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Basta con ser mínimamente observador para apercibirse de la ingente profusión de banderitas yanquis que inundan la ropa y los complementos de los habitantes de nuestros pueblos y ciudades. Las barras y las estrellas estampadas en camisetas, mochilas, pañuelos, pantalones, bañadores y ¡hasta en felpudos!, se han convertido en una pesadilla para la retina de todos aquellos que percibimos esa combinación de formas y colores como símbolo inequívoco del imperialismo.

Sólo atendiendo a la Doctrina Monroe son más de cien las invasiones y los golpes de estado en América Latina tras los que ha estado esa bandera, pero es que resulta imposible olvidarse de ella luciendo estampada en la cola de los aviones que lanzaron la bomba atómica sobre Hirosima y Nagasaki produciendo cientos de miles de muertos civiles, o vomitando napalm y gas naranja sobre Vietnam, Laos y Camboya. Tampoco es posible apartar de la memoria sus barras y estrellas ondeando en los campamentos de UNITA en Angola, de la contra nicaragüense en Honduras o en la solapa de Lech Walesa. No, me niego a olvidar a los millones de muertos de Iraq, Afganistán, Somalia, Líbano, Libia, Palestina y Siria asesinados para defender los valores de las barras y estrellas.

¿Acaso con esos antecedentes de dominación económica, política e ideológicas es posible considerar una casualidad inocente esta moda? ¡Claro que no! y, es más, sospecho que, como mínimo, tras esta aparente moda de ropa barata orientada al consumo masivo de la juventud de los barrios populares, se esconde la intención de:

  • Normalizar entre la población los símbolos del imperialismo en un momento en el que el uso de la violencia se hace cada día más imprescindible para mantener la dominación sobre el orbe. Familiarizar a la gente con ese símbolo facilita, como ya nos advirtiera Malcom X, que se confunda a los verdugos con las víctimas y viceversa. Es el viejo cuento del 7º de caballería o de Rambo traído al siglo XXI. Nada que no conociéramos ya, salvo la diferencia que, ahora, los que lucen la publicidad no sólo se la hacen gratis, sino que pagan por llevarla. Concluyamos pues que consumismo y estupidez es un binomio con trágicas consecuencias sociales que camina de la mano de la alienación y, en gran medida, anula capacidad de respuesta de una juventud en paro que asume las referencias estéticas de aquellos que le niegan el futuro.

  • No creo ajena a la USAID (agencia para el desarrollo de los USA) de esta moda. La estética del american way os life se muestra joven y pujante frente a una Unión Europea sumida en una profunda crisis económica que, a los ojos de un alto porcentaje de la población, es responsable de los recortes que padecemos. La confrontación interimperialista se da en muchos terrenos, también, lógicamente, en el de la ideología. Es posible que muchos no lo vean así, pero tras esta estética aparentemente inocente e intrascendente, se libra un asalto más de la batalla entre los monopolios de un lado y otro del Atlántico. El flanco sur de la UE se debilita, e igual que el Departamento de Estado juega sus barajas en procesos electorales apoyando, p.ej., a Syriza, por qué no va a estar detrás de una campaña ideológica que los reivindica en casa de su adversario económico.

Rechazamos la UE y sus símbolos y luchamos a diario por evidenciar su carácter imperialista y antipopular al servicio exclusivo de los monopolios, pero no bajemos jamás la guardia contra los USA. Con su poder económico, político y militar siguen siendo la vanguardia del imperialismo; no lo olvidemos jamás y sepamos traspasar a las nuevas generaciones un rechazo ideológico, político y también estético hacia el estado que, junto a la Alemania nazi, ostentan el despreciable título de ser los mayores genocidas y liberticidas de la historia de la Humanidad.

Julio Díaz