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“De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante” (Lenin, 1922)

Todo cambio económico, todo movimiento colectivo, toda eclosión socio-política ha tenido siempre su influencia en el cine nacional. Sin embargo, el cambio más espectacular –más trascendental- producido en la historia cinematográfica mundial ha sido el que se produjo tras la Revolución de Octubre, y en especial, después del decreto de Lenin sobre el cine en 1919. En él se especificaba básicamente que “el comercio e industria fotográficos y cinematográficos se pondrá bajo la competencia del Comisariado de Educación del Pueblo”. Un posicionamiento político sobre el que se organizó la época gloriosa del cine soviético, y en la que el conocimiento, el aprecio y la gran impronta de esa cinematografía en el ámbito universal tuvieron sus máximos representantes en Aleksandr Dovzchenco, Dizga Vértov, Serguéi Eisenstein y Vsévolod Pudovkin.

Aleksandr Petróvich Dovzhenko es el poeta de la revolución. Nació en agosto de 1894 en el seno de una familia de pobres agricultores ucranianos, y tras sus estudios ejerció de profesor hasta 1917. Su devoción a una causa profunda, la Tierra Madre, y su humanidad hizo nacer en él un espíritu renovador que avanzaría hacia la concepción moderna del cine. Con juvenil generosidad Dovzhenko se lanzó a la lucha revolucionaria soviética, descubriendo pueblos y estableciendo lazos con numerosos artistas. En 1926 viajó a Odessa, y en esa ciudad, animado de un sentimiento nacional, comenzó a trabajar como realizador. Su cine está influenciado por su temperamento de poeta. Prueba de ello es “La valija del correo diplomático” (1927), con guión basado en la obra de Maiakovski. Con ella entró por la puerta grande del cine soviético. La película cuenta el periplo de una valija diplomática que desde Londres debe llegar hasta Leningrado sorteando todo peligro. El tema es el triunfo colectivo subrayado por el “uso poético” del lenguaje cinematográfico. Pero es a partir de 1928, cuando el cine soviético es ya una realidad artística proletaria, que surge el gran poeta del cine revolucionario con “Zvenigora”, un filme sobre la historia de Ucrania entrelazada con el momento revolucionario, y algo más tarde, “Arsenal”, una epopeya histórica desarrollada por los obreros del Arsenal de Kiev. Sin embargo, su obra maestra, la que corroboró el cine popular y puso en entredicho los conocimientos y evidencias del espectador, es “La Tierra”, pieza clave del cine soviético.

Dziga Vértov es el fundador del cine documental soviético. Conocido mundialmente por su “Cine-verdad” y por su teoría revolucionaria del “Cine-ojo”, dos conceptos técnico-filosóficos que quieren ser reflejo de la realidad objetiva, sin artificios, “organizando los fragmentos filmados, arrancados de la vida, en un orden rítmico visual cargado de sentido”. Vertov nació en Bialystok el 12 de enero de 1896, en la frontera con Polonia. De familia acomodada estudió medicina en la Universidad de Moscú, pero su incipiente afición por la literatura le condujo a interesarse, desde un punto de vista científico, por la expresión de la palabra, y después por el fenómeno cinematográfico. Desde 1918 Vertov puso en práctica sus teorías sobre el montaje con fragmentos de documentales enviados desde el frente y otros lugares. El objetivo era contribuir a la agitación política y social mostrando la realidad del país. Así hizo su primer largometraje “La Revolución de Octubre” (1918), los documentales “Ayer, hoy y mañana” (1923) y el noticiario “Cine-verdad”, con los que Vertov manifestó su genio creador y su categoría artística. El éxito de “Leninskaia Kinopravda”, documental que recoge con incontenible emoción la muerte de Lenin en 1924, posibilitó la producción de sus grandes obras: “Lenin está vivo en el corazón de los campesinos” “¡Adelante Soviet!”, “La sexta parte del mundo” con fotografía de Mikail Kaufman, “El hombre de la cámara” (1929), un filme lleno de sensibilidad y descubrimientos y, en 1934, la inolvidable “Tres cantos a Lenin”. Sin embargo, es en la película “Kino-Glaz” (1924) donde aparecen todas las posibilidades de la “máquina fílmica” respecto a la realidad soviética: el conflicto entre lo viejo y lo nuevo; entre cooperativismo y mercado abierto; entre trabajo agrícola e industrial; entre la muerte y la lucha por la vida.

Serguéi Mijáilovich Eisestein es el coloso del cine soviético. Quien lo arrancó de su adolescencia para imponerlo como uno de los más avanzados del mundo. Nació el 23 de enero de 1898 en Riga, de una familia acomodada. Cursó estudios de arquitectura y bellas artes antes de enrolarse en el Ejército Rojo donde trabajó como director e intérprete de pequeños espectáculos teatrales. En “La huelga” (1924), la primera pieza maestra del cine soviético, aplicó su particular visión de la yuxtaposición de imágenes (“montaje de atracciones”) de fuerte contenido emocional en la secuencia del sacrificio del ganado intercalada con la de los trabajadores fusilados por soldados zaristas. A los 20 años Eisenstein, partidario de la Revolución, tenía claro lo que quería hacer. Atrás quedaban sus incursiones teatrales vanguardistas del “aburguesado” Forerger, director alemán rusificado, y del “complejo y dogmático” Meyerhold”. Eisenstein se inscribe en el grupo “Proletkult” y se lía de amistad con Grigori Aleksandrov, un teórico del montaje, y Eduard Tissé, un eminente operador. Con ellos realiza el grueso de su producción cinematográfica en la que las masas son protagonistas: “El acorazado Potemkin” (1925), una impresionante epopeya revolucionaria en homenaje a los sucesos revolucionarios de 1905; “Octubre” (1928), película dedicada al décimo aniversario de la Revolución, y en la que se narra de manera extraordinaria el desarrollo de los acontecimientos políticos en Rusia desde la abdicación del zar Nicolás II hasta la toma del Palacio de Invierno por el proletariado; “La línea general” o “Lo viejo y lo nuevo” (1929) sobre la reforma agraria; “Alejandro Nevski” (1938). Un cine, en palabras del genial realizador y teórico cinematográfico, que transporta al espectador “de la imagen al sentimiento y del sentimiento a la idea”.

Vsévolod Ilariónovich Pudovkin es junto a Eisenstein el más prestigioso de los realizadores soviéticos. A los pocos años de nacer en 1893 en Penza, región del Volga Medio, se trasladó con su familia a Moscú donde, a los 16 años, ingresó en la Facultad de Ciencias. Graduado en 1914, empezó a trabajar como químico, y tras su participación en el ejército, fue hecho prisionero por los alemanes en 1915 y encerrado en un campo de concentración en Pomerania. En 1918 vuelve a Rusia ansioso de participar en la construcción revolucionaria del país. Un deseo que se materializó ejerciendo su profesión e ingresando en la “Escuela Cinematográfica del Estado”, dirigida por el cineasta Vladímir Gardin. Con Lev Kuleshov, otro de los grandes realizadores soviéticos, interpretó dos de sus películas “Las extraordinarias aventuras de Mr. West” (1924) y “El rayo mortal” (1925), actividad artística que nunca abandonó. En 1926 inició la realización de su gran trilogía revolucionaria: “La Madre”, adaptación libre de la novela de Máximo Gorki, “El fin de San Petersburgo” (1927), hecha en conmemoración del décimo aniversario de la Revolución, y la anticolonialista “Tempestad sobre Asia” (1928). En ellas, y en contraste con el cine de masas de Eisenstein y su repudio del actor, sus historias se centran en la toma de conciencia de sus personajes individualizados. En “La Madre” es la ingenua mujer proletaria Nilovna quien ve nacer en ella la llama revolucionaria. En “El fin de San Petersburgo” es en un joven campesino convertido en obrero industrial. Y en “Tempestad sobre Asia” será en el cazador mongol Blair que los ingleses quieren convertir en un mequetrefe al servicio de sus intereses colonialistas en Asia. Todos ellos enmarcados, sin embargo, en grandes temas colectivos. Esencialmente porque, tanto para estos cineastas de la Revolución de Octubre como para el Gobierno soviético, la función del cine en la era de la cultura de masas tenía extraordinaria importancia.

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