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Vivimos en una sociedad en la que, a pesar de querer mostrar una imagen de lucha en post de la igualdad y contra la violencia de género, la cruda realidad no es otra que una sociedad patriarcal que de la mano del capitalismo perpetua los roles machistas que sitúan al hombre por encima de la mujer. Este patriarcado se fomenta cada día a través de todos y cada uno de los medios de los que la sociedad dispone: la educación, la justicia, la publicidad, los medios de comunicación… Y si además le sumamos que vivimos en un Estado en el que mires donde mires se legitima el poder y dominio del hombre sobre la mujer es lógico que esas actitudes y estereotipos calen hondamente en los jóvenes y adolescentes.

Si nos fijamos atentamente en la juventud observaremos como se está dando un repunte de la violencia de género a estas edades. Esto se debe, además de a lo comentado, a que en esta edad se dan las primeras relaciones en las que una no sabe muy bien a lo que atenerse… Y claro, si además las referencias en cuanto a amor romántico son las películas que nos ponen desde pequeñas en las cuales las princesas son siempre serviciales y están siempre a la espera de su príncipe, si desde que empezamos a movernos por estos terrenos sentimentales nos meten en la cabeza que los celos son una demostración de amor, si ya de niñas nos metieron en la cabeza aquello de “los que se pelean se desean”… Si con todos estos ejemplos cuando estamos de lleno en esa primera relación nos encontramos con estas actitudes… ¿cómo va a ser eso violencia? Si esta celoso es porque me quiere o si me pregunta siempre con quien voy es porque se preocupa por mí.

Y a consecuencia con esto la realidad actual, como muestran estudios realizados por el Ministerio de Sanidad, nos encontramos con que uno de cada tres adolescentes es un potencial maltratador y que el 4.9% de las adolescentes ya ha sufrido algún tipo de violencia de género. Además nos encontramos con que esta generación cuenta con una herramienta más para llevar a cabo esa violencia, nos enfrentamos a un nuevo espacio en el cual también nos toca protegernos: las redes sociales y las tecnologías de la información. Y es que  WhatsApp, Facebook o Instagram le ofrecen al maltratador todas las facilidades para vigilar y acosar a la víctima. Estos nuevos mecanismos de comunicación tienen como consecuencia que la víctima este en constante e ininterrumpido contacto con su agresor.

 

Estas imágenes son un claro ejemplo del control continuo que se puede realizar a través de estas aplicaciones, lo cual supone una forma más de maltrato psicológico. Y si nos centramos en las redes sociales como Facebook en las que es tan fácil perder la privacidad el maltratador puede ver quien da me gusta a las fotos o quien ha comenzado a seguir a quien pudiendo así vigilar más de cerca a su víctima y dándose situaciones como:

- Venga tía dame tu contraseña, ¿es que no confías e mí? En una pareja no debe haber secretos.

De esta forma está coartando tu libertad y eso es una forma de maltrato, tienes derecho a tu intimidad.

- Ya está otra vez ese tío dándole a tus fotos, bórralo tía no ves que va a lo que va.

Esta es una forma más de control y una excusa para ir reduciendo tu círculo de amistades para que tu mundo gire en torno a él.

Estos son sólo algunos ejemplos de cómo las redes sociales se pueden convertir en un mecanismo más de acoso y seguimiento, y si es cierto que puede suceder así a cualquier edad,  la adolescencia y la juventud es una edad más susceptible en la que las inseguridades están más a flor de piel y existe más vulnerabilidad a este tipo de situaciones.

Ante esta realidad no nos queda otra opción que seguir luchando para concienciar a la sociedad, especialmente a los jóvenes, de que el maltrato y la violencia de género no es normal…

No es normal que a las mujeres nos controle nuestra pareja.

No es normal que no podamos volver solas a casa.

No es normal que nos violen.

No es normal que nos asesinen.

Y lo que es aún menos normal es que a consecuencia de que la sociedad normalice estos hechos nos quiten nuestra libertad.

Inessa A.