiento obrero y organizaciones comunistas. El concepto de huella ecológica es un intento de calcular el impacto ambiental que la “actividad humana” genera sobre los recursos existentes en los ecosistemas. De esta manera, se puede ver y comparar qué países y estilos de vida son más o menos agresivos con el medioambiente. La idea de desarrollo sostenible surgió como una crítica a la economía capitalista pues se veía cómo iba degradando el medioambiente, se dan unas pinceladas en 1962 en La primavera silenciosa de Rachel Carson y se materializa en 1972 bajo el Club de Roma en Los límites al crecimiento. Como podemos intuir, esto nos lleva a las posturas políticas y económicas del decrecimiento.

Lo que no se dice y está oculto en estos conceptos es el capitalismo. No es desarrollo sostenible, es desarrollo sostenible del capitalismo, que dicho sea de paso es una contradicción en sus términos. Capitalismo y sostenibilidad son antagonistas. He ahí donde las organizaciones obreras y comunistas caemos en la trampa.

Al omitir el capitalismo en esta manera de pensar, se incorpora el concepto de humano. Esto es generalizar a todos los individuos del mundo y comprender el problema como individuos y no como relaciones sociales de producción. Ver el problema como individuos, y no como relaciones, nos lleva a las políticas de la identidad, a culpabilizar a los obreros de países como EEUU, Reino Unido o España e indultar a los de países como Haití o Bangladés, por sus modos de vida más o menos agresivos con el medioambiente. En un análisis relacional abordaríamos cómo se relacionan los diferentes países con los recursos naturales propios y ajenos, cómo es la relación entre las diferentes clases, etc.

Por tanto, las organizaciones comunistas debemos huir de estos términos y formas de pensar. Qué es lo que entendemos por desarrollo, por sostenibilidad, la interrelación entre sociedad y los ecosistemas, centrar el debate en torno a valores de uso, aprender de los errores del pasado y de esas políticas puramente desarrollistas y extractivistas pero sin olvidar el análisis concreto de la situación concreta.

Manuel Varo López