Compartir

Después de la renuncia en diciembre de 2016 de Francois Hollande para presentarse a la reelección presidencial en Francia, 25 aspirantes a candidatos han concurrido en la primera vuelta de estas elecciones, y donde Emmanuel Macron y Marine Le Pen concurrieron en la segunda vuelta para proclamar como presidente de Francia al primero.

Realmente estas elecciones presidenciales francesas, fuera de los confetis y la propaganda oficial burguesa, muestran el estado de preocupación en el que se encuentra el capital en Francia y, también, cómo no, en la Unión Europea. La crisis general del capitalismo no encuentra soluciones políticas de dominación en las estructuras estatales y se tiene que inventar nuevos líderes para narcotizar el necesario avance de los trabajadores que sólo pueden presenciar más dramas y tragedias, más violencia en forma de represión y guerras, más explotación y atentados contra los derechos laborales y sociales conquistados durante muchos años de lucha.

En el proceso de la V República, es la primera vez que un presidente no se presenta a la reelección, pero también que los candidatos oficiales de los partidos que sujetan el capitalismo en Francia (Los Republicanos y el Partido Socialista) no son elegidos internamente. Ni Sarcozy, ni Valls, ni Hollande han conseguido el apoyo interno de sus partidos, después de haber gestionado la crisis del capitalismo con medidas que han depauperado constantemente a la clase obrera y las capas populares.

La situación de desconfianza se ha manifestado también en los resultados de las propias elecciones, ya que la abstención fue del 22,23% en la primera vuelta, y ascendió al 25,44% en la en la segunda (más de 12 millones). La abstención fue alta entre los jóvenes (el 30% entre 18-35 años), pero también entre los parados (35%), y de los que perciben ingresos inferiores a 1.250 € (34%). También fue muy alto el porcentaje de votos en blanco (659.000 en la primera vuelta y ¡más de 3 millones en la segunda!).

Con estos resultados, la auténtica naturaleza de Macron ya se ha manifestado con la designación del Primer Ministro y de las 18 carteras ministeriales. Habiéndose mostrado en campaña como el auténtico representante de los monopolios franceses y de los intereses de la UE, su gobierno se configura a través de Édouard Philippe, alcalde de Le Havre, e íntimo amigo del presidente desde su etapa estudiantil en la Escuela Nacional de la Administración (ENA), centro de preparación educativa de la oligarquía francesa. Sus mentores políticos han sido Alain Juppé, alcalde de Burdeos, y Michel Rocard, patrocinador del reformismo en el PS. De este cóctel envenenado se ha nutrido el nuevo primer ministro.

Importante resulta también mencionar los senderos por los que han transitado los miembros del nuevo gobierno. Si Phillipe ha pasado por Areva, el gigante nuclear francés, los ministros del área económica Bruno Le Maire y Gérald Darmanin garantizarán la posibilidad de “llevar una política económica de derechas y, al mismo tiempo,… también de derechas”. El ministerio de Trabajo estará ocupado por Murier Pénicaud, que después de ostentar cargos en Danone y Dassault Systémes, ha sido directora general de Business France, dedicada a la promoción de empresas francesas. Pénicaud será la encargada de presentar la reforma laboral y los trabajadores franceses no deben dudar de su contenido.

Las elecciones francesas han tenido el referente del fascismo, del Frente Nacional de Marine Le Pen. Debido a ello, los grandes problemas de las y los trabajadores y las capas populares, han estado ocultos en el debate y en los programas. Ninguno de ellos ha tocado ni el empleo, ni los salarios, ni la educación, ni la salud. Los problemas comenzarán de inmediato. Macron planea una reducción drástica del gasto público, que afectará a la Seguridad Social (15.000 millones), Seguro de desempleo (10.000 millones), eliminación de 120.000 puestos de trabajo en la administración. La reforma del Código de Trabajo pasa por favorecer los convenios de empresa, que disminuirá drásticamente los salarios y las condiciones de trabajo. La reforma de las pensiones está también en la hoja de ruta, así como la concentración hospitalaria, eliminando centros de salud y hospitales.

De esta forma, la receta capitalista en Francia está servida. Les toca a los trabajadores, organizándose y luchando, quebrarla por todos los puntos.

V. Lucas