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El Diccionario de la lengua española define la palabra repugnancia como “asco profundo o alteración del estómago que impulsa a vomitar”. Precisamente el sentimiento que me producen los medios de comunicación masiva públicos y privados del Estado español. ¿Exagerado? Apenas. Hay que tener mucho estómago, o ser un indolente físico o mental, para engullir todo lo que larga a diario esos medios presuntamente modélicos. Aquello que dijo un día Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, de “miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”, ha encontrado aquí, en esta España cañí, inigualables émulos que han hecho de aquella frase taimada una regla de conducta profesional. Son los “paraperiodistas”, como los define la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Ángeles Diez, es decir “periodistas afiliados a medios masivos que siguen una disciplina militar arrojando bombas informativas sobre los objetivos definidos por sus empresas”. Ellos, ejecutores sin escrúpulos de esos medios, juegan un papel esencial en el reparto de poderes en la sociedad burguesa (el cuarto dicen algunos) creando opinión pública, decidiendo qué noticias se han de leer, oír o ver, eso sí, siempre en función de los intereses capitalistas e imperialistas, y reduciendo el mundo contemporáneo a una visión estereotipada de “buenos” y “malos”.

Una patraña

Por eso quien, a lo largo y ancho de la historia del sistema de producción capitalista se ha opuesto a sus designios, ha sido condenado por malvado a arder en los infiernos. Fue el caso de la Revolución de Octubre y de la lucha comunista por la justicia social en el mundo, siempre calumniada, distorsionada y tergiversada. Lo es también la lucha heroica del pueblo cubano por lo que representó y representa de esperanza para los parias de la tierra, y lo es igualmente la República Bolivariana de Venezuela por persistir incansablemente en la defensa de su soberanía nacional y en la construcción del socialismo. En este caso la guerra mediática desatada ha consistido, y consiste, en ignorar la legitimidad de Nicolás Maduro, elegido democráticamente presidente de esa nación hasta 2019, así como solapar los logros conseguidos por su gobierno en favor del pueblo venezolano; posicionándose sistemáticamente del lado de los violentos y de los fascistas, de los llamamientos a golpes de estado y bombardeos a instituciones oficiales y, el súmmum, por el boicot a elecciones democráticamente convocadas. ¡Qué no habrían dicho esos paladines de la democracia a la carta si esos sucesos hubiesen ocurrido en nuestra tierra! Entonces “los malos” serían quienes violentaran el orden constitucional y “los buenos” quienes trataran de hacerlo respetar. Pero claro, la República Bolivariana de Venezuela tiene la osadía de querer ser una alternativa pacífica al capitalismo, y eso tampoco lo tolera el imperio yanqui ni el capital. Por eso para que esa realidad no se conozca hay que mentir, como decía el compinche de Hitler. Mentir o divulgar a través de esos paraperiodistas la “no noticia”, la que interesa a los poderes fácticos que son los que pagan. Como hacen, por ejemplo, con todo lo relacionado con Corea del Norte, que de país acosado aparece como terrorífico acosador o con el presidente sirio Bashar al Ásad, el más bellaco entre mil o con “la “organización terrorista” Hamas o, ya en casa, demonizando sin descanso el proceso independentista catalán o cebándose hasta la saciedad con la horrible masacre cometida en Las Ramblas de Barcelona hace unas semanas, sin decir nunca que es el pueblo trabajador quien pone los muertos por la política belicista (con víctimas inocentes también) que España practica desde hace años en la OTAN. En consecuencia la solución radica en desenmascarar tanta burda patraña y obrar por la revolución socialista. Nosotros/as estamos en ello.

José L. Quirante